jueves, 12 de marzo de 2026

Roger Waters y The Wall en la Argentina: el círculo perfecto





Los shows de Roger Waters en River dejan boquiabiertos a argentinos y extranjeros por su magnífico despliegue y exquisitez musical. Diario UNO  estuvo en uno de los shows. 


por Fernando G. Toledo
Enviado especial

No hay en el mundo un espectáculo como este. No hay tampoco otro en la Argentina que llame a una cita tan fiel y admirada, tan descomunal, que todos sus asistentes quieran compartirla, divulgarla y repetirla. Roger Waters está presentando en la Argentina The Wall Live, el concierto que pone en vivo de manera íntegra y, en nuestro país, por primera vez a cargo de uno de sus responsables originales una de las obras más complejas y logradas de la música popular.

En el tercero de los nueve conciertos planeados para nuestro país, al que tuvo oportunidad de asistir Escenario & Tendencias, buena parte del flujo sanguíneo de esa ciudad desmesurada que es Buenos Aires parecía desviarse rumbo al epicentro de los shows que el ex Pink Floyd está ofreciendo: el estadio de River Plate.

Mientras el peregrinar de los fans llenaba las calles de acceso al Monumental, había un espectáculo que comenzaba a preparar el ambiente: el show que resulta del movimiento de masas de hombres y mujeres en estado de ansiedad. En el camino rumbo a las entrañas del lugar, cosas comunes parecían desentonar: una promotora de ropas escasas que entregaba folletos, unos mercaderes de remeras y banderas de dudosa autenticidad (pero auténticamente oportunos), un grito de alerta para que los caminantes sostuvieran en mano su entrada. ¿Entrada? Sí, el pase directo a una cosa menos común, el ticket seguro a una huella perenne en la memoria.

El cielo del sábado húmedo quedaba dispuesto ya a la espera. Sobre uno de los arcos, como desnudo, un muro se tendía sobre el pasto, una gigantesca pared de unos veinte metros de altura y 80 de largo que cruzaba todo lo ancho del campo para encastrarse en las tribunas. Por detrás, pero al centro, un escenario que se extendía casi hasta la altura total del estadio. Y las fotos. En la platea San Martín, la que da a calle Figueroa Alcorta, un niño rubio de unos 11 años, dando muestras de las lecciones que le habrán dado sus padres y marcando bien la «ye», preguntaba: «¿Qué? ¿Ya se armó la pared?». «No», decía la madre mientras fotografiaba la escenografía y mandaba la imagen a algún contacto de su teléfono. «No, ya vas a ver».

Y el niño y la madre, y el porteño panzón y sesentón de más allá, y la pareja acalorada de abajo y los impacientes fumadores de la izquierda, y los pudientes VIP de cerca del escenario, los de la platea más lejana y los de la popular, todos, todos vieron. Porque a las 21.10 unas luces se apagaron, una voz española dio unas indicaciones sobre el uso de los flashes y cinco minutos más tarde, el show más grande del mundo dio comienzo.

Con In the Flesh?, la canción de apertura del disco original de The Wall, de Pink Floyd (1979), Waters, su líder disidente y su principal autor, aparecía en escena, se vestía como dictador impiadoso y comenzaba a cantar. Mientras el crescendo de la música y las sirenas ambientales llenaban el estadio con un perturbador sonido cuadrafónico, desde lo alto, desde donde se ven los aviones que arriban a Aeroparque, otro avión —uno de utilería y de diseño de la Segunda Guerra— descendía veloz hacia el muro enorme para estallar entre fuegos y explosiones contra sus ladrillos. Eso era nada más que el principio del show más grande del mundo y ya había piel de gallina y hasta lágrimas en los ojos de los presentes.

Y a partir de allí todo siguió de manera acorde a un concierto de música, de luces, de cine, de proyecciones, de tecnología y de memoria. Waters siguió con fidelidad la versión de la banda sonora de la versión cinematográfica de su obra, rodada en 1982 por Alan Parker. Esto es, el disco original (que aquí incluyó Hey, You!, canción ausente en el filme), más segmentos musicales que sólo aparecen en la banda sonora de aquella cinta protagonizada por Bob Geldof. Pero para ello, y para combinar la música en vivo con el guion que van siguiendo las proyecciones sobre el muro del escenario, ejecutó con su banda esa misma música con precisión de relojería. Para hacer honor, por caso, al impactante uso de tres torres de proyectores distribuidos sobre el campo que emitían un inédito desfile de dibujos, animación computada y escenas centrales del filme, en especial las animadas.

Y después del saludo del músico inglés, en esforzado español, y de dedicar el concierto «a las madres de Plaza de Mayo y a Ernesto Sábato, por su lucha para que se conociera el horror del terrorismo de Estado», el muro comenzaba a cerrarse. Porque esa pared gigantesca dejaba lugar al espacio de la banda, pero a medida que avanzaba el show, se iban colocando nuevos ladrillos que poco a poco completaban el muro, dejando a los artistas de un lado y a Waters y al público, del otro. Y sobre esa pared, imágenes de una belleza no exenta de violencia, desfilaban mensajes como «Capitalismo» (con la tipografía de Coca Cola) o «el miedo levanta paredes», mientras el inglés se dedicaba a tocar el bajo, cantar y ceder el canto a otras voces.

Pero antes del cierre total de dicha, llegaron momentos como el incombustible y estremecedor Another Brick in the Wall (2), con un grupo de niños que luchaba con un muñeco de 10 metros inspirado en el maestro castrador de la película The Wall. Mientras la pared se cernía sobre el músico, éste cantaba, como gimiendo, One of my Turns y el coreado Dirty Woman. Y apenas se terminaba el muro, después de que Waters se despidiera con Goodbye, Cruel World, llegaba el intermedio, con el sugerente sonido de la inconclusa Décima sinfonía de Mahler para hacer ¿más corta? la espera.

Y en la segunda parte del show más largo del mundo, al fin, todo se precipitó. Primero la banda tocó un buen rato oculta, como para crear cierta tensión. Luego se sucedieron momentos de conocida emoción, como la interpretación de Nobody Home, Vera, Comfortably Numb o Run Like Hell.

Y luego un final entre teatral, cinematográfico y operístico, claro. Un final en el que el personaje que el propio Waters interpretó de a ratos en el show (el Pink de la película) se somete a un juicio a cargo de un monstruoso juez que representa la asediante sociedad, y en el que la pared toda, con sus 80 largos metros, fue una pantalla para reproducir con fidelidad las imágenes originales de la cinta de 1982, para llegar, en Outside the Wall, al derribo de lo que se había construido de la pared, con ladrillos que por lado caían literalmente sobre la escena (enormes bloques de medio metro de alto por un metro de largo) y una pantalla que simulaba, en el resto, la destrucción del muro.

Con la banda, al fin, lista para despedirse tocando bajito Goodbye, Cruel World, el show terminó y dejó sentado cuánto es Waters, cuánto ha sido Pink Floyd, para el mundo todo. Con su música, claro, pero también con sus metáforas que van evolucionando y manteniéndose siempre vigentes. Esa vigencia tiene muchas ventajas: permite que a 33 años de la edición del disco original aún haya medio millón de personas dispuestas a ir a nueve shows en un mismo país en el que se tocará íntegro aquel disco que se sabe de memoria. Esa vigencia permite un despliegue técnico como no ha de haber otro en el planeta, en el que se conjuga toda la tecnología en pos de un objetivo artístico de enorme solidez. Esa vigencia le permite a Waters contar con una banda que no hace extrañar la original Pink Floyd, al menos en los 90 minutos de duración. Y esa vigencia sólo se sostiene, sólo se levanta como un muro de innegable poder estético, sobre la base de las grandes obras. The Wall en este caso. Una gran obra es como el cimiento de ese muro: todo lo demás sería pirotecnia vacua, puro dinero tirado sobre un campo de fútbol, puro sonido que aturde. The Wall es otra cosa. Eso pasa con las grandes obras. Con los clásicos. Los que siempre sonarán nuevos. Esas obras que unos pocos (Roger Waters entre ellos) son capaces de regalarnos.

Público de todas las latitudes


Melina tiene 35 años y viven en San Miguel de Tucumán. Pero en octubre del año pasado, junto a su novio, tenían la cabeza puesta en otro lado: en el show al que asistió el sábado en Buenos Aires. “Siempre me gustó Roger Waters, es un emblema de la música y de la lucha”, mientras evoca The Wall Live. “Creo que hay una sola palabra que puede resumir lo que vi: sublime”, asegura, al reflexionar sobre el espectáculo.

En la misma línea, y sin ocultar la euforia, el matrimonio compuesto por Luis (46) y Silvana (43), opina sobre el espectáculo. “Estamos asombrados. No pensábamos que íbamos a poder escuchar a este tipo que escuchamos en nuestra adolescencia... pero acá estamos”, aseguran a dúo. Pero fuera de la grandeza que reconocen al show, del que eligen sobre todo, como momento de mayor impacto, el del inicio, estos cordobeses de San Francisco se sienten felices por haber venido finalmente (consiguieron las entradas el jueves pasado) y por la tranquilidad, organización y respeto de todos los asistentes. “Teníamos un poco de miedo, porque no vamos a muchos espectáculos. Pero esto incluso en eso, estuvo perfecto”.

