domingo, 29 de noviembre de 2009

La invasión de las «antojolías»

“Detesto las antologías” dice, con cierto énfasis, un amigo poeta. Su aversión tiene muchos modos: detesta leerlas, lo que representan y lo que aportan. Pero son, piensa, un “mal necesario” y por ello su aborrecimiento recrudece.

El sentimiento de este amigo ha aflorado últimamente. Y es que este año, después de una larga sequía, han aparecido cuatro antologías de poesía mendocina, una verdadera anomalía editorial que vale la pena analizar y que permite de a ratos contradecir y de a ratos acompañar a este escritor en el parecer.

Antes de avanzar en el breve análisis de estos cuatro volúmenes, hay que hacer una advertencia: quien esto escribe está incluido, como poeta, en dos de ellas. Y en una más aparece como “consejero editorial”, cargo que en realidad ha consistido en aportarle al verdadero antologador panoramas, nombres y estéticas de la lírica viva de hoy en Mendoza, habida cuenta de su experiencia como editor. Hecho el “blanqueo”, venga también una promesa de imparcialidad en los comentarios.

Las dos primeras antologías son sólo de poesía, mientras que las otras dos combinan la lírica con la narrativa y algo más.

La ruptura del silencio, subtitulado “Poesía mendocina contemporánea”, es un libro de 197 páginas coordinado por Diana Starkman, apasionada por la poesía local e impulsora de diversos ciclos que desde la DGE se realizaron en las últimas ferias del libro. Dicho volumen, que se distribuirá gratuitamente en las escuelas, tiene un afán de inventario y pretende ser útil para los docentes. La impresión y el diseño son modestos. Lo que importa es lo de adentro, se dirá. Y allí lo que parece faltar es un criterio: 27 poetas entre incipientes y consagrados comparten páginas desiguales (algunos ocupan muchas, otros pocas). Esa “amplitud” juega en contra y acentúa ausencias: Silanes, González, Villalba o Marta Miranda.

Promiscuos & Promisorios (ed. Luna Roja), en ese sentido, gana en el círculo preciso que traza. Dionisio Salas Astorga ha seleccionado a 14 poetas nacidos “entre el ’60 y el ’79”, y si bien despista un poco la variedad, el antologador se hace cargo de la elección con un gran prólogo, que describe el paisaje de autores que recorre, relaciona el presente con el pasado y se parapeta mirando al futuro. El reparto de páginas es equilibrada y el diseño es a la vez sobrio y con buen gusto, amén de algunos recursos que sacrifican claridad por estética.

Las otras dos son antologías de la “mezcolanza”, como si ya por su naturaleza estas compilaciones no lo fueran.
Policronías II repite la experiencia de 2007, en que el departamento de Las Heras reunió poetas de su departamento. Se combinan aquí poemas con relatos y hasta con reproducciones de pinturas de artistas lasherinos. El nivel es desparejo (hay muchos incipientes y se nota) y no se explica más que por “figuritismo” que el antologador, Fernando Flores, aparezca de nuevo entre los antologados.

Desertikón, finalmente, tiene una “pata bonaerense”, ya que aparece por el sello Eloísa Cartonera, fundado por Washington Cucurto y elaborado, a medias, con material juntado por cartoneros. Acá, el mejunje de 25 narradores y poetas se atenúa por un afán de reunir cierta estética (difusa), pero se arruina con la presencia de ¡seis! prólogos, la mayoría rimbombantes y vacuos (excepción hecha por el de Leonardo Pedra, claro y conciso, y algunas líneas del de Zangrandi).

Sorprende que justamente se predique en estos prólogos el atender a las “literaturas marginales”, a “una literatura otra” o un “margen” (propio de Eloísa), y en los prólogos abunden el artificio y las acusaciones enunciadas y no fundamentadas (sea contra “las políticas culturales”, la SADE, la Facultad de Filosofía y los medios: da lo mismo), junto a la construcción de una paradoja: el lamento por su “otredad” no se justifica desde el momento en que si esa antología recoge algunas voces y no otras, provoca el mismo efecto que dice combatir.

