domingo, 5 de diciembre de 2010

Yes: la leyenda progresiva tocó en Mendoza



Steve Howe, Benoît David, Alan White, Chris Squire y Oliver Wakeman: Yes en tiempo presente.

Por Fernando G. Toledo


Y entonces, saltó la térmica. No era para menos: estaba Yes en Mendoza, estaba allí la banda de rock más célebre que haya pisado jamás suelo mendocino, y de golpe la mitad de los instrumentos se quedó sin sonido.
Pero apenas fue una anécdota para un show que es historia. Porque un Bustelo a medio llenar recibió nada menos que a la agrupación más emblemática del progresivo sinfónico, a la banda que regaló algunos de los más hermosos discos de los años ’70, la que incursionó en el pop y que cambió para siempre el estatus del rock para llevarlo a la categoría de música culta.
El Yes que tocó en el Bustelo tiene algunas bajas entre sus miembros más célebres, pero eso no es novedad para el grupo. De hecho, aunque ni el emblemático Jon Anderson ni el tecladista Rick Wakeman fueron de la partida, es cierto que ya antes Yes ha grabado y tocado sin ellos.
Pero la columna vertebral estaba allí: el bajista Chris Squire (único miembro del grupo que estuvo en todo disco firmado con la rúbrica Yes), el guitarrista Steve Howe (que ingresó a la banda en 1971 y la abandonó en 1982, para regresar en 1995) y el baterista Alan White (quien entró en 1973 al grupo). Junto a ellos, el ex miembro de una banda tributo a Yes, Benoît David, tomó el difícil papel de reemplazar a Anderson subido al don de su voz, muy similar a la del legendario cantante. Y, además, Oliver Wakeman, hijo del tecladista Rick, tomó el lugar de su padre provocando un singular efecto emotivo.



Un desafío conocido
El show arrancó nada menos que con Siberian Khatru, la pista de cierre de la cima creativa de los Yes (Close to the Edge, 1972), y eso bastó para poner en claro que David podía simular la gran ausencia de Anderson. Además de su voz que parece calcar la de su ídolo, el canadiense aportó, además, una buena presencia en el escenario, pases de baile clásico incluidos.
Este Yes, sin Anderson, polémico por ello mismo, se permite libertades que años antes habrían parecido escandalosas. Por ejemplo, interpretar una canción del infravalorado disco Drama (1980), el único que contó con otro cantante (Trevor Horn). Tocar entonces, Tempus Fugit (tema de cierre de aquel álbum) era todo un guiño que parecía decir: «no es la primera vez que Yes prescinde de Jon».
Pasados el corte de energía, que sirvió para un impresionante set de Howe, llegó otra sorpresa. Es que el grupo interpretó el mayor hit de la banda, Owner of a Lonely Heart, un tema de la etapa en la que el grupo se desvió de su estilo progresivo para bucear en el pop, cuando Trevor Rabin desplazó a Steve Howe del grupo (y éste, curiosamente, se fue a hacer también rock comercial junto al combo Asia). Yes está hoy más allá de los egos y puede mirar toda su historia sin avergonzarse de ninguno de sus episodios. ¿El dato? Howe dedicó la canción justamente a Anderson y jugueteó en medio de los solos formando un corazón (solitario) con sus dos manos.
Por lo demás, Yes paseó por temas de discos que fueron desde Time and a Word (Astral Traveller) hasta 90125 (el mencionado Owner…), tocando gran parte de su The Yes Album (I’ve Seen All Good People, Perpetual Change, el cierre con todo el público junto al escenario en Starship Trooper), de Fragile (Rondabout, un infaltable, y el inmenso Heart of the Sunshine, que arrancó al público lágrimas de emoción), y de Close to the Edge (no faltó el extasiante And You and I).