El diseñador interiorista Omar (43), un mendocino de San Martín, también consiguió la entrada este jueves, cuando ya daba por perdido el viejo sueño por escuchar The Wall en vivo, que acariciaba desde su adolescencia. “Había decidido no ver nada en la tele ni quería que me hablaran de Roger Waters. Me lo iba a perder y me sentía mal. Pero apareció la posibilidad”, relata. “He quedado atónito, y feliz por haber cumplido realmente uno de los sueños de mi vida. Con esta música me crie, marcó mi adolescencia, esto es como cerrar un círculo de cosas que deseaba y que he podido conseguir”, concluye.

Publicado el 12 de marzo de 2012 en Diario Uno de Mendoza

jueves, 2 de mayo de 2024

Arturo Roig, el aventurero del pensamiento

Arturo Andrés Roig. Foto: Bulletin de l'Institut Français d'Études Andines. 



por Fernando G. Toledo

La muerte del filósofo mendocino Arturo Andrés Roig representa una pérdida de consecuencias difíciles de medir para una provincia como la nuestra, tierra que no se ha caracterizado por dar al planeta nombres referenciales en el ámbito de la filosofía.

En este sentido, el lugar que ocupaba Roig para la cultura filosófica era excepcional.

Nacido en Mendoza en 1922, hermano gemelo de Fidel (destacado ingeniero agrónomo que murió en noviembre de 2008), Arturo, quien falleció el lunes (30 de abril de 2012), egresó como profesor de Filosofía de la Universidad Nacional de Cuyo en el año 1949, un año clave para la actividad filosófica académica en nuestra provincia si se tiene en cuenta que esta fue sede en esa época del Primer Congreso Nacional de Filosofía.

La andadura académica de Roig es realmente notable y el recorrido por las universidades en que enseñó habla a las claras de su importancia: fue titular de cátedra en la UNCuyo, la Universidad Autónoma de México y la Universidad Central del Ecuador, en la Pontificia Universidad Católica de Quito. Como parte de sus aportes institucionales a Mendoza, fundó y dirigió el Centro Regional de Investigaciones Científicas (CRICYT, actual CONICET) y el Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales de ese mismo centro.

El filósofo mendocino también fue objeto de numerosas distinciones, entre las que se puede nombrar el doctorado honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, de la Universidad Nacional de Río Cuarto (Córdoba), de la Universidad Nacional del Comahue (Neuquén, Río Negro y Chubut), Universidad del Zulia (Venezuela) y la Universidad Nacional de San Luis. También fue nombrado profesor emérito de la UNCuyo, reconocido con el Diploma al Mérito en Ética por la Fundación Kónex y reconocido como «educador ilustre» por la DGE local.

Además, la Universidad de Guadalajara (México) publicó un libro en su homenaje, titulado Arturo Andrés Roig, filósofo e historiador de las ideas, mientras que la Universidad de Santo Tomás (Colombia) le dedicó todo un número de su revista Análisis. Además, la Feria del Libro local, en 2008, estuvo dedicada a su figura y llevó el nombre de uno de sus libros fundamentales: Mendoza en sus letras y sus ideas.

Aunque se jubiló en 1985, Arturo Roig siguió enseñando y asesorando, sobre todo en lo que él mismo consideraba «su» campo: la Historia de las Ideas en América Latina. Un término, aclaraba él, «que no todos aceptan, sobre todo las comunidades indígenas de nuestro continente, ya que a veces de lo que se trata cuando se habla de esto es de hablar de las ideas europeas en América Latina y no las ideas propias del continente».

La llegada de la dictadura militar, en 1976, representó para Roig el exilio a Ecuador y a México. Esto determinó paradójicamente, por contrapartida de la expulsión de su propio país, el reconocimiento fuera de las fronteras nacionales y el ahondamiento de su interés por la problemática continental. Así lo consideró Arturo Somoza, rector de la UNCuyo, al observar que «el exilio forzado lo volvió un referente mundial, lo cual le permitió formar muchos discípulos».

La preocupación por el pensamiento desarrollado en América marcó su andadura. Marisa Muñoz, una de sus más destacadas discípulas, ha escrito que el interés de Roig se centró en las categorías de «moralidad» y «eticidad» y que en su tarea de recuperación crítica de los escritores de Latinoamérica se vio obligado a un doble esfuerzo: el de «desentrañar la estructura teórica de estas categorías y, por el otro, ver cómo han jugado las mismas en la constitución histórica del sujeto latinoamericano».

Con ese interés latinoamericanista como eje, Roig se dedicó a reflexionar sobre los conflictos de interés tradicionalmente filosófico, como los de las contradicciones entre capital y trabajo, marginalidad y centralidad, lo público y lo privado. Así lo mostró en obras como Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano y El pensamiento latinoamericano y su aventura, que constituyen dos de sus más grandes aportes.

En cierto modo, Roig buscó romper algunas tendencias académicas propias de su tiempo. Al ya de por sí peculiar interés por ahondar en el pensamiento latinoamericano, le sumó una voluntad por variar el enfoque de los temas a tratar. Así lo expresó el mismo en una recordada conferencia en 2006, como introducción a la entrega de los premios Vendimia de ese año, al decir que «mientras que en las facultades predominaba una influencia aristotélica, en muchos casos mediada por el filtro de Santo Tomás de Aquino y toda la filosofía católica, yo me rebelé y decidí volver a Platón. Así que me considero platónico».

Platón, Hegel, Kant y Marx serían sus grandes influencias. «Ese trasfondo intelectual le hace partir (…) desde la capacidad del hombre de hacer experiencias y de sus experiencias fácticas en la historia, pero por el otro lado su perspectiva no se reduce a los meros hechos. Incluye también las posibilidades no realizadas en una situación histórica específica, lo no completado deber-ser y querer-ser de los sujetos» dijo Günther Mahr, quien fue autor de un artículo sobre «el aporte de Arturo Andrés Roig a la filosofía contemporánea».

Como supo escribir en uno de sus libros, para Roig el filosofar era también, y esencialmente, una «aventura». Y, muy especialmente, filosofar desde América Latina, porque como dijo, al hablar de otros como si hablara de sí mismo: «La filosofía latinoamericana (…) es el pensar de un sujeto construido a partir de una afirmación constante de su propia subjetividad a través de la cual se objetiva. Se trata de una filosofía que no se ocupa del ser (…) sino del modo de ser de un humano determinado en relación con aquella objetivación (…). De ahí surge un filosofar cuyo discurso ha sido constantemente diagnóstico, denuncia, proyecto y compromiso».

En síntesis

Arturo Roig nació en Mendoza en 1922.

Entre sus libros más de treinta libros se cuentan Los krausistas argentinos (1969), Platón o la filosofía como libertad y expectativa (1972), Filosofía, universidad y filósofos en América Latina (1981) y Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981).

También publicó Bolivarismo y filosofía latinoamericana (1984), Rostro y filosofía de América Latina (1993), El pensamiento latinoamericano y su aventura (1994, ampliado en 2008) y Mendoza en sus letras y sus ideas (2005 y 2009).

Publicado el 1 de mayo de 2012

viernes, 7 de octubre de 2022

Jon Anderson: “Con los miembros de Yes no somos amigos: somos hermanos”


 

Por Fernando G. Toledo

Hay una voz como un trino, una garganta de cristal que atraviesa las alzadas pedregosas del rock y que tiene hoy el mismo efecto que cuando hizo escucharse por primera vez, hace medio siglo. Esa voz es la de Jon Anderson, el músico inglés que desde su entrada a la música (con el grupo The Warriors) y luego y, sobre todo, con la marca de fuego dejada al frente de la banda progresiva Yes, una referencia imposible de eludir cuando se hace el recuento de la música popular que animó el siglo XX.

Por décadas, todo aquel mendocino que supiera de la existencia de propuestas musicales como las de Yes, King Crimson, Deep Purple u otros tantos tenía que hacer ingresar en la esfera de lo imposible la oportunidad de tenerlos tocando cerca de casa. Sin embargo, de cinco años a esta parte, ya pasaron por nuestros escenarios Robert Fripp, Tony Levin, Roger Hodgson y los Purple. Y también Yes, aunque sin Anderson, debido a que hoy los caminos del vocalista emblemático del grupo y el resto de sus compañeros van por separado.

Así que mientras Squire, Howe, White y el resto pasean por el repertorio clásico de Yes cambiando cada tanto su cantante, Anderson (el dueño de la voz única) ha apostado a algo propio de su estilo: un show en el que ese canto etéreo vaya al frente.

Y con esa propuesta, en la que sólo trae una guitarra, un piano, su garganta y las canciones que compuso, llega por fin a estas tierras, para cerrar el “círculo progresivo” que sólo un soñador algo desquiciado podría haber dado por posible años atrás.

Anderson canta esta noche en el teatro Plaza de Godoy Cruz, donde ofrecerá canciones clásicas como Long Distance Runaround, And You and I, Owner of a Lonely Heart o Nous sommes du soleil, en un recital que se espera quede para siempre grabado en la memoria de los melómanos locales.