Así, entre el debe y el haber, ¿qué queda de estas antologías? Al parecer, un retrato impreciso, monstruoso y bello como un cuadro de Francis Bacon, que deja constancia de que la escritura, sobre todo poética, está lejos de secarse en este desierto silencioso. Y ni los “antojos” de los antologadores (“una antología es una antojolía”, opinaba Juan Ramón Jiménez) harán algo en contra o a favor de ese lápiz que justo ahora, quizá, comienza a llenar el papel con el flaco alimento de un verso.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Las pérdidas de la feria


Pasaron cinco días del cierre de la Feria del Libro y parece momento propicio para hacer un balance fuera del que, por razones de perspectiva, obediencia y, por qué no, convicción, ha hecho la propia Secretaría de Cultura de Mendoza.
Para los organizadores del encuentro, la feria fue, por todo lo alto, «un gran éxito». El músico Claudio Brachetta, coordinador de actividades artísticas, se puso al hombro este año la fiesta intentando volcar toda su experiencia en este evento que siempre está puesto a prueba.
La fiesta ofreció, en términos teóricos, algunas confirmaciones y algunas novedades, ambas en la línea de explotar lo más interesante que pueda tener una actividad como ésta, que en Mendoza no tiene las mismas directrices que la Feria del Libro de Buenos Aires, pues la capitalina es un buen negocio y ésta, a veces, una obligación.
Por eso es que Cultura repitió el predio múltiple para realizar la feria (ECA, plaza San Martín, edificio de la Secretaría), desechando opciones nuevas o fallidos intentos anteriores (Terminal del Sol, plaza Independencia, auditorio Bustelo). La privilegiada ubicación céntrica de la plaza parece que resulta un ámbito más accesible para el público, al menos en cuanto a lo que opinan los libreros.

¿Feria o librería?
Pero es justamente el papel de los libreros el que sigue «chirriando» en las ferias locales. Y esto porque cuando se habla de Feria del libro el acceso (la compra) de volúmenes es, por consenso, la excusa principal para estos encuentros.
Pero los stands que se ven ya desde el año pasado son escasos, tienen poquísimo atractivo (parecen de feria persa más que de feria del libro) y lo que uno encuentra allí no difiere de lo que está cuadras más allá, en los locales de las librerías, sea por títulos, sea por precios. Es así que la planta baja del ECA, que cobija a las librerías locales y a alguna que otra editorial de Mendoza, acababa siendo lo más anodino, cosa que de una vez se vio reflejado en el desinterés de los mendocinos por dejarse llevar por la apariencia.

Biblioferia
Mucho mejor lució esta vez el primer piso del ECA, con editoriales universitarias, otras venidas de algunas provincias (se destacó Audiolibros) y algunas peculiaridades que justifican su aparición en un evento así. En la misma línea de logros puede ubicarse a las bibliotecas instaladas en la Secretaría de Cultura, un modo de permitir que el público lea libros sin siquiera comprarlos.

Cuesta abajo
El espacio Indygentes (subsuelo del ECA), por su parte, no pudo mejorar: ofreció una vez más algunos de los stands y de los eventos más atractivos, pero no obstante ello, el propio espacio al que está destinado conspiró contra muchísimo público al que el clima irrespirable de un lugar caluroso y sin ventilación le resultaba insoportable.
El último tramo de este balance ha de estar destinado a las presentaciones de libros y charlas varias. Allí hay mucha madera para tallar. Por un lado, y a priori, el grupo de escritores invitados era modesto pero atractivo. Por otro, las presentaciones y actividades en general eran muchas y algunas también atractivas, aunque no siempre para el público. No todas las charlas o presentaciones pueden interesar por igual.
Pero lo que resulta increíble es lo que sucedió con Vicente Battista. El gran narrador argentino (que integró el grupo de invitados junto a, entre otros, Ana María Shua, Santiago Vega y Eduardo Sacheri) no sólo no pudo dar su charla, sino que jamás fue contactado en Mendoza excepto cuando se lo alojó en el hotel (y casi no, porque cuando arribó a él estaba mal hecha la reserva).
Fue así que Battista llegó a dar su charla, en lugar y hora pactadas (a las que llegó por que se las arregló, no porque Cultura estuviera al tanto de si le hacía falta algo) y delante de sus narices le cerraron la carpa y se fueron los encargados.

