martes, 10 de mayo de 2022

La década narrada

Liliana Bodoc. Foto: Marcelo Aguilar

 

La mendocina Liliana Bodoc fue elegida por la Fundación Konex como una de las escritoras de la década. Planea un filme y está terminando su nueva novela.

por Fernando G. Toledo

La escritora mendocina que está dictando ese taller está a punto de hacer también una película. La que está frente a los futuros escritores acaba de ser galardonada como una de las plumas más relevantes en la literatura juvenil argentina de la última década. Ella, la escritora que habla, está por terminar su nueva novela. La escritora que comparte, más que impartir, los entresijos del laberinto de la escritura es también la autora de una saga épica equiparable a otra célebre: El señor de los anillos, de Tolkien. Y esa escritora, la misma que allí parada frente al grupo brinda su taller literario con humildad y la inocencia de quien siempre está buscando, habla ahora con nosotros, en un alto de su curso.

Liliana Bodoc, de ella se trata, está en Buenos Aires. El viernes abrió el I Encuentro Internacional de Literatura Fantástica, organizado por la Universidad de Buenos Aires. Pocos días antes, la Fundación Konex la galardonó con el diploma que la reconoce como una de las 100 escritora más importantes de la década. Diez años antes había recibido un premio análogo.

A la autora de La saga de los Confines los premios no dejan de causarle sorpresa. Orgullo también, por supuesto, pero ante todo esa sensación de maravilla ante lo que sucede con algo (su escritura) que provoca admiración y que para ella es un juego que siempre debe ser distinto.

–¿Qué sentiste al recibir el Premio Konex por segunda vez consecutiva?
–La verdad es que una vez más me sentí sorprendida. Me sorprendí hace 10 años por estar entre los escritores premiados por el diploma al mérito en la literatura juvenil. Y esta vez vuelvo a sorprenderme y a sentirme orgullosa por el jurado que da la distinción, que es vasto, enorme, diverso y con distintas posturas estéticas e ideológicas. Haber sido nominada es un orgullo.

–¿Te invitan estos premios a reflexionar sobre todo lo que tus libros provocan?
–Si tengo que buscar un porqué quizá tenga que ver con que verdaderamente mi intención ha sido siempre desafiarme a mí misma en la escritura. Desde La saga de los Confines hasta El perro del peregrino (N. de la R.: su última novela), he intentado arriesgar estéticamente, ya sea en el lenguaje hasta los géneros para abordar. Nunca quise quedarme quieta en el registro de la épica fantástica, por ejemplo, que es el que me hizo conocida.

–¿Esa búsqueda por algo nuevo se da en vos sólo como escritora o también como lectora?
–Yo como lectora soy muy abierta a diversos géneros y estilos. Lo mismo me pasa con la comida y la música. Con todo, excepto el fútbol: soy hincha de Colón de Santa Fe y eso no se cambia (risas). Y posiblemente eso pasó con mi escritura. Me gusta sentarme ante la máquina y decirme: “Voy a encarar un camino que no conozco”. Eso me llevó a tener novelas truncas, pero evita que me aburra. Porque uno se empieza a repetir y a agotar.  Escribir otra épica fantástica era impensable para mí hasta que pasaran muchos años.

–Pero esos libros dejaron una marca. De hecho, por algo abriste el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica...
–Sí, allí estuve en la apertura, en la Biblioteca Nacional, con Horacio González y con académicos de la UBA. Me alegra mucho que la academia haya tenido el gesto de arrimarse a la literatura fantástica de hoy. Porque hay  un nuevo género fantástico ligado a los géneros populares y está bueno que la academia se dedique al presente.

–¿Qué ves de especial en este género fantástico contemporáneo? ¿Que por él entran a la lectura muchos jóvenes, por ejemplo?
–Sí. Los lectores de este género son lectores nuevos. Y no sólo jóvenes. Sé de chicos que empezaron a leer mi saga, u otros libros de hoy, como Juego de tronos. A este género llega un lector más desprejuiciado, más puro.

