Los shows de Roger Waters en River dejan boquiabiertos a argentinos y extranjeros por su magnífico despliegue y exquisitez musical. Diario UNO estuvo en uno de los shows.
por Fernando G. Toledo
Enviado especial
No hay en el mundo un espectáculo como este. No hay tampoco otro en la Argentina que llame a una cita tan fiel y admirada, tan descomunal, que todos sus asistentes quieran compartirla, divulgarla y repetirla. Roger Waters está presentando en la Argentina The Wall Live, el concierto que pone en vivo de manera íntegra y, en nuestro país, por primera vez a cargo de uno de sus responsables originales una de las obras más complejas y logradas de la música popular.
En el tercero de los nueve conciertos planeados para nuestro país, al que tuvo oportunidad de asistir Escenario & Tendencias, buena parte del flujo sanguíneo de esa ciudad desmesurada que es Buenos Aires parecía desviarse rumbo al epicentro de los shows que el ex Pink Floyd está ofreciendo: el estadio de River Plate.
Mientras el peregrinar de los fans llenaba las calles de acceso al Monumental, había un espectáculo que comenzaba a preparar el ambiente: el show que resulta del movimiento de masas de hombres y mujeres en estado de ansiedad. En el camino rumbo a las entrañas del lugar, cosas comunes parecían desentonar: una promotora de ropas escasas que entregaba folletos, unos mercaderes de remeras y banderas de dudosa autenticidad (pero auténticamente oportunos), un grito de alerta para que los caminantes sostuvieran en mano su entrada. ¿Entrada? Sí, el pase directo a una cosa menos común, el ticket seguro a una huella perenne en la memoria.
El cielo del sábado húmedo quedaba dispuesto ya a la espera. Sobre uno de los arcos, como desnudo, un muro se tendía sobre el pasto, una gigantesca pared de unos veinte metros de altura y 80 de largo que cruzaba todo lo ancho del campo para encastrarse en las tribunas. Por detrás, pero al centro, un escenario que se extendía casi hasta la altura total del estadio. Y las fotos. En la platea San Martín, la que da a calle Figueroa Alcorta, un niño rubio de unos 11 años, dando muestras de las lecciones que le habrán dado sus padres y marcando bien la «ye», preguntaba: «¿Qué? ¿Ya se armó la pared?». «No», decía la madre mientras fotografiaba la escenografía y mandaba la imagen a algún contacto de su teléfono. «No, ya vas a ver».
Y el niño y la madre, y el porteño panzón y sesentón de más allá, y la pareja acalorada de abajo y los impacientes fumadores de la izquierda, y los pudientes VIP de cerca del escenario, los de la platea más lejana y los de la popular, todos, todos vieron. Porque a las 21.10 unas luces se apagaron, una voz española dio unas indicaciones sobre el uso de los flashes y cinco minutos más tarde, el show más grande del mundo dio comienzo.
Con In the Flesh?, la canción de apertura del disco original de The Wall, de Pink Floyd (1979), Waters, su líder disidente y su principal autor, aparecía en escena, se vestía como dictador impiadoso y comenzaba a cantar. Mientras el crescendo de la música y las sirenas ambientales llenaban el estadio con un perturbador sonido cuadrafónico, desde lo alto, desde donde se ven los aviones que arriban a Aeroparque, otro avión —uno de utilería y de diseño de la Segunda Guerra— descendía veloz hacia el muro enorme para estallar entre fuegos y explosiones contra sus ladrillos. Eso era nada más que el principio del show más grande del mundo y ya había piel de gallina y hasta lágrimas en los ojos de los presentes.
Y a partir de allí todo siguió de manera acorde a un concierto de música, de luces, de cine, de proyecciones, de tecnología y de memoria. Waters siguió con fidelidad la versión de la banda sonora de la versión cinematográfica de su obra, rodada en 1982 por Alan Parker. Esto es, el disco original (que aquí incluyó Hey, You!, canción ausente en el filme), más segmentos musicales que sólo aparecen en la banda sonora de aquella cinta protagonizada por Bob Geldof. Pero para ello, y para combinar la música en vivo con el guion que van siguiendo las proyecciones sobre el muro del escenario, ejecutó con su banda esa misma música con precisión de relojería. Para hacer honor, por caso, al impactante uso de tres torres de proyectores distribuidos sobre el campo que emitían un inédito desfile de dibujos, animación computada y escenas centrales del filme, en especial las animadas.
Y después del saludo del músico inglés, en esforzado español, y de dedicar el concierto «a las madres de Plaza de Mayo y a Ernesto Sábato, por su lucha para que se conociera el horror del terrorismo de Estado», el muro comenzaba a cerrarse. Porque esa pared gigantesca dejaba lugar al espacio de la banda, pero a medida que avanzaba el show, se iban colocando nuevos ladrillos que poco a poco completaban el muro, dejando a los artistas de un lado y a Waters y al público, del otro. Y sobre esa pared, imágenes de una belleza no exenta de violencia, desfilaban mensajes como «Capitalismo» (con la tipografía de Coca Cola) o «el miedo levanta paredes», mientras el inglés se dedicaba a tocar el bajo, cantar y ceder el canto a otras voces.
