jueves, 23 de julio de 2015

La roja estocada de King Crimson


© Fernando G. Toledo 

King Crimson ya era una banda mayúscula cuando, en 1974, Red salió a la calle. Con su debut (In The Court Of Crimson King), el grupo londinense se había ganado un lugar en la inmortalidad, pero sus aportes continuaron con una seguidilla impresionante de piezas maestras.

Versátil como pocos, el guitarrista Robert Fripp (alma máter del grupo) soportó el recambio constante de las formaciones y ahora tenía a su lado al cantante y bajista John Wetton y al ex baterista de Yes Bill Bruford, quienes junto al violinista David Cross y ocasionales invitados habían grabado dos placas fundamentales como Lark’s Tongues In Aspic y Starless and Bible Black. Pero de pronto, y mientras más afiatada sonaba esta formación, Fripp se decide a dar un golpe de timón: reduce el grupo a un power-trío, pone a Cross como convidado y convoca a algunos músicos de discos anteriores para dar una estocada última antes de disolver el grupo. El final no sería tal, claro (seis años más tardes, King Crimson volvió al ruedo), pero Red acabó siendo un disco extraordinario, con cinco composiciones que engalanaron una discografía admirable y que todavía hoy encandila con su brillo.

Repasar el disco en palabras es una delicia y, a la vez, una injusticia. Pero el esfuerzo vale la pena. El instrumental Red abre el fuego, y para hacer honor al color, resulta una pista «incendiaria»: hay algo de bramido en la guitarra de Fripp, en el bajo de Wetton. Hay color y potencia en la batería múltiple de Bruford, y hasta en los violines que multiplica el ronco Mellotron (¿a cargo de David Cross?). Que algunos vean aquí algo del grunge que 20 años más tarde llevaría a la fama a los grupos de Seattle no es extraño si se atiende exclusivamente a esa potencia sonora que Red despliega, pero hay que decir que aquí no hay gestos ni muecas, no hay bravuconadas. Hay sólo genio.

Después de tanta intensidad, Fallen Angel (que amenaza en el preludio a seguir la posta del tema antecedente), ofrece un cálido reposo. Se trata de una balada más cercana a las de Lark’s Tongues… También acá Wetton se deja ver no sólo como un cantante vigoroso y dotado, sino también como un sutil ejecutante del bajo. La banda recupera en esta canción los vientos de Ian McDonald y Mel Collins, dos «ex» . Sus saxos, más el oboe de Robin Miller (y al final, la trompeta de Marc Charig) se ubican por detrás de la voz del cantante, en ocasiones, y del solo de Fripp en otras, pero recrean una pared melódica que le da peso específico a un tema cuya lírica de Palmer-James (mucho menos inspirada que la de Peter Sinfield, el letrista anterior) le canta a un pandillero de Nueva York.

One More Red Nightmare reedita el furor de la primera pista. Ritmo, unas bases endemoniadas y una penetrante guitarra eléctrica hacen de ésta una canción imposible de desatender. Pero lo que tiene de sensual no hace mella en su riqueza interna. En el intermezzo, por ejemplo propone un rico punteo de guitarra que el saxo de Collins sazona con pasión.

Providence continúa la línea del tema Lark’s Tongues In Aspic Part 1 y, también, la pertenencia de la música crimsoniana al universo de la música culta. Siguiendo cierto expresionismo propio de Stravinsky, Bartók y con algo de la atonalidad de Schönberg, este tema (que no desecha la improvisación) no se parece en nada al resto de los títulos. Comienza con el violín de David Cross que va y viene, mientras invita al resto de los instrumentos (bajo, saxos, batería, teclados y guitarras) a sumarse a la juerga. Son ocho minutos notables y desafiantes, que bien podrían estar firmados por un Luigi Nono o un György Kurtág, por nombrar sólo a dos compositores destacados del siglo anterior.

Luego, el final del disco termina siendo apoteótico: Starless, quizá la más bella de las canciones de Crimson, podría ser una simple balada. Comienza con un misterioso tapizado de Mellotron sobre el que Fripp pone de inmediato la melodía principal con su guitarra mágica. Pero luego de que Wetton, Fripp desarrollan el tema viene un impresionante crescendo que da cabida a todos los instrumentistas del álbum, en cuatro minutos magníficos tanto melódica como interpretativamente. Tras el vendaval, el reposo baladístico retorna y se repite, como se repite la frase del estribillo que alude al título del álbum precedente del grupo, «Starless and Bible Black».