–¿Qué te sucede al pensar que muchos se convirtieron en lectores al leer tus libros?
–Creo fervientemente en la responsabilidad del escritor. Sin que nos pongamos en un lugar de dictaminar moralmente nada. Tiene que ver con el convencimiento pleno de que la palabra crea o provoca realidad. Y escribir es generar realidad. Y eso da una inmensa responsabilidad. Yo concibo así al lenguaje literario. Y el escritor es más responsable en cuanto escribe para seres humanos en formación. Y digo “seres humanos”, no sólo “lectores”. Entonces, cuando una docente me dice que su alumno que no leía nada y ahora lee por La saga de los Confines eso representa una responsabilidad enorme. Yo entiendo que luego de la saga... va a pasar a algún libro más importante. Pero creo que por eso, en esa historia ficcional yo debo transmitir otros valores que sean importantes. En el caso puntual de esos libros aparece el hecho de valorarnos como continente, de rescatar el valor de una cultura existente...

–Estás ahora dictando un taller literario, y éstos son con frecuencia tema de debate sobre preguntas como: “¿Sirven o no sirven?” o “¿forman o no a escritores?”. ¿Cómo son tus talleres?
–Como docente soy caótica e irracional. En mis talleres no se trata de hablar de los tipos de narradores, de los puntos de vista o esas cosas. Se trata de entrar en la cocina emocional de la literatura. Se trata de ponerlos a  escribir sobre algo que no eligieron, instalarlos en la incomodidad de la escritura. Eso provoca una cosa más intuitiva, visceral. Siento que estos talleres literarios pueden servir solamente para avivar un fuego en  decadencia, avivar cenizas que por mil razones se han apagado. Por eso yo me centro más en la emoción que en la técnica.

–Además de participar en el encuentro de literatura fantástica y de tus talleres, ¿qué otros proyectos te ocupan en estos días?
–Hay cosas muy importantes. Sobre una en particular no puedo decir mucho. Pero se trata de un proyecto que me apasiona, y tiene que ver con una película. Voy a trabajar en sociedad con alguien, y apenas se concrete esa sociedad se dará a conocer...

–¿Tiene que ver con el postergado proyecto de llevar La saga de los confines al cine?
–No. Sobre ese proyecto no hay novedades. Es algo nuevo.

–¿Y el libro que nos contaste que estabas escribiendo?
–Me está costando mucho escribir este año. Voy a participar en un documental de la TDA, para cuatro capítulos en la laguna de Guanacache con la comunidad huarpe. Yo voy a hacer el personaje que recorre el lugar. Eso  más los viajes y otros trabajos laterales me han apartado bastante de la escritura. Pero hay una novela que está por cerrarse: se llama Amazonas Retiro. En unos meses espero terminarla. 

Publicada en Diario Uno de Mendoza el 11 de mayo de 2014

jueves, 25 de noviembre de 2021

El héroe perfecto




Corazón valiente (Braveheart), EE.UU. 1994. Dirección: Mel Gibson. Producción: Mel Gibson, Alan Ladd Jr. y Bruce Davey. Guión: Randall Wallace. Fotografía: John Toll Asc. Diseño de producción: Tom Sanders. Música: James Horner. Intérpretes: Mel Gibson, Sophie Marceau, Patrick McGoohan, y elenco.

por Fernando G. Toledo

Con Corazón valiente prepárense para ver de todo: lo épico y lo romántico, lo sangriento y y lo dramático, lo histórico y lo mítico, lo vertiginoso y lo quieto... Y el que quiera, puede perder de nuevo la partida ante Mel Gibson. Si ya este hombre había sorprendido con la dirección de El hombre sin rostro, lo hará de nuevo, pero esta vez con las dimensiones que un drama de estas características puede tener. De nada servirá que uno vaya, preparado, con los pantalones mejor ajustados: en la escena más difícil, las faldas de estos escoceses pueden echar por tierra cualquier descalificación tajante y hasta arrancar del más escéptico un “ta’ bien”.