Antes de ese show, Anderson (quien está haciendo una gira por el país) se prestó a una entrevista por correo con Escenario & Tendencias en la que deja en claro su carácter soñador y optimista y en uno de cuyos tramos deja en claro que la historia de él junto a Yes no ha sido clausurada.

–Lo primero que quisiéramos saber es cuál será el repertorio del show que dará en Mendoza. ¿Cómo ha elegido las canciones de su enorme repertorio?

–Me gusta cantar las canciones de Yes que escribí para la banda, como Starship Trooper, Owner of a Lonely Heart, partes de Close to the Edge, Your Move, ‘Give Love Each Day… y muchas más. También canciones de mi dúo con Vangelis, como Find my Way Home. Hay tantas canciones conocidas, y algunas nuevas… Yo simplemente disfruto de cantarlas.

–Como sabrá, este concierto en Mendoza está precedido por una gran expectativa. ¿Qué siente un artista cuando conoce que hay un público, frente al cual nunca ha cantado, que lo espera con ansiedad?

–Es maravilloso saber que hay gente que llega a un concierto a divertirse, a pasar un buen momento, a cantar juntos… Yo me siento confortado con cada show y eso es de veras lo principal, disfrutar de lo que hacés en la vida.

–Usted está en el mundo de la música desde 1962. Desde aquellos tiempos, y luego con la fabulosa banda Yes e inolvidables trabajos en solitario o con otros grandes músicos, han pasado ya 50 años. ¿Qué siente cuando contempla toda su carrera en perspectiva? ¿Qué momentos rescata y cómo hace para mantener viva la llama de la música?

–Escribo música todo el día en mi cabeza, siempre lo he hecho, y siempre me mantengo en estado creativo en mi estudio casero, trabajando con gente de todo el mundo con la que me conecto por internet… y así mis sueños musicales se convierten en realidad. En cuanto a mi historia en este asunto, la verdad es que hay demasiados momentos maravillosos. Estoy más que orgulloso de haber estado involucrado en discos como Fragile o Close to the Edge, que han terminado siendo tan importantes. O hacer Tales from Topographic Oceans, que fue como quedar colgado desde lo alto de una montaña. Y, por qué no, haber grabado 90125 con una producción sencillamente grandiosa y una gira con tantos conciertos impresionantes… Y pensar que todo empezó cuando, en 1963, mi hermano Tony me llevó a ver a Los Beatles, cerca de Liverpool, antes de que fueran famosos, sin chicas gritándoles. Y sonaron increíbles. Así fue.

Vigencia de la música, vigencia del afecto


–Generaciones de melómanos crecieron escuchando sus canciones y su inconfundible voz. ¿Alguna vez se preguntó cuál era la clave para mantener tamaña vigencia?

–(Cita un fragmento de la canción Awaken): “Como cuando escapé y me di la vuelta, y estabas allí parado cerca de mí”.

–Hace dos años, una de las versiones de Yes se presentó en Mendoza, con otro cantante, por supuesto. ¿Cómo es su actual relación con los miembros de la banda? ¿Siguen siendo amigos?

–No somos amigos, sino que aún somos hermanos. Y como en la mayoría de las familias, no todo es perfecto. En cuanto a mí, los amo y estamos conectados por la música que creamos juntos.

–El legado de Yes aún permanece fresco y vigente. ¿Cómo fue posible para una banda grabar discos tan geniales como Fragile y Close to the Edge, ambos de 1972, en tan breve espacio de tiempo?

–Atravesábamos una gran “armonía” en aquellos días. Confiábamos el uno en el otro, no había nadie tratando de convencernos en hacer “hits” ni nada por el estilo. Ese ha sido siempre el problema, en realidad, los de afuera diciendo tonterías que no ayudaban al grupo, muy destructivas.

–Es usted una figura esencial para el panorama de la música popular contemporánea. Pero ¿quiénes fueron los músicos que lo influyeron? ¿Qué música escucha y qué grupos actuales les parecen interesantes?

–The Beatles, The Beach Boys, Nina Simone, Frank Zappa, Jean Sibelius, Igor Stravinsky, Jimmy Webb, Paul Simon, Joni Mitchell, son tantos los que he escuchado… Y en cuanto a los grupos actuales, puedo mencionar a Battles, Grizly Bear, GroupLove, First Aid Kit… también son un montón.

–Durante este mes, en que usted visita Mendoza, también estará pisando nuestras tierras Robert Fripp, quien llega para dictar un curso. Eso significa que dos de los más importantes músicos del rock progresivo estarán en nuestra provincia. ¿Qué opina sobre la influencia y la actualidad de este género?

–Cuando vi a King Crimson (la banda de Robert Fripp) por primera vez, quedé asombrado. En cuanto a otros grupos, qué puedo decir de Mahavishnu Orchestra o de Led Zeppelin… ¡guau! Música en estado salvaje por todos lados, pero que es en definitiva la misma. Mundos diferentes, pero siempre dentro de una música que evoluciona.

–A la hora de componer, usted ha prestado mucha atención a las letras. ¿Qué puede contarnos de los momentos en que escribe y cómo define su propia poesía?

–Escribo de manera espontánea. No es que pase horas trabajando en las palabras, sino que estas simplemente llegan a mí de una manera tal que realmente me excita. Así que lo que hago es respetar las letras cuando las canto por primera vez tal como se me ocurren. Creo que a eso simplemente se lo puede llamar… ¡jazz!

martes, 7 de junio de 2022

Entre dos amores

 

 Acerca de los periodistas, de los artistas y del periodismo como un arte


por Fernando G. Toledo

Para algunos no hay dualidad entre las facetas de periodista y de artista. Son, en metáfora corriente, dos caras de la misma moneda. Por eso lo que hace un escritor, por ejemplo, es escribir simplemente en dos géneros: el periodístico y el literario. Por eso el actor puede sentir que, ante cámara, da lo mismo interpretar una línea argumental que dar una noticia (la realidad supera a la ficción, para seguir con las frases usuales). Y por eso el cantante, también, hace del micrófono de la radio el artilugio que lleva su voz hablada como en el escenario la lleva cantada.

Pero esos casos, me parece, son los menos. No sólo porque traducir el arte que se practica con la rama periodística que se desarrolla no es siempre tan simple (¿qué equivalente periodístico es el del escultor, el del violonchelista?), sino porque la mayoría, suponemos, separa muy claramente sus quehaceres y, casi siempre, el del artista es, en la vida diaria, el oasis para la árida, rústica, aunque no menos apasionante tarea informativa. 

En quien esto escribe, por ejemplo, la cuestión es muy clara: el periodismo es la profesión y la poesía, la devoción. Para ciertos colegas (periodistas) el periodismo ocupará el rol marital y el arte, el de amante. La pregunta sería: «¿A quién aman más?». Y la respuesta sería otra pregunta: «¿Quién dijo que no se pueda amar a ambos por igual?».


Publicado en Diario Uno el 6 de junio de 2010

martes, 10 de mayo de 2022

La década narrada

Liliana Bodoc. Foto: Marcelo Aguilar

 

La mendocina Liliana Bodoc fue elegida por la Fundación Konex como una de las escritoras de la década. Planea un filme y está terminando su nueva novela.

por Fernando G. Toledo

La escritora mendocina que está dictando ese taller está a punto de hacer también una película. La que está frente a los futuros escritores acaba de ser galardonada como una de las plumas más relevantes en la literatura juvenil argentina de la última década. Ella, la escritora que habla, está por terminar su nueva novela. La escritora que comparte, más que impartir, los entresijos del laberinto de la escritura es también la autora de una saga épica equiparable a otra célebre: El señor de los anillos, de Tolkien. Y esa escritora, la misma que allí parada frente al grupo brinda su taller literario con humildad y la inocencia de quien siempre está buscando, habla ahora con nosotros, en un alto de su curso.

Liliana Bodoc, de ella se trata, está en Buenos Aires. El viernes abrió el I Encuentro Internacional de Literatura Fantástica, organizado por la Universidad de Buenos Aires. Pocos días antes, la Fundación Konex la galardonó con el diploma que la reconoce como una de las 100 escritora más importantes de la década. Diez años antes había recibido un premio análogo.

A la autora de La saga de los Confines los premios no dejan de causarle sorpresa. Orgullo también, por supuesto, pero ante todo esa sensación de maravilla ante lo que sucede con algo (su escritura) que provoca admiración y que para ella es un juego que siempre debe ser distinto.

–¿Qué sentiste al recibir el Premio Konex por segunda vez consecutiva?
–La verdad es que una vez más me sentí sorprendida. Me sorprendí hace 10 años por estar entre los escritores premiados por el diploma al mérito en la literatura juvenil. Y esta vez vuelvo a sorprenderme y a sentirme orgullosa por el jurado que da la distinción, que es vasto, enorme, diverso y con distintas posturas estéticas e ideológicas. Haber sido nominada es un orgullo.