Si Starless clausura tanto el álbum como esta formación legendaria de King Crimson, es por contrapartida mucho más lo que se abre después de este disco. Es que Red caló hondo en las bandas progresivas y en el rock todo, y resultó germen para numerosos grupos cuya enumeración demandaría más que una simple página. Si el disco fue considerado en los ’70 una pieza maestra, hoy no les menos. El tiempo en este caso le ha agregado dos virtudes: a 30 años de su edición, Red suena todavía actual, y además, imprescindible.

Publicado en la columna Oído fino, en Diario Uno de Mendoza (2005)

viernes, 3 de julio de 2015

Por las arenas de una obra genial


Por Fernando G. Toledo

En 1965 el estadounidense Frank J. Herbert, periodista, fotógrafo en la Segunda Guerra Mundial y estudiante irregular en algunas clases de literatura universitaria, publica la novela Dune.
La carrera literaria de este autor era incipiente: unos pocos relatos sueltos y una novela psicológica, The dragon in the sea (1956), que originalmente había aparecido por entregas en la revista Astounding.

Pero la edición de Dune –primero en dos partes y luego como novela integral– cambiaría no sólo la vida del propio Herbert, por el éxito comercial y la catarata de premios que le representó: también iba a torcer el rumbo de la literatura de este género. Tanto que hoy en día se la puede considerar, sin ambages, como la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos.

Dune se parece a algunas obras maestras del género y, al mismo tiempo, es distinta y original. Revisa tópicos de la ciencia ficción, pero también los expande con un trazado magnífico, el de la pluma de Herbert, que aún hoy asombra.

No es el único mérito de Dune el ofrecer una historia notable, aunque la tenga. El argumento apenas puede ser enunciado, pero difícilmente hacerle honor con un resumen. Un intento podría decir que el libro se ubica en un futuro lejano (unos dos mil siglos adelante), y nos muestra el momento en que la raza humana se ha dispersado por el cosmos.

El duque Leto Atreides, enviado por el emperador Shaddam IV, llega a tomar posesión de Arrakis, también conocido como Dune: un planeta desértico y hostil, donde el agua es exigua, pero que cuenta con el bien más preciado del universo: la «especia», algo así como una droga que se utiliza para múltiples fines, entre ellos para «expandir la conciencia». Pero Leto es traicionado por el imperio y por el barón Harkonnen, Y es asesinado.

Paul, el joven hijo de Leto, es quien debe encargarse entonces de vengar a su padre y tomar posesión del gobierno. Pero Paul no es un hombre común: es hijo de una Bene Gesserit (una bruja), y las profecías de Arrakis indican que es el mesías que los salvará y le permitirá al planeta cumplir el viejo sueño de tener agua fluyendo por sus tierras.

Con un ritmo narrativo inclaudicable, Herbert nos lleva a atravesar la complejidad del universo que ha pensado para lo que iba a terminar siendo una larga saga. Mas, no contento con las situaciones, las acciones, los conflictos y la elaboración de personajes, el autor traza además una galería apabullante de maquinarias, castas, tradiciones, lenguas, instrumentos musicales, sistemas ecológicos, criaturas y religiones que parecen abrirse página a página como un juego de cajas chinas.

Ese diseño de un universo propio (que tiene ganado el mote de «Universo Dune») es el que soporta las reflexiones que mueven a Herbert a escribir esta obra maestra.
Francesca Annis, Kyle McLachlan y Frank Herbert.
La primera tiene que ver con su preocupación ecológica. En Arrakis, la falta de agua y, al mismo tiempo, la abundancia de especia juegan una sutil paradoja: el agua es para los nativos de Dune –los Fremen, un juego de palabras que se traduciría como «los libres»– es lo más valioso que puedan imaginar, pero al mismo tiempo son los gusanos gigantes que sólo existen en ese planeta los que producen la preciada especia. Cómo se gana o se cede poder a partir de esa dialéctica mueve buena parte de los hilos de los personajes.

Pero, por otra parte, la indagación sobre el poder fanático de las religiones, y sobre el peligro de contar con un «mesías», o un «superhéroe» también preocupa a Herbert, quien ve –como lo vislumbra el propio protagonista, Paul–, que cuando la humanidad cuenta con un ser superior, la yijad (guerra santa) es inevitable.