Braveheart (según su título original) da cuenta de que el australiano es valiente también fuera de sus papeles. Encarar una producción de estas características, realizarla muy dignamente y además brindarles un pronóstico favorable a los dramas épicos –similar al que les llegó a los westerns después de Danza con lobos y Los imperdonables– no es poco para un actor por el que pocos apostaban en estos rumbos.

El guionista Randall Wallace (sin parentescos con el valiente) rescata la leyenda a un héroe escocés de de los siglos XIII y XVI, que luchó contra el rey Eduardo Zanquilargo por la libertad de Escocia. De William Wallace se conservó en la memoria un héroe impecable y en eso se inspira el filme. Por tal caso, las debilidades tienen alicientes: los flancos –el principio y el fin de la vida de Wallace– se muestran un tanto lustraditos y, lo peor, previsibles (sin embargo, la la leyenda hubiera sido más traicionada con una exploración menos impecable del héroe); el tratamiento hacia hacia algunos personajes es bastante irrespetuoso y Gibson –con algunas ideas chapadas a la antigua– peca de prejuicioso (sin embargo, seguramente el trato a los homosexuales de la época no distaba mucho de éste, a pesar de que esta excusa se contradiga con la excusa anterior), y así. Por todo eso, a la vez, los puntos fuertes son el nervio de la película. Las pizcas de humor, la mejor actuación recostada sobre el más malvado, la demás coyunturas son impecables. 

Y lo mejor poco puede decirse de las batallas escoceses versus ingleses que no suene a poco ante la espectacularidad de como se muestran. Ayudado por el cinemascope, Mel Gibson consigue imágenes, acción y suspenso estremecedores. Presenciar estas escenas es como meterse en el medio justito del de las lanzas, y esto que choque de las sirva de advertencia para los que se impresionan fácilmente, porque la butaca del cine puede correr peligro.

Wallace es el héroe perfecto: enamorado, y fiel, y amante de la libertad (concepto un tanto moderno para poner ponerlo en boca de un personaje tan antiguo, pero en fin...). Es un héroe al que sólo la deshonestidad, en sus múltiples formas, puede vencerlo. porque en en su cabeza o en su corazón tal deshonestidad no cabe. Es un héroe buenísimo, bah. Y cuidado con él, prevenidos y prejuiciosos. Que desde allá arriba, en la pantalla y de la mano de Mel Gibson, el escocés puede hacerle jugar una mala pasada a nuestro escepticismo si no sabemos apreciar sus triunfos.


Publicada en Diario Uno el 10 de septiembre de 1995

sábado, 9 de octubre de 2021

Al arrullo de Jon Anderson


 

El talentoso músico se presentó el domingo en el Teatro Plaza de Godoy Cruz. La voz de Yes cantó canciones de sus 50 años de trayectoria.

por Fernando G. Toledo

Se puede comenzar de manera convencional esta reseña y decir, por ejemplo: «Jon Anderson ofreció un concierto rebosante de belleza el domingo, en su primera presentación en Mendoza». Recordar que fue una actuación en solitario, con la sola compañía de unas guitarras, un ukelele, un extraño instrumento chino y un teclado. Poner al margen que se completó así el círculo de Yes, tras la actuación de la banda, sin su voz, en 2010. Dar cuenta de que Jon Anderson está pleno aun cuando sobrevivió a un ataque de asma que lo puso en 2008 al borde de la muerte.

Pero no. Un recital como el del domingo, en el teatro Plaza de Godoy Cruz, merece otra cosa, porque el de Jon Anderson no fue un recital convencional. Fue algo tan íntimo y cercano que pareció que nos hablaba en la cara, a cada uno de los 700 allí presentes. Así que lo menos que merece es que le hablemos a él.