–¿Te invitan estos premios a reflexionar sobre todo lo que tus libros provocan?
–Si tengo que buscar un porqué quizá tenga que ver con que verdaderamente mi intención ha sido siempre desafiarme a mí misma en la escritura. Desde La saga de los Confines hasta El perro del peregrino (N. de la R.: su última novela), he intentado arriesgar estéticamente, ya sea en el lenguaje hasta los géneros para abordar. Nunca quise quedarme quieta en el registro de la épica fantástica, por ejemplo, que es el que me hizo conocida.

–¿Esa búsqueda por algo nuevo se da en vos sólo como escritora o también como lectora?
–Yo como lectora soy muy abierta a diversos géneros y estilos. Lo mismo me pasa con la comida y la música. Con todo, excepto el fútbol: soy hincha de Colón de Santa Fe y eso no se cambia (risas). Y posiblemente eso pasó con mi escritura. Me gusta sentarme ante la máquina y decirme: “Voy a encarar un camino que no conozco”. Eso me llevó a tener novelas truncas, pero evita que me aburra. Porque uno se empieza a repetir y a agotar.  Escribir otra épica fantástica era impensable para mí hasta que pasaran muchos años.

–Pero esos libros dejaron una marca. De hecho, por algo abriste el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica...
–Sí, allí estuve en la apertura, en la Biblioteca Nacional, con Horacio González y con académicos de la UBA. Me alegra mucho que la academia haya tenido el gesto de arrimarse a la literatura fantástica de hoy. Porque hay  un nuevo género fantástico ligado a los géneros populares y está bueno que la academia se dedique al presente.

–¿Qué ves de especial en este género fantástico contemporáneo? ¿Que por él entran a la lectura muchos jóvenes, por ejemplo?
–Sí. Los lectores de este género son lectores nuevos. Y no sólo jóvenes. Sé de chicos que empezaron a leer mi saga, u otros libros de hoy, como Juego de tronos. A este género llega un lector más desprejuiciado, más puro.

–¿Qué te sucede al pensar que muchos se convirtieron en lectores al leer tus libros?
–Creo fervientemente en la responsabilidad del escritor. Sin que nos pongamos en un lugar de dictaminar moralmente nada. Tiene que ver con el convencimiento pleno de que la palabra crea o provoca realidad. Y escribir es generar realidad. Y eso da una inmensa responsabilidad. Yo concibo así al lenguaje literario. Y el escritor es más responsable en cuanto escribe para seres humanos en formación. Y digo “seres humanos”, no sólo “lectores”. Entonces, cuando una docente me dice que su alumno que no leía nada y ahora lee por La saga de los Confines eso representa una responsabilidad enorme. Yo entiendo que luego de la saga... va a pasar a algún libro más importante. Pero creo que por eso, en esa historia ficcional yo debo transmitir otros valores que sean importantes. En el caso puntual de esos libros aparece el hecho de valorarnos como continente, de rescatar el valor de una cultura existente...

–Estás ahora dictando un taller literario, y éstos son con frecuencia tema de debate sobre preguntas como: “¿Sirven o no sirven?” o “¿forman o no a escritores?”. ¿Cómo son tus talleres?
–Como docente soy caótica e irracional. En mis talleres no se trata de hablar de los tipos de narradores, de los puntos de vista o esas cosas. Se trata de entrar en la cocina emocional de la literatura. Se trata de ponerlos a  escribir sobre algo que no eligieron, instalarlos en la incomodidad de la escritura. Eso provoca una cosa más intuitiva, visceral. Siento que estos talleres literarios pueden servir solamente para avivar un fuego en  decadencia, avivar cenizas que por mil razones se han apagado. Por eso yo me centro más en la emoción que en la técnica.

–Además de participar en el encuentro de literatura fantástica y de tus talleres, ¿qué otros proyectos te ocupan en estos días?
–Hay cosas muy importantes. Sobre una en particular no puedo decir mucho. Pero se trata de un proyecto que me apasiona, y tiene que ver con una película. Voy a trabajar en sociedad con alguien, y apenas se concrete esa sociedad se dará a conocer...

–¿Tiene que ver con el postergado proyecto de llevar La saga de los confines al cine?
–No. Sobre ese proyecto no hay novedades. Es algo nuevo.

–¿Y el libro que nos contaste que estabas escribiendo?
–Me está costando mucho escribir este año. Voy a participar en un documental de la TDA, para cuatro capítulos en la laguna de Guanacache con la comunidad huarpe. Yo voy a hacer el personaje que recorre el lugar. Eso  más los viajes y otros trabajos laterales me han apartado bastante de la escritura. Pero hay una novela que está por cerrarse: se llama Amazonas Retiro. En unos meses espero terminarla. 

Publicada en Diario Uno de Mendoza el 11 de mayo de 2014

jueves, 25 de noviembre de 2021

El héroe perfecto




Corazón valiente (Braveheart), EE.UU. 1994. Dirección: Mel Gibson. Producción: Mel Gibson, Alan Ladd Jr. y Bruce Davey. Guión: Randall Wallace. Fotografía: John Toll Asc. Diseño de producción: Tom Sanders. Música: James Horner. Intérpretes: Mel Gibson, Sophie Marceau, Patrick McGoohan, y elenco.

por Fernando G. Toledo

Con Corazón valiente prepárense para ver de todo: lo épico y lo romántico, lo sangriento y y lo dramático, lo histórico y lo mítico, lo vertiginoso y lo quieto... Y el que quiera, puede perder de nuevo la partida ante Mel Gibson. Si ya este hombre había sorprendido con la dirección de El hombre sin rostro, lo hará de nuevo, pero esta vez con las dimensiones que un drama de estas características puede tener. De nada servirá que uno vaya, preparado, con los pantalones mejor ajustados: en la escena más difícil, las faldas de estos escoceses pueden echar por tierra cualquier descalificación tajante y hasta arrancar del más escéptico un “ta’ bien”.

Braveheart (según su título original) da cuenta de que el australiano es valiente también fuera de sus papeles. Encarar una producción de estas características, realizarla muy dignamente y además brindarles un pronóstico favorable a los dramas épicos –similar al que les llegó a los westerns después de Danza con lobos y Los imperdonables– no es poco para un actor por el que pocos apostaban en estos rumbos.

El guionista Randall Wallace (sin parentescos con el valiente) rescata la leyenda a un héroe escocés de de los siglos XIII y XVI, que luchó contra el rey Eduardo Zanquilargo por la libertad de Escocia. De William Wallace se conservó en la memoria un héroe impecable y en eso se inspira el filme. Por tal caso, las debilidades tienen alicientes: los flancos –el principio y el fin de la vida de Wallace– se muestran un tanto lustraditos y, lo peor, previsibles (sin embargo, la la leyenda hubiera sido más traicionada con una exploración menos impecable del héroe); el tratamiento hacia hacia algunos personajes es bastante irrespetuoso y Gibson –con algunas ideas chapadas a la antigua– peca de prejuicioso (sin embargo, seguramente el trato a los homosexuales de la época no distaba mucho de éste, a pesar de que esta excusa se contradiga con la excusa anterior), y así. Por todo eso, a la vez, los puntos fuertes son el nervio de la película. Las pizcas de humor, la mejor actuación recostada sobre el más malvado, la demás coyunturas son impecables. 

Y lo mejor poco puede decirse de las batallas escoceses versus ingleses que no suene a poco ante la espectacularidad de como se muestran. Ayudado por el cinemascope, Mel Gibson consigue imágenes, acción y suspenso estremecedores. Presenciar estas escenas es como meterse en el medio justito del de las lanzas, y esto que choque de las sirva de advertencia para los que se impresionan fácilmente, porque la butaca del cine puede correr peligro.

Wallace es el héroe perfecto: enamorado, y fiel, y amante de la libertad (concepto un tanto moderno para poner ponerlo en boca de un personaje tan antiguo, pero en fin...). Es un héroe al que sólo la deshonestidad, en sus múltiples formas, puede vencerlo. porque en en su cabeza o en su corazón tal deshonestidad no cabe. Es un héroe buenísimo, bah. Y cuidado con él, prevenidos y prejuiciosos. Que desde allá arriba, en la pantalla y de la mano de Mel Gibson, el escocés puede hacerle jugar una mala pasada a nuestro escepticismo si no sabemos apreciar sus triunfos.


Publicada en Diario Uno el 10 de septiembre de 1995

sábado, 9 de octubre de 2021

Al arrullo de Jon Anderson


 

El talentoso músico se presentó el domingo en el Teatro Plaza de Godoy Cruz. La voz de Yes cantó canciones de sus 50 años de trayectoria.

por Fernando G. Toledo

Se puede comenzar de manera convencional esta reseña y decir, por ejemplo: «Jon Anderson ofreció un concierto rebosante de belleza el domingo, en su primera presentación en Mendoza». Recordar que fue una actuación en solitario, con la sola compañía de unas guitarras, un ukelele, un extraño instrumento chino y un teclado. Poner al margen que se completó así el círculo de Yes, tras la actuación de la banda, sin su voz, en 2010. Dar cuenta de que Jon Anderson está pleno aun cuando sobrevivió a un ataque de asma que lo puso en 2008 al borde de la muerte.