Las páginas de Dune llevan al lector a imbuirse de esa arquitectura portentosa diseñada por Herbert, capítulo a capítulo (mientras un paratexto, las poéticas citas de diversos textos imaginarios, nos introduce a cada uno de ellos), hasta tal extremo que los lectores parecen tomar en sus ojos el color azulino de los Fremen, el color característico del consumo frecuente de especia. En cierto modo así es: Dune es una sustancia hecha de palabras que, también, modifica nuestra conciencia.

viernes, 6 de marzo de 2015

«Hacer shows es como hacer el amor con la gente»

Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur: los Illya Kuryaki, después de la conferencia.
(Foto: gentileza Municipalidad de Mendoza)


Illya Kuryaki and the Valderramas toca esta noche en la Plaza Independencia, a las 22.30, justo después de la Vía Blanca. La entrada es libre y gratuita y como teloneros actuarán los locales Usted Señálemelo. Antes del show, contaron sus expectativas sobre el que será el último show de la gira de Chances. 

por Fernando G. Toledo

En la plaza Independencia el calor es intenso y el aire que se respira es escaso: hay oxígeno, nitrógeno y caos en él. Nada extraño para un mediodía previo a la Vía Blanca, la víspera de la Fiesta de la Vendimia. Hay gente, mucha gente por todos lados, autos hasta en la Peatonal y cámaras de fotos colgadas de muchos cuellos. Y hay turistas que rondan por todas partes, y algunos hasta quieren entrar al Museo de Arte Moderno aunque el cartel diga claramente, en versión bilingüe, que está «cerrado por refacciones». Cerrado, pero no tanto: allí es donde la conferencia de prensa de Illya Kuryaki and The Valderramas (IKV) está prevista y a la que el puñado de periodistas ha arribado para sacar algo más de jugo al dúo que ya ha convertido sus visitas en una constante desde que regresaron al ruedo. Ese regreso, simbolizado en el disco Chances (2012), produjo todo lo que esperaban Emmanuel Horvilleur y Dante Spinetta: es decir, corroborar que lo que el grupo había aportado desde sus inicios en los primeros ’90, con su vendaval de rap, de funk y de hip hop, seguía candente en muchos que querían volver a verlos juntos.

Así de juntos llegan, como si nada, a la mesa desde la que responderán las preguntas con ese estilo tan calmo, inteligente y fresco que siempre han tenido cuando se les ha propuesto hablar de su propia música. Eso es algo que viven de manera intensa. Da lo mismo si van a someterse a la conferencia de prensa o van a saltar al escenario (como lo harán esta noche, en un lugar que ahora queda encima de nuestras cabezas): tanta es la energía que llevan, y que saben cómo destilar. Se nota, por ejemplo, en Emmanuel, que ni bien se sienta comienza a repetir con sus manos, en una improvisada percusión, el ritmo que le da vueltas en la cabeza, ahora que sus cabezas están alertas en medio de la grabación de su nuevo disco. Ese ritmo –que si fuera por él seguiría tocando, quizá para invitar a Dante a hacer lo propio– se interrumpe sin embargo con la primera pregunta.

–Desde la reunión de Illya Kuryaki, la banda ha tocado ya dos veces en Mendoza, es decir,  ha dado la misma cantidad de recitales aquí que en toda la primera etapa. ¿Cómo han pensado el repertorio para este show en la Plaza Independencia?

–Dante Spinetta:  Bueno, para empezar Mendoza ha terminado siendo uno de los lugares más importantes de la gira que pensamos para presentar el disco Chances. Se junta aquí una energía tremenda. Y es especial el show de la plaza porque es el último de esa gira, y el último que haremos antes de grabar el nuevo disco. Es decir, puede que toquemos alguna vez más, pero vamos dar por terminada esa gira para dedicarnos al nuevo material. Esta vez vuelve a estar con nosotros DJ Saga, que ya nos acompañó en el show del Le Parc. Va a ser para nosotros va a ser una fiesta. Y como sabemos que en sí la Fiesta de la Vendimia es muy importante para Mendoza y es la primera vez que nos toca estar en esta época, esperamos disfrutarla mucho.