Y lo que hiciste, entonces, Jon, no fue visitar por primera vez «the city of trees» («la ciudad de los árboles»), como le llamaste a Mendoza. Lo que hiciste fue invitarnos al living de tu casa, una casa imaginaria pero allí visible. Y en el living de su casa uno no tiene la parafernalia propia de una banda de rock paradigmática, como Yes por ejemplo. Uno tiene unas guitarras, quizá un ukelele y algún extraño instrumento chino recolectado en tantos viajes (una especie de guitarra reducida de tres cuerdas) y, a lo sumo, un teclado. Y tiene la voz, tu voz Jon, que no es una voz cualquiera, sino esa voz que, de existir los ángeles, envidiarían tu garganta.

Y empezaste a cantarnos. A cantarnos esas canciones que ya no tienen tiempo y por eso no tiene sentido ordenarlas por antigüedad. Da lo mismo si es Your is no Disgrace Sweet Dreams de Yes, o One love de ¡Bob Marley! Importa poco si luego, con un instrumento chino del que ya has olvidado el nombre, repasaste Flight of the Moorglade, de tu primer disco solista.

Sabemos que no estás para virtuosismos instrumentales. Que estás en tu casa, claro, y las canciones van saliendo con la compañía de modestos rasguidos y, sin embargo, esto provoca un efecto por todos bienvenido: que tu voz llena todo el aire que nos rodea, tu voz, que sigue tan perfecta como hace 10, 20, 30, 40 o, sí, 50 años. Tu voz que parece un trino, un arpa, un gorjeo, algo que nos cuesta creer que sea posible.

También nos parece que así, con este concierto íntimo y desenchufado, nos estás permitiendo asistir a algo más. Podemos oír, como en un descubrimiento, cómo nacieron esas canciones maravillosas y complejas que llenaron algunos de los mejores álbumes de Yes. Nacieron así, con ese tarareo, sin florilegios ni grandes arreglos, sino como melodías que iban saliendo por tu garganta.

Pero también hay un obsequio de tu parte, y es tu humor. Se muestra a pleno cuando, al presentarnos una de las canciones que grabaste en tu disco a dúo con Vangelis (Find my way home), nos recordás sobre el músico griego que es aquel que compuso Carrozas de fuego, e hizo mucho dinero con eso… y que cuando había que convencerlo para que fuera a un programa de TV simplemente bastaba con recordarle que había dinero de por medio.

Qué bueno que en este living imaginario, Jon, sea posible que incluso los más exigentes seguidores de tu carrera, que siempre miraron con desconfianza la etapa comercial de la banda, canten, sin embargo, ya desenfadados o hechizados por tu voz, el tema emblemático de esa etapa: Owner of a Lonely Heart. Claro que, como viene rodeado de Starship Trooper o America (de Paul Simon, y que ya habías grabado con Yes), es difícil poner reparos.

Tampoco hay reparos cuando vas al piano, Jon. Estás muy lejos de tu amigo Rick Wakeman, claro, pero no te importa: «Sólo toco con las teclas blancas… es más fácil», bromeás, y nada importa porque, justo allí, empiezan a sonar las obras maestras de tu etapa con Yes: Close to the Edge (¡nada menos!), Heart of the Sunrise o The Revealing Science of God, mezcladas con Marry me again.

Y al final, Jon, qué podemos decir, si, ukelele en mano, vienen You got the light, Nous sommes du soleil o tu versión de A day in the life, de Los Beatles. Y, a propósito de esto, llegan tus anécdotas sobre tu inserción en la música, sobre Robert Plant y Joe Cocker, y tu homenaje a esos momentos con tu canción Tony and me, y el tributo a Lennon que combina su Give peace a chance y tu Your move.