Pero no. Un recital como el del domingo, en el teatro Plaza de Godoy Cruz, merece otra cosa, porque el de Jon Anderson no fue un recital convencional. Fue algo tan íntimo y cercano que pareció que nos hablaba en la cara, a cada uno de los 700 allí presentes. Así que lo menos que merece es que le hablemos a él.

Y lo que hiciste, entonces, Jon, no fue visitar por primera vez «the city of trees» («la ciudad de los árboles»), como le llamaste a Mendoza. Lo que hiciste fue invitarnos al living de tu casa, una casa imaginaria pero allí visible. Y en el living de su casa uno no tiene la parafernalia propia de una banda de rock paradigmática, como Yes por ejemplo. Uno tiene unas guitarras, quizá un ukelele y algún extraño instrumento chino recolectado en tantos viajes (una especie de guitarra reducida de tres cuerdas) y, a lo sumo, un teclado. Y tiene la voz, tu voz Jon, que no es una voz cualquiera, sino esa voz que, de existir los ángeles, envidiarían tu garganta.

Y empezaste a cantarnos. A cantarnos esas canciones que ya no tienen tiempo y por eso no tiene sentido ordenarlas por antigüedad. Da lo mismo si es Your is no Disgrace y Sweet Dreams de Yes, o One love de ¡Bob Marley! Importa poco si luego, con un instrumento chino del que ya has olvidado el nombre, repasaste Flight of the Moorglade, de tu primer disco solista.

Sabemos que no estás para virtuosismos instrumentales. Que estás en tu casa, claro, y las canciones van saliendo con la compañía de modestos rasguidos y, sin embargo, esto provoca un efecto por todos bienvenido: que tu voz llena todo el aire que nos rodea, tu voz, que sigue tan perfecta como hace 10, 20, 30, 40 o, sí, 50 años. Tu voz que parece un trino, un arpa, un gorjeo, algo que nos cuesta creer que sea posible.

También nos parece que así, con este concierto íntimo y desenchufado, nos estás permitiendo asistir a algo más. Podemos oír, como en un descubrimiento, cómo nacieron esas canciones maravillosas y complejas que llenaron algunos de los mejores álbumes de Yes. Nacieron así, con ese tarareo, sin florilegios ni grandes arreglos, sino como melodías que iban saliendo por tu garganta.

Pero también hay un obsequio de tu parte, y es tu humor. Se muestra a pleno cuando, al presentarnos una de las canciones que grabaste en tu disco a dúo con Vangelis (Find my way home), nos recordás sobre el músico griego que es aquel que compuso Carrozas de fuego, e hizo mucho dinero con eso… y que cuando había que convencerlo para que fuera a un programa de TV simplemente bastaba con recordarle que había dinero de por medio.

Qué bueno que en este living imaginario, Jon, sea posible que incluso los más exigentes seguidores de tu carrera, que siempre miraron con desconfianza la etapa comercial de la banda, canten, sin embargo, ya desenfadados o hechizados por tu voz, el tema emblemático de esa etapa: Owner of a Lonely Heart. Claro que, como viene rodeado de Starship Trooper o America (de Paul Simon, y que ya habías grabado con Yes), es difícil poner reparos.

Tampoco hay reparos cuando vas al piano, Jon. Estás muy lejos de tu amigo Rick Wakeman, claro, pero no te importa: «Sólo toco con las teclas blancas… es más fácil», bromeás, y nada importa porque, justo allí, empiezan a sonar las obras maestras de tu etapa con Yes: Close to the Edge (¡nada menos!), Heart of the Sunrise o The Revealing Science of God, mezcladas con Marry me again.

Y al final, Jon, qué podemos decir, si, ukelele en mano, vienen You got the light, Nous sommes du soleil o tu versión de A day in the life, de Los Beatles. Y, a propósito de esto, llegan tus anécdotas sobre tu inserción en la música, sobre Robert Plant y Joe Cocker, y tu homenaje a esos momentos con tu canción Tony and me, y el tributo a Lennon que combina su Give peace a chance y tu Your move.

En fin, Jon Anderson, toda esa seguidilla final soñada (Soon, Roundabout, I’ve seen all good people, Wondrous Stories), no hace más que decirnos a nosotros mismos que, ciertamente, es poco lo que un aplauso puede devolverte. Cuando, a poco de cantar Give love each day has dicho que «dar es estar vivo», nos has dejado sin palabras. Nos has dado canciones magníficas. Jon, y nos las has cantado al oído. Recibir también es estar vivo, Jon, más vivo si es al arrullo de tu voz. Así que gracias. Gracias por darnos tu música.

lunes, 28 de octubre de 2019

La memoria



© Fernando G. Toledo

Bastaría una memoria doble, una buena memoria, al menos. Por esos tiempos (abril del 87), el rock argentino estalló por toda Latinoamérica. Había pasado el tiempo de aprender a ponerse de pie, el Proceso se iba olvidando y por febrero de 1985 un grupo llamado Miguel Mateos/Zas saca un disco y se vende unas 400 mil copias del álbum titulado (¿recuerdan?) Rockas vivas. Era increíble: todo el mundo tenía un ejemplar en casa.
El grupo se paseó por todo el país, llenando estadios, teatros y cuanto se le pusiera por delante. Fue considerado el mejor grupo del año y Mateos acrecentó el prestigio que se venía ganando. Al año siguiente Zas grabó su álbum más pretencioso. Pero ese muy buen material lo haría enterrarse por mucho tiempo para el público argentino que, un año antes, lo había idolatrado como a un Charly cualquiera.
Fue en la gira de Solos en América, tal el nombre del disco, cuando vinieron a Mendoza y fueron interceptados por Milena Rodríguez, Andrea Catalano, Sergio Pulido, Pablo Rossignoli y Néstor Nardella, para su programa Tiempo libre en la vieja Emisora del Sol de la calle Emilio Civit. Hubo dos presentaciones: una en Rodeo del Medio y la otra en el Estadio Pacífico. Lleno total, bombachitas mojadas, euforia a discreción, una fanática que se subió al escenario e hizo perder los acordes de Un gato en la ciudad a Miguel Mateos eran síntomas de un momento que el grupo jamás volvería a alcanzar.
Muchos se dedicarían después a hundir a Mateos, criticando sus pretensiones, sus discos tan diferentes, de una manera (ahora que se lo ve de lejos) casi inexplicable. Muchos se dedicarían, sobre todo, a olvidarlo.
Por eso haría falta una memoria doble, una buena memoria. Que recordara quién fue el que abrió las puertas al rock argento hacia el resto de Latinoamérica, que recordara esos momentos de Rockas vivas, que se animara a escuchar un poco de los discos que le siguieron a ese (de Zas y de Mateos como solista), que supiera reconocer la grandeza de los espectáculos de Miguel Mateos/Zas. Una buena memoria.

Publicado en el suplemento Zapping, Diario Uno, el 16 de junio de 1994.

sábado, 21 de mayo de 2016

Se llamaba Erik Satie, como todo el mundo


Mr. Satie at the piano, por Nick Cudworth
Un dandy francés borró los límites entre la genialidad y la locura, y compuso “la música del futuro”.


El hombre, elegante y circunspecto, llegó al cabaret Le Chat Noir como un cónsul a una embajada. Aspiraba a convertirse en músico del lugar, pero presentarse como “pianista” era explicar muy poco. Así que estrechó la mano al dueño del lugar y dijo de sí mismo: “Soy Erik Satie, gimnopedista”. “Es en verdad una hermosa profesión, mi señor”, respondió el propietario, con pareja gravedad.

Satie había nacido en Honfleur en 1866 y las primeras piezas para piano que de él se conocen las escribió a los 18 años. Por entonces ya era un personaje extravagante y curioso, inclasificable para cualquiera que deseara trazar el límite entre la genialidad y la locura. Llamarse a sí mismo “gimnopedista” –en alusión a sus tres composiciones para piano más famosas: las Gymnopédies–, era casi un gesto de recato para quien supo escribir obras que se adelantaron en casi un siglo a la música minimalista, obras que titulaba con nombres ridículos, que provocaron funciones escandalosas –con sillazos y golpes de puño entre asistentes defensores y detractores– o que, simplemente, provocan el mismo efecto de la hipnosis a poco de escuchar cualquiera de ellas.

Si uno lo piensa bien, no hay nada en la vida de Satie que haya sido una pose. Vivió del mismo modo que compuso las inolvidables Gnossiennes, sus tres ballets, sus canciones. Pero nos falta saber si fue así porque estaba convencido de esa identificación entre el arte y la vida o sólo porque no podía hacer otra cosa.




Satie fue un dandy en la París de los dandies con el fin de burlarse de todos ellos. Por eso mismo es que ante la alta sociedad y la crítica oficial no pasaba de ser un pianista de cabaret, pero para quienes podían avizorar que él estaba escribiendo la música del futuro, sus gestos y su andar eran sencillamente anacrónicos, es decir, también adelantados a su época. Así que a nadie podía extrañar que de pronto, este ironista y enemigo de las instituciones, se dijera miembro de una sociedad secreta (los Rosa Cruz), o que le propusiera matrimonio a la única mujer que amó, o de golpe ingresara a estudiar a un Conservatorio cuando eran los académicos quienes lo despreciaban.
Autorretrato.