IKV, en el encuentro con la prensa.
(Foto: Municipalidad de Mendoza)
–¿Prevén quedarse al Acto Central?
–Emmanuel Horvilleur: Yo a esa posibilidad la estaba barajando. Abarajando, más bien (risa). ¿Vieron esas invitaciones que surgen de algunas bodegas, muy tentadoras por cierto? He tenido algunas. No he terminado de organizarme, y tengo que estar en Buenos Aires. Es muy interesante esa movida en la que se combinan las bodegas con lo que puede ofrecer la música y hay bodegas jóvenes que están en esa línea. Por ese lado me han llegado distintas invitaciones, re tentadores.

–Hace ya casi cuatro años que regresaron. ¿Cómo se sienten como banda?

–DS: Estamos en un muy buen momento. Ya pasó la tensión de la vuelta. Ya somos una banda que está. Cuando arrancamos con IKV sabíamos que teníamos por delante al menos dos proyectos discográficos, Chances y el disco en vivo. Después, íbamos a ver cómo había resultado. Y todo ha ido también que hemos tomado la decisión de seguir, y por eso estamos grabando un nuevo disco. Está abierto a que pase lo que tenga que pasar. Estamos en el mejor momento musical para hacer el mejor disco que podamos. Nuestro Norte está puesto en ese disco, porque de él se desprenden los shows, la imaginería, la estética, los vestuarios, las giras. Ayer (jueves) fue el primer día de grabación oficial. Grabamos una participación para un disco de los amigos chilenos de Los Tetas y para un rapero argentino, Sergio Sandoval. Arrancamos con eso y luego hicimos un par de temas nuestros. Lo que salió está buenísimo, así que toda nuestra cabeza está puesta en eso.

–Fue un gran show el que dieron en diciembre en la Fiesta de la Cerveza. ¿Eso tiene que ver con el entendimiento que han conseguido como banda?

–DS: Hay un código en común después de tantos años de amistad y de escenario, y no sólo entre nosotros, sino con el resto de la banda. Somos todos cómplices. Cada uno cumple su función y todos ponemos todo encima del escenario. El show de la Fiesta de la Cerveza fue increíble. Yo me acuerdo de que me clavé un choripán antes del show. Y… estaba muy rico, pero no fue una buena idea. ¿A quíen se le ocurre?
–EH: Fue medio Pavarotti la idea (risas).

–¿Tiene que ver ese buen show que dieron con la decisión de cerrar la gira de Chances en Mendoza?
–EH: Es esa clase de coincidencias que dicen mucho. El otro día nuestro manager compartió una foto en la que estábamos en Mendoza de cuando hicimos el recital en el Le Parc, y ese fue un show que nos sorprendió mucho también. Fue muy fuerte para nosotros, y sirvió para potenciar lo que habíamos hecho en los ’90. En aquellos años tocamos en Mendoza: vinimos en la gira del Nuevo Rock Argentino y después tocamos en el estadio Pacífico, con un show muy recordado en el que se cortó la luz como cuatro veces y tuvimos que cantar Chaco a capella. Pero el show del Le Parc y el de la Fiesta de la Cerveza fueron muy buenos. Este último recuerdo que no lo queríamos hacer. Veníamos de una gira de México, una gira que nos sacó 10 días de concentración que nos habíamos propuesto para un show muy importante que queríamos dar en el Luna Park. Pero surgió la posibilidad de tocar en Godoy Cruz, que aunque era muy importante, era a dos días del show en el Luna Park. Era muy jugado, podía haber problemas con los vuelos y llegar muy sobre la hora. Pero fue un show increíble para nosotros también, con mucha energía. Es la energía que se nos cargó para llegar a Buenos Aires y hacer el toque en el Luna Park con todo. A veces las cosas salen muy bien.

–¿La idea es repetir en la plaza Independencia ese show o cada uno tiene su diferencia?
–DS: Hacemos una lista bastante similar de temas, pero cada show tiene su energía. Nosotros vemos a los shows como hacer el amor con la gente. Y necesitamos la respuesta del público para saber cómo seguir. Tenemos un mapa, pero también la cuestión se va moviendo según lo que está pasando. De eso depende de que el show sea mejor o no, más largo. Tenemos una manera de… hacer acabar a la gente (risas), para seguir con la temática sexual, pero hay shows en los que… uno no acaba. Hay ciudades que no tienen puntos erógenos…





Las chances después de Chances
La portada del (hasta ahora) último disco de estudio de IKV.