En fin, Jon Anderson, toda esa seguidilla final soñada (Soon, Roundabout, I’ve seen all good people, Wondrous Stories), no hace más que decirnos a nosotros mismos que, ciertamente, es poco lo que un aplauso puede devolverte. Cuando, a poco de cantar Give love each day has dicho que «dar es estar vivo», nos has dejado sin palabras. Nos has dado canciones magníficas. Jon, y nos las has cantado al oído. Recibir también es estar vivo, Jon, más vivo si es al arrullo de tu voz. Así que gracias. Gracias por darnos tu música.

lunes, 28 de octubre de 2019

La memoria



© Fernando G. Toledo

Bastaría una memoria doble, una buena memoria, al menos. Por esos tiempos (abril del 87), el rock argentino estalló por toda Latinoamérica. Había pasado el tiempo de aprender a ponerse de pie, el Proceso se iba olvidando y por febrero de 1985 un grupo llamado Miguel Mateos/Zas saca un disco y se vende unas 400 mil copias del álbum titulado (¿recuerdan?) Rockas vivas. Era increíble: todo el mundo tenía un ejemplar en casa.
El grupo se paseó por todo el país, llenando estadios, teatros y cuanto se le pusiera por delante. Fue considerado el mejor grupo del año y Mateos acrecentó el prestigio que se venía ganando. Al año siguiente Zas grabó su álbum más pretencioso. Pero ese muy buen material lo haría enterrarse por mucho tiempo para el público argentino que, un año antes, lo había idolatrado como a un Charly cualquiera.
Fue en la gira de Solos en América, tal el nombre del disco, cuando vinieron a Mendoza y fueron interceptados por Milena Rodríguez, Andrea Catalano, Sergio Pulido, Pablo Rossignoli y Néstor Nardella, para su programa Tiempo libre en la vieja Emisora del Sol de la calle Emilio Civit. Hubo dos presentaciones: una en Rodeo del Medio y la otra en el Estadio Pacífico. Lleno total, bombachitas mojadas, euforia a discreción, una fanática que se subió al escenario e hizo perder los acordes de Un gato en la ciudad a Miguel Mateos eran síntomas de un momento que el grupo jamás volvería a alcanzar.
Muchos se dedicarían después a hundir a Mateos, criticando sus pretensiones, sus discos tan diferentes, de una manera (ahora que se lo ve de lejos) casi inexplicable. Muchos se dedicarían, sobre todo, a olvidarlo.
Por eso haría falta una memoria doble, una buena memoria. Que recordara quién fue el que abrió las puertas al rock argento hacia el resto de Latinoamérica, que recordara esos momentos de Rockas vivas, que se animara a escuchar un poco de los discos que le siguieron a ese (de Zas y de Mateos como solista), que supiera reconocer la grandeza de los espectáculos de Miguel Mateos/Zas. Una buena memoria.

Publicado en el suplemento Zapping, Diario Uno, el 16 de junio de 1994.

sábado, 21 de mayo de 2016

Se llamaba Erik Satie, como todo el mundo


Mr. Satie at the piano, por Nick Cudworth
Un dandy francés borró los límites entre la genialidad y la locura, y compuso “la música del futuro”.


El hombre, elegante y circunspecto, llegó al cabaret Le Chat Noir como un cónsul a una embajada. Aspiraba a convertirse en músico del lugar, pero presentarse como “pianista” era explicar muy poco. Así que estrechó la mano al dueño del lugar y dijo de sí mismo: “Soy Erik Satie, gimnopedista”. “Es en verdad una hermosa profesión, mi señor”, respondió el propietario, con pareja gravedad.

Satie había nacido en Honfleur en 1866 y las primeras piezas para piano que de él se conocen las escribió a los 18 años. Por entonces ya era un personaje extravagante y curioso, inclasificable para cualquiera que deseara trazar el límite entre la genialidad y la locura. Llamarse a sí mismo “gimnopedista” –en alusión a sus tres composiciones para piano más famosas: las Gymnopédies–, era casi un gesto de recato para quien supo escribir obras que se adelantaron en casi un siglo a la música minimalista, obras que titulaba con nombres ridículos, que provocaron funciones escandalosas –con sillazos y golpes de puño entre asistentes defensores y detractores– o que, simplemente, provocan el mismo efecto de la hipnosis a poco de escuchar cualquiera de ellas.

Si uno lo piensa bien, no hay nada en la vida de Satie que haya sido una pose. Vivió del mismo modo que compuso las inolvidables Gnossiennes, sus tres ballets, sus canciones. Pero nos falta saber si fue así porque estaba convencido de esa identificación entre el arte y la vida o sólo porque no podía hacer otra cosa.