Mientras sus colegas Debussy, Ravel, Auric, Honegger o Milhaud se rendían a sus pies; mientras pintores como Picasso y Picabia o escritores como Jean Cocteau lo alababan públicamente, Satie no dejaba ni de componer ni de observar todo con cierta condescendencia. Aunque está claro que no era insensible: cuando el crítico Jean Poueigh denostó el ballet Parade, nuestro compositor le devolvió la gentileza con una postal que decía: “Señor, usted sólo es un culo; pero un culo sin música”. No es díficil comprender que a Poueigh le haya parecido inadmisible escuchar que, en ese ballet, Satie le agregaba a la orquesta convencional cosas tan extrañas como un revólver disparado en escena, una máquina de escribir, dos bocinas de barco o botellas llenas de agua…

El misterio y la excentricidad acompañaron a Satie como su galera o sus frases sorprendentes. Cocteau contaba que recibía, tarde a tarde, la visita del músico, quien se quedaba siempre con su abrigo puesto “los guantes, el sombrero inclinado sobre sus anteojos, y con el paraguas siempre en la mano”.

Pero hubo un lugar común del que no pudo escapar el gimnopedista Satie, y fue de la muerte. Así, el 1 de julio de 1925 su cuerpo, al que poco atendía más que en su aspecto exterior, se rindió ante el alcohol y la escualidez. Fue en ese momento que sus amigos entraron, por primera vez, al minúsculo departamento que ocupaba desde hacía casi 30 años en Ancueil. Lo que encontraron fue propio de Satie, sorprendente y misterioso como él: polvo, mucho polvo; pilas de partituras con obras inéditas; cartas que jamás abrió; dos pianos unidos por las pedaleras y apenas usados; 100 paraguas; 20 trajes verdes; dibujos de seres y lugares imaginarios y unos cuatro mil rectángulos de papel recortados cuidadosamente. Y en uno de ellos, la siguiente frase: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”.




jueves, 23 de julio de 2015

La roja estocada de King Crimson


© Fernando G. Toledo 

King Crimson ya era una banda mayúscula cuando, en 1974, Red salió a la calle. Con su debut (In The Court Of Crimson King), el grupo londinense se había ganado un lugar en la inmortalidad, pero sus aportes continuaron con una seguidilla impresionante de piezas maestras.

Versátil como pocos, el guitarrista Robert Fripp (alma máter del grupo) soportó el recambio constante de las formaciones y ahora tenía a su lado al cantante y bajista John Wetton y al ex baterista de Yes Bill Bruford, quienes junto al violinista David Cross y ocasionales invitados habían grabado dos placas fundamentales como Lark’s Tongues In Aspic y Starless and Bible Black. Pero de pronto, y mientras más afiatada sonaba esta formación, Fripp se decide a dar un golpe de timón: reduce el grupo a un power-trío, pone a Cross como convidado y convoca a algunos músicos de discos anteriores para dar una estocada última antes de disolver el grupo. El final no sería tal, claro (seis años más tardes, King Crimson volvió al ruedo), pero Red acabó siendo un disco extraordinario, con cinco composiciones que engalanaron una discografía admirable y que todavía hoy encandila con su brillo.

Repasar el disco en palabras es una delicia y, a la vez, una injusticia. Pero el esfuerzo vale la pena. El instrumental Red abre el fuego, y para hacer honor al color, resulta una pista «incendiaria»: hay algo de bramido en la guitarra de Fripp, en el bajo de Wetton. Hay color y potencia en la batería múltiple de Bruford, y hasta en los violines que multiplica el ronco Mellotron (¿a cargo de David Cross?). Que algunos vean aquí algo del grunge que 20 años más tarde llevaría a la fama a los grupos de Seattle no es extraño si se atiende exclusivamente a esa potencia sonora que Red despliega, pero hay que decir que aquí no hay gestos ni muecas, no hay bravuconadas. Hay sólo genio.

Después de tanta intensidad, Fallen Angel (que amenaza en el preludio a seguir la posta del tema antecedente), ofrece un cálido reposo. Se trata de una balada más cercana a las de Lark’s Tongues… También acá Wetton se deja ver no sólo como un cantante vigoroso y dotado, sino también como un sutil ejecutante del bajo. La banda recupera en esta canción los vientos de Ian McDonald y Mel Collins, dos «ex» . Sus saxos, más el oboe de Robin Miller (y al final, la trompeta de Marc Charig) se ubican por detrás de la voz del cantante, en ocasiones, y del solo de Fripp en otras, pero recrean una pared melódica que le da peso específico a un tema cuya lírica de Palmer-James (mucho menos inspirada que la de Peter Sinfield, el letrista anterior) le canta a un pandillero de Nueva York.

One More Red Nightmare reedita el furor de la primera pista. Ritmo, unas bases endemoniadas y una penetrante guitarra eléctrica hacen de ésta una canción imposible de desatender. Pero lo que tiene de sensual no hace mella en su riqueza interna. En el intermezzo, por ejemplo propone un rico punteo de guitarra que el saxo de Collins sazona con pasión.

Providence continúa la línea del tema Lark’s Tongues In Aspic Part 1 y, también, la pertenencia de la música crimsoniana al universo de la música culta. Siguiendo cierto expresionismo propio de Stravinsky, Bartók y con algo de la atonalidad de Schönberg, este tema (que no desecha la improvisación) no se parece en nada al resto de los títulos. Comienza con el violín de David Cross que va y viene, mientras invita al resto de los instrumentos (bajo, saxos, batería, teclados y guitarras) a sumarse a la juerga. Son ocho minutos notables y desafiantes, que bien podrían estar firmados por un Luigi Nono o un György Kurtág, por nombrar sólo a dos compositores destacados del siglo anterior.

Luego, el final del disco termina siendo apoteótico: Starless, quizá la más bella de las canciones de Crimson, podría ser una simple balada. Comienza con un misterioso tapizado de Mellotron sobre el que Fripp pone de inmediato la melodía principal con su guitarra mágica. Pero luego de que Wetton, Fripp desarrollan el tema viene un impresionante crescendo que da cabida a todos los instrumentistas del álbum, en cuatro minutos magníficos tanto melódica como interpretativamente. Tras el vendaval, el reposo baladístico retorna y se repite, como se repite la frase del estribillo que alude al título del álbum precedente del grupo, «Starless and Bible Black».

Si Starless clausura tanto el álbum como esta formación legendaria de King Crimson, es por contrapartida mucho más lo que se abre después de este disco. Es que Red caló hondo en las bandas progresivas y en el rock todo, y resultó germen para numerosos grupos cuya enumeración demandaría más que una simple página. Si el disco fue considerado en los ’70 una pieza maestra, hoy no les menos. El tiempo en este caso le ha agregado dos virtudes: a 30 años de su edición, Red suena todavía actual, y además, imprescindible.

Publicado en la columna Oído fino, en Diario Uno de Mendoza (2005)



viernes, 3 de julio de 2015

Por las arenas de una obra genial


Por Fernando G. Toledo

En 1965 el estadounidense Frank J. Herbert, periodista, fotógrafo en la Segunda Guerra Mundial y estudiante irregular en algunas clases de literatura universitaria, publica la novela Dune.
La carrera literaria de este autor era incipiente: unos pocos relatos sueltos y una novela psicológica, The dragon in the sea (1956), que originalmente había aparecido por entregas en la revista Astounding.

Pero la edición de Dune –primero en dos partes y luego como novela integral– cambiaría no sólo la vida del propio Herbert, por el éxito comercial y la catarata de premios que le representó: también iba a torcer el rumbo de la literatura de este género. Tanto que hoy en día se la puede considerar, sin ambages, como la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos.

Dune se parece a algunas obras maestras del género y, al mismo tiempo, es distinta y original. Revisa tópicos de la ciencia ficción, pero también los expande con un trazado magnífico, el de la pluma de Herbert, que aún hoy asombra.

No es el único mérito de Dune el ofrecer una historia notable, aunque la tenga. El argumento apenas puede ser enunciado, pero difícilmente hacerle honor con un resumen. Un intento podría decir que el libro se ubica en un futuro lejano (unos dos mil siglos adelante), y nos muestra el momento en que la raza humana se ha dispersado por el cosmos.

El duque Leto Atreides, enviado por el emperador Shaddam IV, llega a tomar posesión de Arrakis, también conocido como Dune: un planeta desértico y hostil, donde el agua es exigua, pero que cuenta con el bien más preciado del universo: la «especia», algo así como una droga que se utiliza para múltiples fines, entre ellos para «expandir la conciencia». Pero Leto es traicionado por el imperio y por el barón Harkonnen, Y es asesinado.

Paul, el joven hijo de Leto, es quien debe encargarse entonces de vengar a su padre y tomar posesión del gobierno. Pero Paul no es un hombre común: es hijo de una Bene Gesserit (una bruja), y las profecías de Arrakis indican que es el mesías que los salvará y le permitirá al planeta cumplir el viejo sueño de tener agua fluyendo por sus tierras.