Canción a canción
I’ve Seen All Good People, segundo tema de la noche tras el calor que dejó Siberian Khatru, fue para quien esto escribe la confirmación de David como digno reemplazo del cantante original de Yes. A una canción tan emblemática y en la cual los arreglos vocales juegan el papel principal no cabe más que considerarla un desafío para todo aquel que no se llame Jon Anderson. Pero, incluso con los problemas técnicos que empezaban a complicar la interpretación, David pasó airoso.
Por eso resultó una decisión inteligente de la banda tocar de inmediato una canción con tanta carga simbólica como Tempus Fugit: porque significaba hacer honor a la historia en la que Yes, alguna vez, sacó un disco sin Jon Anderson mejor que algunos en los que participó el genial vocalista. En esta ocasión, la cuestión instrumental sin embargo funcionó mejor que la de las voces, debido a cierto desacople entre los coros de Benoît David y Chris Squire en los versos «You were keeping your best situation / An answer to Yes». Nada grave, al menos para quienes ya estábamos extasiados por el modo en que este Yes de tiempo presente estaba sonando.
Llegaron entonces los problemas graves de sonido. Primero hubo un remezón al notar que lo que empezaba a sonar era Astral Traveller, canción de Anderson que no sólo está en Time and a Word, el disco previo a la etapa dorada de Yes, sino que en ese entonces Howe no estaba en la banda. Pero eso no fue nada: el guitarrista, a cargo del inicio del tema ayudado por la consola de sonido (que permite un crescendo sonoro), comenzó a hacer gestos de que algo raro pasaba. Luego se sumó David y Oliver Wakeman, quien oprimía sus teclas sin que sonara nada de su enorme set. Así que Squire miró a White y detuvieron la interpretación. «Estamos provocando demasiada electricidad juntos, Mendoza», dijo Benoît David: al parecer, algún problema eléctrico entre bambalinas obligaba a estos monstruos del rock a parar el show. El bajista puso sus dotes de humor y dijo: «Bueno, ¿alguien quiere subir a contar un chiste?».
Así que la banda recurrió a quien sabe de esto: Steve Howe. No para arreglar los cables quemados sino para tomar sus cuerdas y llenar el forzado silencio con un pequeño set acústico. Se sentó en medio del escenario, entonces, y desgranó 10 minutos de música magnífica que incluyó prodigios de las seis cuerdas como The Clap, Second Initial y atisbos de In the Course of the Day. Trascartón, arreglados los problemas, reiniciado el tema antes interrumpido, Astral Traveller, éste permitió un soberbio y largo solo del maestro Alan White que fue aplaudido de pie. Y luego sonó Perpetual Change, tema de cierre de The Yes Album, con un David y un Squire ahora sí congeniando bien en el «inside out / outside in» que canta la canción.
Y llegó entonces el tramo final del show, y el que iba a establecer definitivamente el hecho de que este Yes no deshonra la historia. Y lo hizo interpretando algunas de las más hermosas y complejas canciones que la banda dio a luz. Primero, Howe tomó su guitarra fija en un atril para rasgar los acordes iniciales de And You and I, canción de inmarcesible belleza que lo vio cambiar de guitarra dos o tres veces y ofrecer penetrantes solos en guitarra slide. Aquí, Oliver Wakeman puede decirse, además, que tuvo su gran momento, con un solo en teclas diferente al que su padre trazó para el original, pero en el que mostró su buen gusto y delicadeza.
Sin tiempo para que el público se repusiera de tamaña emoción llegó el que, para quien esto firma, fue el punto más alto del show. No podía ser de otra manera: sucedió con Heart of the Sunrise, verdadera maquinaria que lleva al oyente a un paseo irresistible, desde los primeros y violentos acordes iniciales hasta el lirismo de las partes medias, para combinarlos al final en un cierre perfecto. Y perfecta fue la interpretación, en la que en el inicio Squire puso al frente su bajo Rickenbacker para taladrar con la introducción del tema, seguido a pie juntillas por White. Howe siguió haciendo de las suyas y Benoît David dejó en claro definitivamente que, después de Anderson, es el mejor Jon Anderson posible. Para la canción más bella de Yes después de Close to the Edge, era necesario un cantante así.
El concierto debía seguir, aunque muchos ya estuvieran en una especie de éxtasis sonoro, y otra vez el buen tino de estos viejos músicos eligió lo correcto. Pues, ¿cuándo iba a ser el momento para meter en medio de esa seguidilla de temas de la línea progresiva, un tema pop? Bueno, justo después de Heart of the Sunrise. Y allí llegó el que, por esas burlas del mercado, es la canción más exitosa de Yes: Owner of a Lonely Heart. Howe no sólo la interpretó, cosa de por sí relevante luego de rehuirle por años debido a que es obra de Trevor Rabin, el guitarrista que ocupó su puesto cuando el inglés dejó la banda, sino que la dedicó a Jon Anderson y le dio un marcado toque propio al solo final. Y sonó de maravillas, permitiéndoles a los fans de la veta progresiva de Yes cantarla y disfrutarla como tampoco ellos antes, quizá, se habían permitido.
Para el final quedaron dos de las gemas más aplaudidas del grupo. Roundabout puso de nuevo a Howe entre las cuerdas que mejor maneja, a Squire punzando su bajo de manera impecable, a White siguiendo el paso con sus últimas fuerzas y a Oliver sacando a relucir sus astillas del mismo palo. Y a Benoît, enfundado en una camiseta de la Selección Argentina de Fútbol, invitando, de una vez por todas, a corear de pie la canción. El poder de esa canción en vivo obligó al pedido de bis que llegó nada menos que con Starship Trooper, en la cual el grueso del público ya había abandonado sus asientos y se encontraba junto al escenario para tener estos gigantes del rock a metros de su piel. Y allí, con ellos, cantaron el largo tema final, en el que una vez más y como no podía ser de otro modo, Howe se lució con ese tema magnífico, y David se metió al público en el bolsillo.

Largo y sinuoso camino
Fue un cierre perfecto, en suma, que hizo olvidar no ya los problemas técnicos que padecieron los Yes en el concierto (y que, al parecer, los han perseguido en toda la gira), sino que pusieron en suspenso la siempre lamentable falta de Jon Anderson, el fantasma que sobrevoló toda la noche pero jamás asustó al cantante de reemplazo.
La de Yes es una historia de 42 años transitada por un camino sinuoso, que llevó a estos músicos hasta las más altas cimas de la creación musical, y que hoy, a los hombros de ese pasado, obligan a uno a ponerse de pie ante la estatura de su obra. Eso hizo Mendoza: no era para menos.


Ésta es la versión completa de la nota publicada en Diario UNO de Mendoza.