Satie fue un dandy en la París de los dandies con el fin de burlarse de todos ellos. Por eso mismo es que ante la alta sociedad y la crítica oficial no pasaba de ser un pianista de cabaret, pero para quienes podían avizorar que él estaba escribiendo la música del futuro, sus gestos y su andar eran sencillamente anacrónicos, es decir, también adelantados a su época. Así que a nadie podía extrañar que de pronto, este ironista y enemigo de las instituciones, se dijera miembro de una sociedad secreta (los Rosa Cruz), o que le propusiera matrimonio a la única mujer que amó, o de golpe ingresara a estudiar a un Conservatorio cuando eran los académicos quienes lo despreciaban.
Autorretrato.

Mientras sus colegas Debussy, Ravel, Auric, Honegger o Milhaud se rendían a sus pies; mientras pintores como Picasso y Picabia o escritores como Jean Cocteau lo alababan públicamente, Satie no dejaba ni de componer ni de observar todo con cierta condescendencia. Aunque está claro que no era insensible: cuando el crítico Jean Poueigh denostó el ballet Parade, nuestro compositor le devolvió la gentileza con una postal que decía: “Señor, usted sólo es un culo; pero un culo sin música”. No es díficil comprender que a Poueigh le haya parecido inadmisible escuchar que, en ese ballet, Satie le agregaba a la orquesta convencional cosas tan extrañas como un revólver disparado en escena, una máquina de escribir, dos bocinas de barco o botellas llenas de agua…

El misterio y la excentricidad acompañaron a Satie como su galera o sus frases sorprendentes. Cocteau contaba que recibía, tarde a tarde, la visita del músico, quien se quedaba siempre con su abrigo puesto “los guantes, el sombrero inclinado sobre sus anteojos, y con el paraguas siempre en la mano”.

Pero hubo un lugar común del que no pudo escapar el gimnopedista Satie, y fue de la muerte. Así, el 1 de julio de 1925 su cuerpo, al que poco atendía más que en su aspecto exterior, se rindió ante el alcohol y la escualidez. Fue en ese momento que sus amigos entraron, por primera vez, al minúsculo departamento que ocupaba desde hacía casi 30 años en Ancueil. Lo que encontraron fue propio de Satie, sorprendente y misterioso como él: polvo, mucho polvo; pilas de partituras con obras inéditas; cartas que jamás abrió; dos pianos unidos por las pedaleras y apenas usados; 100 paraguas; 20 trajes verdes; dibujos de seres y lugares imaginarios y unos cuatro mil rectángulos de papel recortados cuidadosamente. Y en uno de ellos, la siguiente frase: “Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”.




jueves, 23 de julio de 2015

La roja estocada de King Crimson


© Fernando G. Toledo 

King Crimson ya era una banda mayúscula cuando, en 1974, Red salió a la calle. Con su debut (In The Court Of Crimson King), el grupo londinense se había ganado un lugar en la inmortalidad, pero sus aportes continuaron con una seguidilla impresionante de piezas maestras.

Versátil como pocos, el guitarrista Robert Fripp (alma máter del grupo) soportó el recambio constante de las formaciones y ahora tenía a su lado al cantante y bajista John Wetton y al ex baterista de Yes Bill Bruford, quienes junto al violinista David Cross y ocasionales invitados habían grabado dos placas fundamentales como Lark’s Tongues In Aspic y Starless and Bible Black. Pero de pronto, y mientras más afiatada sonaba esta formación, Fripp se decide a dar un golpe de timón: reduce el grupo a un power-trío, pone a Cross como convidado y convoca a algunos músicos de discos anteriores para dar una estocada última antes de disolver el grupo. El final no sería tal, claro (seis años más tardes, King Crimson volvió al ruedo), pero Red acabó siendo un disco extraordinario, con cinco composiciones que engalanaron una discografía admirable y que todavía hoy encandila con su brillo.