Con un ritmo narrativo inclaudicable, Herbert nos lleva a atravesar la complejidad del universo que ha pensado para lo que iba a terminar siendo una larga saga. Mas, no contento con las situaciones, las acciones, los conflictos y la elaboración de personajes, el autor traza además una galería apabullante de maquinarias, castas, tradiciones, lenguas, instrumentos musicales, sistemas ecológicos, criaturas y religiones que parecen abrirse página a página como un juego de cajas chinas.

Ese diseño de un universo propio (que tiene ganado el mote de «Universo Dune») es el que soporta las reflexiones que mueven a Herbert a escribir esta obra maestra.
Francesca Annis, Kyle McLachlan y Frank Herbert.
La primera tiene que ver con su preocupación ecológica. En Arrakis, la falta de agua y, al mismo tiempo, la abundancia de especia juegan una sutil paradoja: el agua es para los nativos de Dune –los Fremen, un juego de palabras que se traduciría como «los libres»– es lo más valioso que puedan imaginar, pero al mismo tiempo son los gusanos gigantes que sólo existen en ese planeta los que producen la preciada especia. Cómo se gana o se cede poder a partir de esa dialéctica mueve buena parte de los hilos de los personajes.

Pero, por otra parte, la indagación sobre el poder fanático de las religiones, y sobre el peligro de contar con un «mesías», o un «superhéroe» también preocupa a Herbert, quien ve –como lo vislumbra el propio protagonista, Paul–, que cuando la humanidad cuenta con un ser superior, la yijad (guerra santa) es inevitable.

Las páginas de Dune llevan al lector a imbuirse de esa arquitectura portentosa diseñada por Herbert, capítulo a capítulo (mientras un paratexto, las poéticas citas de diversos textos imaginarios, nos introduce a cada uno de ellos), hasta tal extremo que los lectores parecen tomar en sus ojos el color azulino de los Fremen, el color característico del consumo frecuente de especia. En cierto modo así es: Dune es una sustancia hecha de palabras que, también, modifica nuestra conciencia.

viernes, 6 de marzo de 2015

«Hacer shows es como hacer el amor con la gente»

Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur: los Illya Kuryaki, después de la conferencia.
(Foto: gentileza Municipalidad de Mendoza)


Illya Kuryaki and the Valderramas toca esta noche en la Plaza Independencia, a las 22.30, justo después de la Vía Blanca. La entrada es libre y gratuita y como teloneros actuarán los locales Usted Señálemelo. Antes del show, contaron sus expectativas sobre el que será el último show de la gira de Chances. 

por Fernando G. Toledo

En la plaza Independencia el calor es intenso y el aire que se respira es escaso: hay oxígeno, nitrógeno y caos en él. Nada extraño para un mediodía previo a la Vía Blanca, la víspera de la Fiesta de la Vendimia. Hay gente, mucha gente por todos lados, autos hasta en la Peatonal y cámaras de fotos colgadas de muchos cuellos. Y hay turistas que rondan por todas partes, y algunos hasta quieren entrar al Museo de Arte Moderno aunque el cartel diga claramente, en versión bilingüe, que está «cerrado por refacciones». Cerrado, pero no tanto: allí es donde la conferencia de prensa de Illya Kuryaki and The Valderramas (IKV) está prevista y a la que el puñado de periodistas ha arribado para sacar algo más de jugo al dúo que ya ha convertido sus visitas en una constante desde que regresaron al ruedo. Ese regreso, simbolizado en el disco Chances (2012), produjo todo lo que esperaban Emmanuel Horvilleur y Dante Spinetta: es decir, corroborar que lo que el grupo había aportado desde sus inicios en los primeros ’90, con su vendaval de rap, de funk y de hip hop, seguía candente en muchos que querían volver a verlos juntos.

Así de juntos llegan, como si nada, a la mesa desde la que responderán las preguntas con ese estilo tan calmo, inteligente y fresco que siempre han tenido cuando se les ha propuesto hablar de su propia música. Eso es algo que viven de manera intensa. Da lo mismo si van a someterse a la conferencia de prensa o van a saltar al escenario (como lo harán esta noche, en un lugar que ahora queda encima de nuestras cabezas): tanta es la energía que llevan, y que saben cómo destilar. Se nota, por ejemplo, en Emmanuel, que ni bien se sienta comienza a repetir con sus manos, en una improvisada percusión, el ritmo que le da vueltas en la cabeza, ahora que sus cabezas están alertas en medio de la grabación de su nuevo disco. Ese ritmo –que si fuera por él seguiría tocando, quizá para invitar a Dante a hacer lo propio– se interrumpe sin embargo con la primera pregunta.

–Desde la reunión de Illya Kuryaki, la banda ha tocado ya dos veces en Mendoza, es decir,  ha dado la misma cantidad de recitales aquí que en toda la primera etapa. ¿Cómo han pensado el repertorio para este show en la Plaza Independencia?

–Dante Spinetta:  Bueno, para empezar Mendoza ha terminado siendo uno de los lugares más importantes de la gira que pensamos para presentar el disco Chances. Se junta aquí una energía tremenda. Y es especial el show de la plaza porque es el último de esa gira, y el último que haremos antes de grabar el nuevo disco. Es decir, puede que toquemos alguna vez más, pero vamos dar por terminada esa gira para dedicarnos al nuevo material. Esta vez vuelve a estar con nosotros DJ Saga, que ya nos acompañó en el show del Le Parc. Va a ser para nosotros va a ser una fiesta. Y como sabemos que en sí la Fiesta de la Vendimia es muy importante para Mendoza y es la primera vez que nos toca estar en esta época, esperamos disfrutarla mucho.

IKV, en el encuentro con la prensa.
(Foto: Municipalidad de Mendoza)
–¿Prevén quedarse al Acto Central?
–Emmanuel Horvilleur: Yo a esa posibilidad la estaba barajando. Abarajando, más bien (risa). ¿Vieron esas invitaciones que surgen de algunas bodegas, muy tentadoras por cierto? He tenido algunas. No he terminado de organizarme, y tengo que estar en Buenos Aires. Es muy interesante esa movida en la que se combinan las bodegas con lo que puede ofrecer la música y hay bodegas jóvenes que están en esa línea. Por ese lado me han llegado distintas invitaciones, re tentadores.

–Hace ya casi cuatro años que regresaron. ¿Cómo se sienten como banda?

–DS: Estamos en un muy buen momento. Ya pasó la tensión de la vuelta. Ya somos una banda que está. Cuando arrancamos con IKV sabíamos que teníamos por delante al menos dos proyectos discográficos, Chances y el disco en vivo. Después, íbamos a ver cómo había resultado. Y todo ha ido también que hemos tomado la decisión de seguir, y por eso estamos grabando un nuevo disco. Está abierto a que pase lo que tenga que pasar. Estamos en el mejor momento musical para hacer el mejor disco que podamos. Nuestro Norte está puesto en ese disco, porque de él se desprenden los shows, la imaginería, la estética, los vestuarios, las giras. Ayer (jueves) fue el primer día de grabación oficial. Grabamos una participación para un disco de los amigos chilenos de Los Tetas y para un rapero argentino, Sergio Sandoval. Arrancamos con eso y luego hicimos un par de temas nuestros. Lo que salió está buenísimo, así que toda nuestra cabeza está puesta en eso.

–Fue un gran show el que dieron en diciembre en la Fiesta de la Cerveza. ¿Eso tiene que ver con el entendimiento que han conseguido como banda?

–DS: Hay un código en común después de tantos años de amistad y de escenario, y no sólo entre nosotros, sino con el resto de la banda. Somos todos cómplices. Cada uno cumple su función y todos ponemos todo encima del escenario. El show de la Fiesta de la Cerveza fue increíble. Yo me acuerdo de que me clavé un choripán antes del show. Y… estaba muy rico, pero no fue una buena idea. ¿A quíen se le ocurre?
–EH: Fue medio Pavarotti la idea (risas).

–¿Tiene que ver ese buen show que dieron con la decisión de cerrar la gira de Chances en Mendoza?
–EH: Es esa clase de coincidencias que dicen mucho. El otro día nuestro manager compartió una foto en la que estábamos en Mendoza de cuando hicimos el recital en el Le Parc, y ese fue un show que nos sorprendió mucho también. Fue muy fuerte para nosotros, y sirvió para potenciar lo que habíamos hecho en los ’90. En aquellos años tocamos en Mendoza: vinimos en la gira del Nuevo Rock Argentino y después tocamos en el estadio Pacífico, con un show muy recordado en el que se cortó la luz como cuatro veces y tuvimos que cantar Chaco a capella. Pero el show del Le Parc y el de la Fiesta de la Cerveza fueron muy buenos. Este último recuerdo que no lo queríamos hacer. Veníamos de una gira de México, una gira que nos sacó 10 días de concentración que nos habíamos propuesto para un show muy importante que queríamos dar en el Luna Park. Pero surgió la posibilidad de tocar en Godoy Cruz, que aunque era muy importante, era a dos días del show en el Luna Park. Era muy jugado, podía haber problemas con los vuelos y llegar muy sobre la hora. Pero fue un show increíble para nosotros también, con mucha energía. Es la energía que se nos cargó para llegar a Buenos Aires y hacer el toque en el Luna Park con todo. A veces las cosas salen muy bien.