En limpio
Con este caso como testigo, vienen las preguntas: ¿para qué se le pagó a Battista el viaje en avión, el alojamiento, y el caché de 1.000 pesos si ni siquiera les iba a interesar que cumpliera con su charla? ¿Era sólo para hacerlo figurar? ¿Es así como los encargados de la feria rinden ante sus superiores la tarea realizada? ¿Y qué pasó con los escritores locales, a los se anunció que «algo» se les iba a pagar pero aún no ven ni un peso? 
En fin, las respuestas a esas preguntas son las deudas puntuales de la Feria del Libro 2009. Pero el trasfondo de ellas (la irresponsabilidad, la superficialidad, la desidia) son más que deudas, pérdidas.

Fernando G. Toledo

domingo, 11 de octubre de 2009

La cultura, ¿sobre ruedas?

Es común que ámbitos construidos para ciertos eventos acaben utilizados para otros de naturaleza diferente. Hay un caso a mano: anoche Ricardo Arjona llenó el estadio Malvinas Argentinas, un sitio construido para albergar los más importantes cotejos futbolísticos de la provincia.
Pero si bien eso ya no es novedad, y sólo ocasionalmente (cuando se arruina el pasto del campo, sobre todo) genera conflictos, lo visto el lunes pasado en el teatro Independencia sí sorprendió yespantó a muchos.
Y es que la bella «sala mayor» oficial fue usada para la presentación de un automóvil, el Chevrolet Agile, a cargo de la firma fabricante, General Motors. El Independencia a veces es alquilado para eventos privados, no siempre artísticos, pero lo que se hace, o debería hacerse, es cobrar, y bien, por esa transgresión al concepto para el que fue concebido tal lugar.
En este caso sucedió todo lo contrario. La presentación no fue cobrada por el Estado más que por un «canje», insólito por lo demás y surgido de la iniciativa del secretario de Cultura Ricardo Scollo. Consistió en pedir a cambio de la entrega de un automóvil Chevrolet Corsa Classic (no se sabe si el base, que cuesta en el mercado unos $35 mil o el Wagon especial, que sale $46 mil), para regalárselo a la próxima reina de la Vendimia.
La decisión es cuanto menos ridícula. Lo mismo le pareció, se ve, al propio director del teatro, Fabricio Centorbi, quien dijo a Diario UNO haber estado «al principio» (¿sólo al principio?) en desacuerdo con la decisión de Scollo, aunque se tranquilizó al saber que al menos el escenario no corría riesgo de los daños que significa subir un coche a las tablas.
Ridícula decisión, decíamos, por cuestiones tan simples que parecería innecesario enumerar: ¿no es una empresa como General Motors tan solvente como para pagar el alquiler en dinero que el Independencia exija? ¿Qué necesidad había de pedir un automóvil para regalarle a la reina vendimial, cuando años antes ese regalo lo han hecho empresas privadas? ¿Por qué no reparar en el hecho de que si el Corsa Classic se vende a los precios antes indicados no es el precio que le cuesta realmente a la fábrica de autos? El año pasado, el teatro cobró $64 mil a una empresa estadounidense (como General Motors) por el alquiler de sala y orquesta para un «concierto navideño». Un uso razonable para la sala y cobrado como se debe, aunque la plata se usara después quién sabe para qué, menos para el propio Independencia.
Si Scollo piensa que ésta es una manera de que su secretaría ande «sobre ruedas» pues a nadie le hace gracia este modo suyo de entender la metáfora.