Repasar el disco en palabras es una delicia y, a la vez, una injusticia. Pero el esfuerzo vale la pena. El instrumental Red abre el fuego, y para hacer honor al color, resulta una pista «incendiaria»: hay algo de bramido en la guitarra de Fripp, en el bajo de Wetton. Hay color y potencia en la batería múltiple de Bruford, y hasta en los violines que multiplica el ronco Mellotron (¿a cargo de David Cross?). Que algunos vean aquí algo del grunge que 20 años más tarde llevaría a la fama a los grupos de Seattle no es extraño si se atiende exclusivamente a esa potencia sonora que Red despliega, pero hay que decir que aquí no hay gestos ni muecas, no hay bravuconadas. Hay sólo genio.

Después de tanta intensidad, Fallen Angel (que amenaza en el preludio a seguir la posta del tema antecedente), ofrece un cálido reposo. Se trata de una balada más cercana a las de Lark’s Tongues… También acá Wetton se deja ver no sólo como un cantante vigoroso y dotado, sino también como un sutil ejecutante del bajo. La banda recupera en esta canción los vientos de Ian McDonald y Mel Collins, dos «ex» . Sus saxos, más el oboe de Robin Miller (y al final, la trompeta de Marc Charig) se ubican por detrás de la voz del cantante, en ocasiones, y del solo de Fripp en otras, pero recrean una pared melódica que le da peso específico a un tema cuya lírica de Palmer-James (mucho menos inspirada que la de Peter Sinfield, el letrista anterior) le canta a un pandillero de Nueva York.

One More Red Nightmare reedita el furor de la primera pista. Ritmo, unas bases endemoniadas y una penetrante guitarra eléctrica hacen de ésta una canción imposible de desatender. Pero lo que tiene de sensual no hace mella en su riqueza interna. En el intermezzo, por ejemplo propone un rico punteo de guitarra que el saxo de Collins sazona con pasión.

Providence continúa la línea del tema Lark’s Tongues In Aspic Part 1 y, también, la pertenencia de la música crimsoniana al universo de la música culta. Siguiendo cierto expresionismo propio de Stravinsky, Bartók y con algo de la atonalidad de Schönberg, este tema (que no desecha la improvisación) no se parece en nada al resto de los títulos. Comienza con el violín de David Cross que va y viene, mientras invita al resto de los instrumentos (bajo, saxos, batería, teclados y guitarras) a sumarse a la juerga. Son ocho minutos notables y desafiantes, que bien podrían estar firmados por un Luigi Nono o un György Kurtág, por nombrar sólo a dos compositores destacados del siglo anterior.

Luego, el final del disco termina siendo apoteótico: Starless, quizá la más bella de las canciones de Crimson, podría ser una simple balada. Comienza con un misterioso tapizado de Mellotron sobre el que Fripp pone de inmediato la melodía principal con su guitarra mágica. Pero luego de que Wetton, Fripp desarrollan el tema viene un impresionante crescendo que da cabida a todos los instrumentistas del álbum, en cuatro minutos magníficos tanto melódica como interpretativamente. Tras el vendaval, el reposo baladístico retorna y se repite, como se repite la frase del estribillo que alude al título del álbum precedente del grupo, «Starless and Bible Black».

Si Starless clausura tanto el álbum como esta formación legendaria de King Crimson, es por contrapartida mucho más lo que se abre después de este disco. Es que Red caló hondo en las bandas progresivas y en el rock todo, y resultó germen para numerosos grupos cuya enumeración demandaría más que una simple página. Si el disco fue considerado en los ’70 una pieza maestra, hoy no les menos. El tiempo en este caso le ha agregado dos virtudes: a 30 años de su edición, Red suena todavía actual, y además, imprescindible.

