viernes, 3 de julio de 2015

Por las arenas de una obra genial


Por Fernando G. Toledo

En 1965 el estadounidense Frank J. Herbert, periodista, fotógrafo en la Segunda Guerra Mundial y estudiante irregular en algunas clases de literatura universitaria, publica la novela Dune.
La carrera literaria de este autor era incipiente: unos pocos relatos sueltos y una novela psicológica, The dragon in the sea (1956), que originalmente había aparecido por entregas en la revista Astounding.

Pero la edición de Dune –primero en dos partes y luego como novela integral– cambiaría no sólo la vida del propio Herbert, por el éxito comercial y la catarata de premios que le representó: también iba a torcer el rumbo de la literatura de este género. Tanto que hoy en día se la puede considerar, sin ambages, como la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos.

Dune se parece a algunas obras maestras del género y, al mismo tiempo, es distinta y original. Revisa tópicos de la ciencia ficción, pero también los expande con un trazado magnífico, el de la pluma de Herbert, que aún hoy asombra.

No es el único mérito de Dune el ofrecer una historia notable, aunque la tenga. El argumento apenas puede ser enunciado, pero difícilmente hacerle honor con un resumen. Un intento podría decir que el libro se ubica en un futuro lejano (unos dos mil siglos adelante), y nos muestra el momento en que la raza humana se ha dispersado por el cosmos.

El duque Leto Atreides, enviado por el emperador Shaddam IV, llega a tomar posesión de Arrakis, también conocido como Dune: un planeta desértico y hostil, donde el agua es exigua, pero que cuenta con el bien más preciado del universo: la «especia», algo así como una droga que se utiliza para múltiples fines, entre ellos para «expandir la conciencia». Pero Leto es traicionado por el imperio y por el barón Harkonnen, Y es asesinado.

Paul, el joven hijo de Leto, es quien debe encargarse entonces de vengar a su padre y tomar posesión del gobierno. Pero Paul no es un hombre común: es hijo de una Bene Gesserit (una bruja), y las profecías de Arrakis indican que es el mesías que los salvará y le permitirá al planeta cumplir el viejo sueño de tener agua fluyendo por sus tierras.

Con un ritmo narrativo inclaudicable, Herbert nos lleva a atravesar la complejidad del universo que ha pensado para lo que iba a terminar siendo una larga saga. Mas, no contento con las situaciones, las acciones, los conflictos y la elaboración de personajes, el autor traza además una galería apabullante de maquinarias, castas, tradiciones, lenguas, instrumentos musicales, sistemas ecológicos, criaturas y religiones que parecen abrirse página a página como un juego de cajas chinas.

Ese diseño de un universo propio (que tiene ganado el mote de «Universo Dune») es el que soporta las reflexiones que mueven a Herbert a escribir esta obra maestra.
Francesca Annis, Kyle McLachlan y Frank Herbert.
La primera tiene que ver con su preocupación ecológica. En Arrakis, la falta de agua y, al mismo tiempo, la abundancia de especia juegan una sutil paradoja: el agua es para los nativos de Dune –los Fremen, un juego de palabras que se traduciría como «los libres»– es lo más valioso que puedan imaginar, pero al mismo tiempo son los gusanos gigantes que sólo existen en ese planeta los que producen la preciada especia. Cómo se gana o se cede poder a partir de esa dialéctica mueve buena parte de los hilos de los personajes.

Pero, por otra parte, la indagación sobre el poder fanático de las religiones, y sobre el peligro de contar con un «mesías», o un «superhéroe» también preocupa a Herbert, quien ve –como lo vislumbra el propio protagonista, Paul–, que cuando la humanidad cuenta con un ser superior, la yijad (guerra santa) es inevitable.

Las páginas de Dune llevan al lector a imbuirse de esa arquitectura portentosa diseñada por Herbert, capítulo a capítulo (mientras un paratexto, las poéticas citas de diversos textos imaginarios, nos introduce a cada uno de ellos), hasta tal extremo que los lectores parecen tomar en sus ojos el color azulino de los Fremen, el color característico del consumo frecuente de especia. En cierto modo así es: Dune es una sustancia hecha de palabras que, también, modifica nuestra conciencia.

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