Fernando G. Toledo

Articulo en Diario UNO.

martes, 6 de octubre de 2009

La dueña de todas las canciones


Las páginas de los diarios, los minutos de la televisión, el aire de la radio, parecen todos, hoy, una larga elegía, dolida y profunda, ante la muerte de Mercedes Sosa. Su figura, su rostro aindiado que parecía irradiar bondad, son motivo frecuente de todas las crónicas. Pero ¿qué nos deja La Negra como artista? Mucho más, creemos, que haber formado parte de la fundación del Nuevo Cancionero Cuyano. Mucho más que cantar durante décadas y llevar nuestro folclore a los escenarios del mundo.

¿Qué nos deja La Negra? Pues no es un secreto que el arma con que derrotó los oídos más escépticos no fue otro que su magnífica voz. Una voz de soprano que se fue haciendo, si se nos permite la imagen, más «terrosa», oscura y bajó hacia el registro de mezzosoprano e incluso de contralto. Con esa voz, Mercedes Sosa hizo algo más que cantar esa música comprometida que era un deber cantar, según los fundamentos del propio manifiesto que firmó junto con Tejada Gómez, Tito Francia y Oscar Matus. La Negra Sosa, como magnífica intérprete que fue, se «adueñó» de las canciones. Adueñarse de las canciones significa convertirse en la mejor intérprete de las mismas. Crear un molde de perfección sonora en los oídos de los escuchas de modo que siempre su versión (su «lectura», se diría en música académica) se convierta en referencial.

La Negra hizo esto, y no sólo con la música folclórica que ella estrenó con su bella voz, sino con toda la música que le pasó por la boca. Lo hizo con canciones de Charly García (¿hay mejor versión que la suya de Inconsciente colectivo?) o con canciones de Fito Páez (¿no canta mejor que el rosarino Y dale alegría a mi corazón?).

Además, lo hizo con las canciones que antes cantaron Violeta Parra o Chabuca Granda, sus contendientes a la hora de lucir el mote de «la voz de América». Por eso fue más grande que ellas. Eso es lo que nos legó. Eso, sí, es lo que nos quedará para siempre.
Fernando G. Toledo

Artículo en Diario UNO.

martes, 29 de septiembre de 2009

El regreso de un Charly García “posible”

El 8 de junio de 2008 asistíamos, tristes pero no sorprendidos, al último y quizá más grave de los escándalos de Charly García en Mendoza. De Charly García en Mendoza, sí, porque es aquí donde el gran músico argentino protagonizó algunos de sus episodios más tristes (demolición de un hotel, lanzamiento desde un piso alto hacia una piscina, agresiones en un pub, etcétera). Aquí Charly hizo “crac” tras interminables años de drogas y alcohol. Su delgado y veterano cuerpo dijo “basta” y debió ser internado de urgencia en un psiquiátrico. Parecía que se trataba de un camino sin retorno.

Pero el autor de Promesas sobre el bidet pudo volver de esos abismos y el miércoles eligió el estadio Monumental de Lima (Perú) para su regreso en vivo después de su temporada en el infierno. Un regreso calculado con vara comercial, hay que decirlo, pero apoyado en su nuevo rostro: el de un hombre apocado, medicado seguramente, pero capaz al menos de saber que su mano se dirigirá a las teclas de su piano y no hacia el rostro de algún ayudante, un vaso de whisky o algo más.

Este Charly es, sin dudas, un Charly diferente del de sus mejores épocas, y eso que hablamos de un músico que tuvo muchos años de buenas épocas. Con Sui Generis a principios de los ’70, con La Máquina de Hacer Pájaros a mediados de esa década, con Seru Giran a finales de la misma, con su impresionante carrera solista durante los ’80 y con algún disco definitivo a principios de los ’90, Charly García dio todo de sí para ser tan grande como para eclipsar, si se quiere, a otros grandes del rock nacional (Luis Alberto Spinetta, por ejemplo).