El proceso creativo de Dante y Emmanuel tiene sus misterios. O, más bien, es un halo romántico el que prefieren mantener sobre los procesos de composición, de arreglos, de interpretación y de grabación. El estudio se convierte así en un verdadero laboratorio sonoro en el que estallan las ideas y las estéticas y es allí donde se conforma el estilo musical de las canciones. Al menos, eso se desprende de lo que cuenta Horvilleur de cómo va la grabación del sucesor de Chances. 

–¿Saben qué dirección estética tendrá ese disco?

–EH: Hay muchas direcciones posibles. Para eso está el trabajo en estudio, para abrir caminos. Y a la vez aparecen muchos «subcaminos». Arrancamos con algunas canciones y nos dan ganas de hacer eso: traer ideas por separado y ver qué piensa el otro. El estudio es un lugar que da para muchas cosas. Tal vez se llega con una canción que uno concibió en soledad, de una manera, y al mostrársela al otro llega un aporte que lo cambia todo, o no, todo queda así, pero se confirma en el estudio. Musicalmente creo que Chances fue diferente a lo que habíamos hecho antes, y contenía la influencia de los primeros 10 años, y nos movimos a terrenos nuevos donde anduvimos muy cómodos. Creo que desde ese lugar, desde esa experimentación, y desde todo lo que se sumó a la banda con los shows y las giras, estamos en un muy buen lugar de partida para un nuevo disco.


lunes, 7 de julio de 2014

Cuando lo que importa es la historia

Pablo de Santis (a la derecha) con el autor de esta entrevista.

Entrevista a Pablo de Santis, a propósito del estreno de la película El inventor de juegos, basada en su novela homónima

por Fernando G. Toledo

La historia que se narra es engañosa: todo sucede bajo un halo de verosimilitud incontestable, pero lo que sucede es extraordinario. Que un niño se vea arrastrado por una historia en la que no se sabe si se está dentro de un gran engaño o en la mera vida es uno de los atractivos principales de El inventor de juegos, la novela de Pablo de Santis cuya versión para cine acaba de estrenarse esta semana.
El relato que muestra al niño Iván Dragó como ganador de un concurso de juegos que trastoca para siempre sus días es el que tomó el director Juan Pablo Buscarini para su película, una superproducción rodada en la Argentina pero destinada al público internacional.
Como parte de las rondas de prensa de la cinta, el director y el autor de la novela original, Pablo de Santis, estuvieron ayer en Mendoza.
De Santis, uno de los narradores más leídos y elogiados de la actualidad en nuestro país, dice haber imaginado y escrito la historia en un arrebato de inspiración. Hoy, conforme con la adaptación, se ve ocupado con algo mucho más trabajosa: una novela que tiene a la criptografía como centro.
Antes de la conferencia de prensa que dio en la sala Elina Alba, De Santis habló con Escenario y compartió su visión de la literatura.

–¿Qué sentiste en estos días, cuando viste la versión en cine de El inventor de juegos?
–Fue una alegría y una emoción. Estaba al tanto de que la filmación de la película venía muy bien y había visto unos trailers, pero ahora que la pude ver estoy muy contento. Conocía al director, Juan Pablo Buscarini, porque había visto El ratón Pérez, que me pareció una muy buena película. Y me convenció de que iba a poder hacer una buena adaptación para El inventor de juegos. Mis dudas con esta novela tenían para su paso al cine tenían que ver con los saltos de continuidad y de lugares. Pero Juan Pablo ha conseguido un relato nítido, muy claro y natural.

–¿No te parecía, igualmente, que tu historia parecía casi una invitación a su adaptación a la pantalla grande?
–La verdad que nunca la pensé en relación al cine hasta la propuesta de Juan Pablo. Alguna vez había pensado que mi novela La traducción sí podía llevarse al cine, pero El inventor de juegos requería una gran producción. Por suerte él se animó al proyecto.

–El libro ya tiene una segunda parte. ¿Cómo sigue la historia?
El juego del laberinto transcurre cuando Zyl, la ciudad de fabricantes de El inventor de juegos, se convierte en un laberinto. Y allí Iván Dragó tiene que descifrar ese laberinto.