Pero antes del cierre total de dicha, llegaron momentos como el incombustible y estremecedor Another Brick in the Wall (2), con un grupo de niños que luchaba con un muñeco de 10 metros inspirado en el maestro castrador de la película The Wall. Mientras la pared se cernía sobre el músico, éste cantaba, como gimiendo, One of my Turns y el coreado Dirty Woman. Y apenas se terminaba el muro, después de que Waters se despidiera con Goodbye, Cruel World, llegaba el intermedio, con el sugerente sonido de la inconclusa Décima sinfonía de Mahler para hacer ¿más corta? la espera.
Y en la segunda parte del show más largo del mundo, al fin, todo se precipitó. Primero la banda tocó un buen rato oculta, como para crear cierta tensión. Luego se sucedieron momentos de conocida emoción, como la interpretación de Nobody Home, Vera, Comfortably Numb o Run Like Hell.
Y luego un final entre teatral, cinematográfico y operístico, claro. Un final en el que el personaje que el propio Waters interpretó de a ratos en el show (el Pink de la película) se somete a un juicio a cargo de un monstruoso juez que representa la asediante sociedad, y en el que la pared toda, con sus 80 largos metros, fue una pantalla para reproducir con fidelidad las imágenes originales de la cinta de 1982, para llegar, en Outside the Wall, al derribo de lo que se había construido de la pared, con ladrillos que por lado caían literalmente sobre la escena (enormes bloques de medio metro de alto por un metro de largo) y una pantalla que simulaba, en el resto, la destrucción del muro.
Con la banda, al fin, lista para despedirse tocando bajito Goodbye, Cruel World, el show terminó y dejó sentado cuánto es Waters, cuánto ha sido Pink Floyd, para el mundo todo. Con su música, claro, pero también con sus metáforas que van evolucionando y manteniéndose siempre vigentes. Esa vigencia tiene muchas ventajas: permite que a 33 años de la edición del disco original aún haya medio millón de personas dispuestas a ir a nueve shows en un mismo país en el que se tocará íntegro aquel disco que se sabe de memoria. Esa vigencia permite un despliegue técnico como no ha de haber otro en el planeta, en el que se conjuga toda la tecnología en pos de un objetivo artístico de enorme solidez. Esa vigencia le permite a Waters contar con una banda que no hace extrañar la original Pink Floyd, al menos en los 90 minutos de duración. Y esa vigencia sólo se sostiene, sólo se levanta como un muro de innegable poder estético, sobre la base de las grandes obras. The Wall en este caso. Una gran obra es como el cimiento de ese muro: todo lo demás sería pirotecnia vacua, puro dinero tirado sobre un campo de fútbol, puro sonido que aturde. The Wall es otra cosa. Eso pasa con las grandes obras. Con los clásicos. Los que siempre sonarán nuevos. Esas obras que unos pocos (Roger Waters entre ellos) son capaces de regalarnos.
Público de todas las latitudes
Melina tiene 35 años y viven en San Miguel de Tucumán. Pero en octubre del año pasado, junto a su novio, tenían la cabeza puesta en otro lado: en el show al que asistió el sábado en Buenos Aires. “Siempre me gustó Roger Waters, es un emblema de la música y de la lucha”, mientras evoca The Wall Live. “Creo que hay una sola palabra que puede resumir lo que vi: sublime”, asegura, al reflexionar sobre el espectáculo.
En la misma línea, y sin ocultar la euforia, el matrimonio compuesto por Luis (46) y Silvana (43), opina sobre el espectáculo. “Estamos asombrados. No pensábamos que íbamos a poder escuchar a este tipo que escuchamos en nuestra adolescencia... pero acá estamos”, aseguran a dúo. Pero fuera de la grandeza que reconocen al show, del que eligen sobre todo, como momento de mayor impacto, el del inicio, estos cordobeses de San Francisco se sienten felices por haber venido finalmente (consiguieron las entradas el jueves pasado) y por la tranquilidad, organización y respeto de todos los asistentes. “Teníamos un poco de miedo, porque no vamos a muchos espectáculos. Pero esto incluso en eso, estuvo perfecto”.
El diseñador interiorista Omar (43), un mendocino de San Martín, también consiguió la entrada este jueves, cuando ya daba por perdido el viejo sueño por escuchar The Wall en vivo, que acariciaba desde su adolescencia. “Había decidido no ver nada en la tele ni quería que me hablaran de Roger Waters. Me lo iba a perder y me sentía mal. Pero apareció la posibilidad”, relata. “He quedado atónito, y feliz por haber cumplido realmente uno de los sueños de mi vida. Con esta música me crie, marcó mi adolescencia, esto es como cerrar un círculo de cosas que deseaba y que he podido conseguir”, concluye.
Publicado el 12 de marzo de 2012 en Diario Uno de Mendoza