Pero este Charly diferente, el que se aprecia en las imágenes de su show peruano, es al menos un Charly “posible”. El Charly “imposible” es aquel que iba rumbo a una destrucción que avanzaba en dos vectores: el de su propia intoxicación y el de aquellos de su entorno (y cierto público) que celebraban esa manera de exponer su hundimiento a costa de olvidar su preciado tesoro musical.

Es un Charly diferente pero posible, y esto significa acaso que su retorno tan bien llevado desde la mercadotecnia permita al menos celebrar al mejor Charly. “Saben los que te conocen, / que no estás igual que ayer” podría recordarle cualquiera, citando los versos de Mientras miro las nuevas olas (Seru Giran). Él nos respondería, sin dudas, con el título de su nueva canción, que no es gran cosa pero tiene un halo de sinceridad: Deberías saber por qué.

Mientras esperamos a que Charly García pase por Chile y luego por el estadio de Vélez Sarsfield (el 23 de octubre), con vistas a tocar en esta provincia tan especial para él, hay que decir que si bien muchos preferimos al mejor Charly, también elegimos al Charly posible. Del otro ya quizá, hoy mismo, no podríamos hablar en tiempo presente.

Fernando G. Toledo

Sin lugar para los decibeles

Este miércoles [16 de setiembre de 2009], Pablo Baldini, productor del show de Arjona en Mendoza (10 de octubre en el Estadio Malvinas Argentinas), hizo un anuncio de esos que hacía rato no se oían en estas tierras: la del guatemalteco será la primera de un grupo modesto pero poderoso de visitas internacionales.

¿Por qué ha dejado de ser común que se anuncie una seguidilla así, integrada en este caso, por Arjona, José Luis Perales y Joaquín Sabina? ¿Por qué si hemos tenido años con espectáculos como Luis Miguel, Ricky Martin, Chayanne, Maná, Enrique Iglesias, La Ley (y ni hablar de aquellos inolvidables eventos como Amnesty International o Serrat en el estadio)?
La respuesta: a Mendoza no le da el tupé para ser receptora de tales eventos, aunque “se lo crea”. Y la razón de ello es que, más allá de que el nuestro es un público exigente y difícil de descifrar, no tiene Mendoza lugares apropiados para dar cabida a espectáculos que serían como un reflejo de una provincia que se ha creído por años ubicada entre las que tienen valor económico y cultural importante en el contexto nacional.

Baldini reconoció que a Mendoza le faltan lugares para grandes shows: el estadio mundialista tiene bastante con los partidos de Godoy Cruz Antonio Tomba. El propio estadio de este club parece que no convence a nadie y los propios responsables se niegan a alquilarlo para eventos. Los otros estadios de fútbol no soportan eventos de grandes características, excepción hecha por Andes Talleres.

Sin teatros apropiados en el Gran Mendoza (cerró el Rex por fallas edilicias, el Lavalle y el Ópera se convirtieron en obscenas playas de estacionamiento, al Mendoza se lo dejará morir), con el Bustelo abocado a otras cuestiones (es un auditorio, pero su piso de alfombra es delicado, su escenario deficiente y se ve mal desde las sillas posteriores), ciertamente no hay mucho para inventar. Porque, sí, tenemos un teatro griego Frank Romero Day que es hasta postal de turismo, pero los productores (dicen) no se llevan allí la gente por miedo a los accidentes que la accidentada geografía de cerros, colinas y gradas de cemento podrían provocar.

Pero el drama, no teatral, de los sitios apropiados para “mega-espectáculos” se produce también en espectáculos no tan “mega”, pero igual de importantes. Sí que las bandas locales pueden llegar con bríos al Independencia (800 butacas), pero ésa será una excepción, ya que el teatro debe alojar a un sinfín de shows de otros géneros y, además, dar residencia a la Filarmónica, la orquesta local que, a decir verdad, toca allí muy poco.