Publicado en la columna Oído fino, en Diario Uno de Mendoza (2005)



viernes, 3 de julio de 2015

Por las arenas de una obra genial


Por Fernando G. Toledo

En 1965 el estadounidense Frank J. Herbert, periodista, fotógrafo en la Segunda Guerra Mundial y estudiante irregular en algunas clases de literatura universitaria, publica la novela Dune.
La carrera literaria de este autor era incipiente: unos pocos relatos sueltos y una novela psicológica, The dragon in the sea (1956), que originalmente había aparecido por entregas en la revista Astounding.

Pero la edición de Dune –primero en dos partes y luego como novela integral– cambiaría no sólo la vida del propio Herbert, por el éxito comercial y la catarata de premios que le representó: también iba a torcer el rumbo de la literatura de este género. Tanto que hoy en día se la puede considerar, sin ambages, como la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos.

Dune se parece a algunas obras maestras del género y, al mismo tiempo, es distinta y original. Revisa tópicos de la ciencia ficción, pero también los expande con un trazado magnífico, el de la pluma de Herbert, que aún hoy asombra.

No es el único mérito de Dune el ofrecer una historia notable, aunque la tenga. El argumento apenas puede ser enunciado, pero difícilmente hacerle honor con un resumen. Un intento podría decir que el libro se ubica en un futuro lejano (unos dos mil siglos adelante), y nos muestra el momento en que la raza humana se ha dispersado por el cosmos.

El duque Leto Atreides, enviado por el emperador Shaddam IV, llega a tomar posesión de Arrakis, también conocido como Dune: un planeta desértico y hostil, donde el agua es exigua, pero que cuenta con el bien más preciado del universo: la «especia», algo así como una droga que se utiliza para múltiples fines, entre ellos para «expandir la conciencia». Pero Leto es traicionado por el imperio y por el barón Harkonnen, Y es asesinado.

Paul, el joven hijo de Leto, es quien debe encargarse entonces de vengar a su padre y tomar posesión del gobierno. Pero Paul no es un hombre común: es hijo de una Bene Gesserit (una bruja), y las profecías de Arrakis indican que es el mesías que los salvará y le permitirá al planeta cumplir el viejo sueño de tener agua fluyendo por sus tierras.

Con un ritmo narrativo inclaudicable, Herbert nos lleva a atravesar la complejidad del universo que ha pensado para lo que iba a terminar siendo una larga saga. Mas, no contento con las situaciones, las acciones, los conflictos y la elaboración de personajes, el autor traza además una galería apabullante de maquinarias, castas, tradiciones, lenguas, instrumentos musicales, sistemas ecológicos, criaturas y religiones que parecen abrirse página a página como un juego de cajas chinas.

Ese diseño de un universo propio (que tiene ganado el mote de «Universo Dune») es el que soporta las reflexiones que mueven a Herbert a escribir esta obra maestra.
Francesca Annis, Kyle McLachlan y Frank Herbert.
La primera tiene que ver con su preocupación ecológica. En Arrakis, la falta de agua y, al mismo tiempo, la abundancia de especia juegan una sutil paradoja: el agua es para los nativos de Dune –los Fremen, un juego de palabras que se traduciría como «los libres»– es lo más valioso que puedan imaginar, pero al mismo tiempo son los gusanos gigantes que sólo existen en ese planeta los que producen la preciada especia. Cómo se gana o se cede poder a partir de esa dialéctica mueve buena parte de los hilos de los personajes.

Pero, por otra parte, la indagación sobre el poder fanático de las religiones, y sobre el peligro de contar con un «mesías», o un «superhéroe» también preocupa a Herbert, quien ve –como lo vislumbra el propio protagonista, Paul–, que cuando la humanidad cuenta con un ser superior, la yijad (guerra santa) es inevitable.

Las páginas de Dune llevan al lector a imbuirse de esa arquitectura portentosa diseñada por Herbert, capítulo a capítulo (mientras un paratexto, las poéticas citas de diversos textos imaginarios, nos introduce a cada uno de ellos), hasta tal extremo que los lectores parecen tomar en sus ojos el color azulino de los Fremen, el color característico del consumo frecuente de especia. En cierto modo así es: Dune es una sustancia hecha de palabras que, también, modifica nuestra conciencia.