–¿La idea es repetir en la plaza Independencia ese show o cada uno tiene su diferencia?
–DS: Hacemos una lista bastante similar de temas, pero cada show tiene su energía. Nosotros vemos a los shows como hacer el amor con la gente. Y necesitamos la respuesta del público para saber cómo seguir. Tenemos un mapa, pero también la cuestión se va moviendo según lo que está pasando. De eso depende de que el show sea mejor o no, más largo. Tenemos una manera de… hacer acabar a la gente (risas), para seguir con la temática sexual, pero hay shows en los que… uno no acaba. Hay ciudades que no tienen puntos erógenos…





Las chances después de Chances
La portada del (hasta ahora) último disco de estudio de IKV.

El proceso creativo de Dante y Emmanuel tiene sus misterios. O, más bien, es un halo romántico el que prefieren mantener sobre los procesos de composición, de arreglos, de interpretación y de grabación. El estudio se convierte así en un verdadero laboratorio sonoro en el que estallan las ideas y las estéticas y es allí donde se conforma el estilo musical de las canciones. Al menos, eso se desprende de lo que cuenta Horvilleur de cómo va la grabación del sucesor de Chances. 

–¿Saben qué dirección estética tendrá ese disco?

–EH: Hay muchas direcciones posibles. Para eso está el trabajo en estudio, para abrir caminos. Y a la vez aparecen muchos «subcaminos». Arrancamos con algunas canciones y nos dan ganas de hacer eso: traer ideas por separado y ver qué piensa el otro. El estudio es un lugar que da para muchas cosas. Tal vez se llega con una canción que uno concibió en soledad, de una manera, y al mostrársela al otro llega un aporte que lo cambia todo, o no, todo queda así, pero se confirma en el estudio. Musicalmente creo que Chances fue diferente a lo que habíamos hecho antes, y contenía la influencia de los primeros 10 años, y nos movimos a terrenos nuevos donde anduvimos muy cómodos. Creo que desde ese lugar, desde esa experimentación, y desde todo lo que se sumó a la banda con los shows y las giras, estamos en un muy buen lugar de partida para un nuevo disco.


lunes, 7 de julio de 2014

Cuando lo que importa es la historia

Pablo de Santis (a la derecha) con el autor de esta entrevista.

Entrevista a Pablo de Santis, a propósito del estreno de la película El inventor de juegos, basada en su novela homónima

por Fernando G. Toledo

La historia que se narra es engañosa: todo sucede bajo un halo de verosimilitud incontestable, pero lo que sucede es extraordinario. Que un niño se vea arrastrado por una historia en la que no se sabe si se está dentro de un gran engaño o en la mera vida es uno de los atractivos principales de El inventor de juegos, la novela de Pablo de Santis cuya versión para cine acaba de estrenarse esta semana.
El relato que muestra al niño Iván Dragó como ganador de un concurso de juegos que trastoca para siempre sus días es el que tomó el director Juan Pablo Buscarini para su película, una superproducción rodada en la Argentina pero destinada al público internacional.
Como parte de las rondas de prensa de la cinta, el director y el autor de la novela original, Pablo de Santis, estuvieron ayer en Mendoza.
De Santis, uno de los narradores más leídos y elogiados de la actualidad en nuestro país, dice haber imaginado y escrito la historia en un arrebato de inspiración. Hoy, conforme con la adaptación, se ve ocupado con algo mucho más trabajosa: una novela que tiene a la criptografía como centro.
Antes de la conferencia de prensa que dio en la sala Elina Alba, De Santis habló con Escenario y compartió su visión de la literatura.

–¿Qué sentiste en estos días, cuando viste la versión en cine de El inventor de juegos?
–Fue una alegría y una emoción. Estaba al tanto de que la filmación de la película venía muy bien y había visto unos trailers, pero ahora que la pude ver estoy muy contento. Conocía al director, Juan Pablo Buscarini, porque había visto El ratón Pérez, que me pareció una muy buena película. Y me convenció de que iba a poder hacer una buena adaptación para El inventor de juegos. Mis dudas con esta novela tenían para su paso al cine tenían que ver con los saltos de continuidad y de lugares. Pero Juan Pablo ha conseguido un relato nítido, muy claro y natural.

–¿No te parecía, igualmente, que tu historia parecía casi una invitación a su adaptación a la pantalla grande?
–La verdad que nunca la pensé en relación al cine hasta la propuesta de Juan Pablo. Alguna vez había pensado que mi novela La traducción sí podía llevarse al cine, pero El inventor de juegos requería una gran producción. Por suerte él se animó al proyecto.

–El libro ya tiene una segunda parte. ¿Cómo sigue la historia?
–El juego del laberinto transcurre cuando Zyl, la ciudad de fabricantes de El inventor de juegos, se convierte en un laberinto. Y allí Iván Dragó tiene que descifrar ese laberinto.

–Hablamos de laberinto y de tu obra, y es imposible no pensar en Borges...
–Desde todo punto de vista, Borges está presente. Por un lado, en la influencia que tuvo en mi prosa. Pero por otro, en su reivindicación de los géneros literarios, no como algo marginal, sino algo central en su literatura. Cuando nadie, ni siquiera en los Estados Unidos, reivindicaba los géneros en el mundo, él escribió la Introducción a la literatura inglesa, con un rescate de esos géneros. Eso se ve en sus cuentos, que son todo lo contrario a lo que mucha gente cree: son accesibles.

–¿Esa es también una lección que tomás de Borges?
–Sí. Y el hecho de poner el foco en que la historia es crucial, junto con el punto de vista, el foco que debe tener esa trama. Encontrar el tono es lo que cierra el círculo.

–¿Qué proyectos ocupan hoy en día tu creación?
–Acaba de salir un libro de cuentos, Trasnoches. Recopila relatos viejos y otros más recientes. Incluso uno del que ni yo tenía copia, pero que circulaba por internet. Así que... lo bajé. Y lo corregí, porque tenía errores. Por otra parte, estoy escribiendo desde hace años una novela cuyo tema es la criptografía. Transcurre entre los años ’70 y ’80 en la Argentina, y no sólo es muy compleja, sino distinta a otras que he escrito. Ya tuvo una versión 300 páginas, y terminé dejando sólo 70. Es un libro al que le tengo miedo por los temas que trata y se llama Las armas y las letras.


Fascinación por los juegos de mesa

La fascinante trama que narra las aventuras de Iván Dragó y su lucha contra el malvado Morodian ejerció un cimbronazo especial en el director de cine Juan Pablo Buscarini. El rosarino, que había rodado Cóndor Crux y El ratón Pérez se considera un gran lector de De Santis, y fue por eso que cuando leyó la novela El inventor de juegos se propuso de inmediato llevarla al cine.
Buscarini se confiesa gran seguidor del autor de El enigma de París, y considera a esta una de sus grandes historias. Por eso la ocasión era propicia para consultarle a De Santis cómo escribió este libro.

–¿Cómo fue el momento de creación de esta historia?
–Fue esa clase de historias que salen muy de pronto, como en un momento de inspiración. Hay libros que exigen más trabajo y cuesta encontrar las vueltas de la historia. En cambio el primer borrador de El inventor de juegos fue escrito muy rápido y con mucha felicidad. Estaba en un momento especial, parece. Después, por supuesto, vino toda la revisión, porque soy de corregir mucho.

–Uno de los puntos destacados de la historia es que el juego es el corazón de la novela. ¿Fue algo así como una premisa para la escritura?


–Sin dudas. Los juegos me gustaron siempre. No tanto para jugarlos, porque de niño recuerdo que prefería jugar con autitos y soldados. Los juegos de mesa como el Monopoly podían parecerme lo más aburrido del mundo. Sin embargo, ejercían en mí una especie de fascinación las piezas, los billetes, ese pequeño mundo que representan. Pero de alguna manera me cuesta también entenderlos. Recuerdo por ejemplo que uno de mis hijos jugaba con las cartas de Yu-Gi-Oh!, que a mí me parecían increíbles. No podía ser que las cartas costaran tan caras, y que un mazo (por dar un ejemplo) saliera 40 pesos, pero de pronto hubiera una sola carta de 200 pesos que fuera más fuerte que todas las demás. En cambio, en otros juegos de mesa me parece valioso lo que tienen de igualdad entre los oponentes, y la caballerosidad. En ese sentido, el ajedrez es perfecto. Yo podría sentarme con Gary Kasparov a jugar, aunque seguramente perdería (risas).

–Por lo que decís, Iván Dragó, el personaje principal, es lo contrario a vos... A propósito, ¿el nombre de dónde sale? Es un homónimo del villano de Rocky IV...
–Pero no tiene nada que ver. Salió por casualidad. Drago era el apellido de un profesor de matemáticas y también del autor de un libro de Historia con el que yo estudiaba en la secundaria. Después, la elección de Iván como nombre fue por una cuestión de sonoridad. Pero jamás pensé en ese personaje.