–Hablamos de laberinto y de tu obra, y es imposible no pensar en Borges...
–Desde todo punto de vista, Borges está presente. Por un lado, en la influencia que tuvo en mi prosa. Pero por otro, en su reivindicación de los géneros literarios, no como algo marginal, sino algo central en su literatura. Cuando nadie, ni siquiera en los Estados Unidos, reivindicaba los géneros en el mundo, él escribió la Introducción a la literatura inglesa, con un rescate de esos géneros. Eso se ve en sus cuentos, que son todo lo contrario a lo que mucha gente cree: son accesibles.

–¿Esa es también una lección que tomás de Borges?
–Sí. Y el hecho de poner el foco en que la historia es crucial, junto con el punto de vista, el foco que debe tener esa trama. Encontrar el tono es lo que cierra el círculo.

–¿Qué proyectos ocupan hoy en día tu creación?
–Acaba de salir un libro de cuentos, Trasnoches. Recopila relatos viejos y otros más recientes. Incluso uno del que ni yo tenía copia, pero que circulaba por internet. Así que... lo bajé. Y lo corregí, porque tenía errores. Por otra parte, estoy escribiendo desde hace años una novela cuyo tema es la criptografía. Transcurre entre los años ’70 y ’80 en la Argentina, y no sólo es muy compleja, sino distinta a otras que he escrito. Ya tuvo una versión 300 páginas, y terminé dejando sólo 70. Es un libro al que le tengo miedo por los temas que trata y se llama Las armas y las letras.


Fascinación por los juegos de mesa

La fascinante trama que narra las aventuras de Iván Dragó y su lucha contra el malvado Morodian ejerció un cimbronazo especial en el director de cine Juan Pablo Buscarini. El rosarino, que había rodado Cóndor Crux y El ratón Pérez se considera un gran lector de De Santis, y fue por eso que cuando leyó la novela El inventor de juegos se propuso de inmediato llevarla al cine.
Buscarini se confiesa gran seguidor del autor de El enigma de París, y considera a esta una de sus grandes historias. Por eso la ocasión era propicia para consultarle a De Santis cómo escribió este libro.

–¿Cómo fue el momento de creación de esta historia?
–Fue esa clase de historias que salen muy de pronto, como en un momento de inspiración. Hay libros que exigen más trabajo y cuesta encontrar las vueltas de la historia. En cambio el primer borrador de El inventor de juegos fue escrito muy rápido y con mucha felicidad. Estaba en un momento especial, parece. Después, por supuesto, vino toda la revisión, porque soy de corregir mucho.

–Uno de los puntos destacados de la historia es que el juego es el corazón de la novela. ¿Fue algo así como una premisa para la escritura?


–Sin dudas. Los juegos me gustaron siempre. No tanto para jugarlos, porque de niño recuerdo que prefería jugar con autitos y soldados. Los juegos de mesa como el Monopoly podían parecerme lo más aburrido del mundo. Sin embargo, ejercían en mí una especie de fascinación las piezas, los billetes, ese pequeño mundo que representan. Pero de alguna manera me cuesta también entenderlos. Recuerdo por ejemplo que uno de mis hijos jugaba con las cartas de Yu-Gi-Oh!, que a mí me parecían increíbles. No podía ser que las cartas costaran tan caras, y que un mazo (por dar un ejemplo) saliera 40 pesos, pero de pronto hubiera una sola carta de 200 pesos que fuera más fuerte que todas las demás. En cambio, en otros juegos de mesa me parece valioso lo que tienen de igualdad entre los oponentes, y la caballerosidad. En ese sentido, el ajedrez es perfecto. Yo podría sentarme con Gary Kasparov a jugar, aunque seguramente perdería (risas).

–Por lo que decís, Iván Dragó, el personaje principal, es lo contrario a vos... A propósito, ¿el nombre de dónde sale? Es un homónimo del villano de Rocky IV...
–Pero no tiene nada que ver. Salió por casualidad. Drago era el apellido de un profesor de matemáticas y también del autor de un libro de Historia con el que yo estudiaba en la secundaria. Después, la elección de Iván como nombre fue por una cuestión de sonoridad. Pero jamás pensé en ese personaje.

miércoles, 2 de julio de 2014

Recoger el guante

Marlon Brando en Nido de ratas.

A Marlon Brando, in memoriam


Rebelde con y sin causa, Marlon Brando fue, sin dudas, un hombre consecuente. Hizo siempre lo mismo: si resquebrajó los cánones de la interpretación con su estilo propio y alimentado por los predicados de Stanislavsky no fue tanto por convicción. Más bien fue porque actuar le permitía ser.