Curiosamente, la orquesta que toca un poco más, la Sinfónica de la UNCuyo, no tiene un buen teatro. Así, la agrupación universitaria debe conformarse con el exiguo teatro Universidad, de deficiente acústica y escasas aspiraciones: son muchas las grandes partituras que serían capaces de llevar a su millar y medio de personas a la sala si hubiera alguna sala que permitiera que por lo menos los músicos entraran en ella.

Ni hablar de las obras teatrales, acomodadas en salitas modestas improvisadas en casas, bares y fondas. Las promesas de Capital (salas multimediáticas en los terrenos aledaños al Parque Central), del Gobierno provincial (una sala INT y otras de porvenir lejano) para paliar esta situación son por ahora, permítase el escepticismo, sólo promesas.

El anuncio de Baldini del miércoles es, entonces, quizá, un techo al que los amantes de los espectáculos pueden aspirar, por ahora, en Mendoza: un Montaner ayer, un Arjona mañana, un Perales el mes que viene, un Sabina dentro de tres o cuatro, un Charly García acaso.

Para terminar, aceptado ese diagnóstico, habría que hacerse una pregunta más: ¿le interesa a nuestro Gobierno, si acepta que los espectáculos son atractivos como manifestaciones culturales, hacer algo contra esa falta de espacios? Según como se mire: por lo pronto, en febrero destinó 314 mil pesos para subsidiar un espectáculo privado (los Fabulosos Cadillacs) que según los productores porteños ya estaba pagado. Si los cálculos de Capital dicen que las salas en el Parque Central costarán 3 millones, ¿no habrían sido los 314 mil pesos un excelente comienzo para comenzar a solucionar la falta de lugares invirtiendo la plata en lugar de tirarla?

Fernando G. Toledo

Las historias que queremos


La li­te­ra­tu­ra ha si­do la gran fuen­te de la que el ci­ne, ar­te cen­te­na­rio aun­que siem­pre “na­cien­te”, ha be­bi­do des­de sus ini­cios. Pe­ro el ci­ne ar­gen­ti­no pa­re­ce que aun hoy, aún de a po­co, va dán­do­se cuen­ta de có­mo pue­de nu­trir­se de sus pro­pias le­tras.

El mar­tes [8 de setiembre de 2009] lle­ga­rán a Men­do­za Leo­nar­do Sba­ra­glia y Mar­ce­lo Pi­ñey­ro, ac­tor y di­rec­tor de Las viu­das de los jue­ves, cin­ta que se es­tre­na el jue­ves y cu­yo ar­gu­men­to es una adap­ta­ción de la no­ve­la ho­mó­ni­ma es­cri­ta por una au­to­ra de ape­lli­do ca­si ho­mó­ni­mo al del di­rec­tor: Clau­dia Pi­ñei­ro.

El ges­to del ci­neas­ta es há­bil y ve­loz: se tra­ta de to­mar una gran his­to­ria, de gran ac­tua­li­dad –la in­se­gu­ri­dad en el pre­ca­rio pa­raí­so de los coun­tries– y pu­bli­ca­da muy re­cien­te­men­te (fue Pre­mio Cla­rín 2005). Holly­wood tie­ne ese me­ca­nis­mo mu­cho más acei­ta­do y así es co­mo más de una vez los es­cri­to­res, an­tes de pu­bli­car su no­ve­la, ya han ven­di­do los de­re­chos de adap­ta­ción a al­gún es­tu­dio de re­nom­bre.

