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| Una broma con Beethoven. |
Por Fernando G. Toledo
La Sinfonía Nº9 de Ludwig van Beethoven no sólo cambió el curso de la música universal, por su belleza, sus innovaciones, el mensaje alegre y poderoso de su último movimiento, la genialidad orquestal.
Esa sinfonía, que terminó siendo la última compuesta por el sordo más genial de todos los tiempos, dio también inicio a una fabulosa superstición.
Dicha superstición, más o menos expandida y más o menos creída por el mundillo musical, se dio en llamar «la maldición de la Novena».
Sucede que muchos otros, tras Beethoven, murieron luego de componer su novena sinfonía: Franz Schubert, Anton Bruckner, Antonin Dvorák, Ralph Vaughan Williams dejaron como legado nueve obras sinfónicas.
La creencia es vieja. Tanto como para que la conociera, a principios del siglo XX, Gustav Mahler, quien acababa de escribir su mastodóntica Sinfonía Nº8 y se aprestaba a componer una innovadora obra sinfónica para orquesta, tenor y contralto.
Supersticioso él, dicen, decidió esquivar la suerte y le llamó a su obra La canción de la tierra. Luego, ya más seguro, trazó su devastadora Novena. Nunca pudo escucharla: murió por una afección cardíaca en 1911.
Por suerte, la, por cierto, ridícula creencia no cundió. Gracias a eso hoy podemos escuchar la obra de al menos tres grandes admiradores de Mahler que dejaron un legado más amplio: Dmitri Shostakovich (15 sinfonías), Havergal Brian (32) y, por supuesto, Leif Segerstam, quien ya lleva ¡230!
Y por suerte, también, quien esto escribe tampoco es supersticioso. ¿Qué sería de él, si no, al advertir que ha mencionado la maldita cifra de nueve músicos?
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| Gustav Mahler. |


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