Ve­re­mos cuál es el re­sul­ta­do (Pi­ñey­ro, el di­rec­tor, sa­be adap­tar bue­nas no­ve­las: lo hi­zo con Pla­ta que­ma­da, de Pi­glia, tam­bién a po­co de su pu­bli­ca­ción), pe­ro si mu­chas ve­ces los es­pec­ta­do­res pa­de­ce­mos la ane­mia de bue­nos ar­gu­men­tos, no es ma­la idea tra­du­cir en pan­ta­lla gran­de las his­to­rias que fas­ci­nan des­de el pa­pel.

Si Las viu­das de los jue­ves es to­da­vía una in­cóg­ni­ta, la que es en cam­bio una cer­te­za es El se­cre­to de sus ojos, la pe­lí­cu­la que va por su ter­ce­ra se­ma­na en car­tel y aún es el cen­tro de los co­men­ta­rios de to­do aquel que la ha ido a ver y quie­re re­co­men­dar­la en­fá­ti­ca­men­te. Y con jus­ta ra­zón.

El se­cre­to..., por su­pues­to (ya que de ello ha­bla­mos en es­ta co­lum­na), hun­de su raíz tam­bién la li­te­ra­tu­ra ar­gen­ti­na, en es­te ca­so, en un li­bro de Eduar­do Sa­che­ri lla­ma­do La pre­gun­ta de sus ojos. Pe­ro hay que ser jus­tos: la cin­ta de Juan Jo­sé Cam­pa­ne­lla es al­go más que una gran his­to­ria. Es una pe­lí­cu­la in­men­sa, per­fec­ta co­mo un cír­cu­lo, “de­ma­sia­do bue­na pa­ra ser ar­gen­ti­na”, co­mo oí de­cir­le a un pi­rró­ni­co es­pec­ta­dor sor­pren­di­do al sa­lir de la sa­la.

Lo me­jor de El se­cre­to de sus ojos es que se tra­ta de una pe­lí­cu­la de una com­ple­ji­dad abru­ma­do­ra pe­ro que ja­más co­me­te el error de en­re­dar­se en el la­be­rin­to de su he­chu­ra, pues­to que siem­pre, en to­do mo­men­to, la na­rra­ción es la que man­da. Así, Cam­pa­ne­lla se flo­rea con nu­me­ro­sas mues­tras de maes­tría, sea pa­ra com­bi­nar con do­sis exac­tas el sus­pen­so, la co­me­dia, la ac­ción o el dra­ma mo­ral, sea pa­ra ofre­cer pro­di­gios téc­ni­cos co­mo la inol­vi­da­ble se­cuen­cia en la can­cha de fút­bol.

Cam­pa­ne­lla sa­be, ade­más, que a las bue­nas his­to­rias no só­lo hay que con­tar­las bien, si­no “en­car­nar­las” bien, y allí tam­bién en­cuen­tra El se­cre­to de sus ojos otro de sus pi­la­res: en las ac­tua­cio­nes de Ri­car­do Da­rín, So­le­dad Vi­lla­mil o Gui­ller­mo Fran­ce­lla (só­lo un po­co más aba­jo en el ni­vel, Pa­blo Ra­go). Si Vi­lla­mil en­can­ta con su voz y mi­ra­da y Fran­ce­lla se­du­ce ju­gan­do un pa­pel de clown tris­te (es un bo­rra­cho per­di­do), Da­rín sin em­bar­go da cá­te­dra una vez más. Es cier­to: el per­so­na­je pa­re­ce tra­za­do so­bre su piel, pe­ro la com­po­si­ción de su Ben­ja­mín Es­pó­si­to es una ver­da­de­ra cla­se de lo que tie­ne que ha­cer un in­tér­pre­te pa­ra des­ta­car­se sin ex­ce­sos. Si de lec­cio­nes se tra­ta, qui­zás El se­cre­to de sus ojos sien­te cá­te­dra de­fi­ni­ti­va: las his­to­rias que que­re­mos en ci­ne qui­zá ya es­tén im­pre­sas. ¿En­ton­ces? A leer. A ro­dar.

Fernando G. Toledo

Artículo en Diario UNO.