Por ello, la decisión de participar en filmes que harían historia (Un tranvía llamado deseo, Nido de ratas, Julio César, El Padrino, Último tango en París) o en simples bagatelas (Free Money) no conspiraba contra su genio: de cualquier modo, y más allá del nivel que alcanzara, Brando no mutaba en sus personajes, sino que estos se acomodaban a su piel como si hubiesen estado esperando el cuerpo correcto.

Nido de ratas (On The Waterfront, 1954), la contradictoria balada de Elia Kazan sobre la explotación a obreros pesqueros, es el mejor retrato de Brando en acción. Ni siquiera hace falta ver toda la película para apreciar el genio del actor: basta con la escena en que camina junto a la actriz Eva Marie Saint.

Brando, que se hace llamar allí Terry Malloy y la juega de boxeador mediocre, coquetea con la bella rubia mientras pasean por un parque. Hace frío y el segmento está rodado al aire libre, por eso la mujer lleva un saco abrigado y guantes. Uno de esos guantes, en un momento, cae notoriamente al suelo. Es un incidente que podría haber hecho apagar las cámaras y empezar de nuevo, pero Brando atrapa la secuencia con un gesto tan intrascendente como soberbio: recoge el guante, sigue hablando y juguetea con él hasta que se lo devuelve a Eva Marie Saint, porque así lo habría hecho Brando-Malloy, porque no hay disolución entre la realidad escrita en un guion y la realidad escrita por la retorcida pluma del destino.


Cuando, décadas después, Brando interpretó un drama trágico fuera de los sets (su hijo asesinó al novio de su hermana, quien tiempo después se suicidó), recogió el guante e hizo lo que cualquier hombre, aunque sea el mejor actor de todos los tiempos, haría: se hundió en su tristeza. Así lo vimos hasta su muerte, la única instancia ante la que no se rebeló. Quizá, porque tampoco aquí había que interrumpir la película.








Publicado el 3 de julio de 2004 en Diario Uno de Mendoza.

viernes, 27 de junio de 2014

La FIFA tiene los dientes más grandes

 El castigo al futbolista Luis Suárez es desproporcionado e injusto si se lo compara con otros casos de agresiones más peligrosas. Una mancha más para la impresentable FIFA de Joseph Blatter




Fernando G. Toledo
@fernandogtoledo


1

Hay algo que al comediante inglés John Oliver se le olvidó decir en su reciente y devastadora crítica contra la FIFA, el poderoso superorganismo internacional que organiza, cada cuatro años, el evento deportivo más atractivo de todos cuanto existen (la Copa de Fútbol). Si en su ácida y risueña diatriba el también actor denunciaba las prácticas espurias de la entidad que preside Joseph Blatter, olvidó subrayar un aspecto obsceno que ahora padece el jugador uruguayo Luis Suárez: la FIFA tiene, entre sus muchos brazos de poder, el de imponer justicia según sus propios reglamentos y con el inobjetable arbitrio de su propio tribunal.

2

El polémico delantero uruguayo acaba de recibir una sanción que ha sido adjetivada como «durísima» por medios de todo el mundo, y cuesta no estar de acuerdo con tal consideración.
Los hechos previos a la sanción son conocidos, pero no viene mal recordarlos. En una jugada correspondiente al último partido de la primera fase de su grupo, el enfrentamiento entre las selecciones de Italia y de Uruguay (donde alista Suárez) vivió una incidencia de esas sobre las que se ensañan la magnífica televisación del Mundial que se juega en estos días en Brasil. En el área del equipo europeo, tras un breve forcejeo, el delantero celeste agredió al defensor Giorgio Chiellini con un mordisco a la altura de su omóplato izquierdo. El hecho pareció confuso hasta que las imágenes de la televisión develaron las acciones: según lo que puede verse, Luis Suárez asesta un rápido (pero sin dudas incisivo) mordiscón a la espalda de Chiellini, ante el que este reacciona arrojándose al suelo no sin antes defenderse con un codazo que no alcanzó a dar en el blanco (la propia boca de Suárez). El uruguayo reacciona rápidamente y también se arroja al suelo y se toca los incisivos centrales con gestos ampulosos, quizá para dar a entender que todo se había tratado de un accidente. Como el árbitro del partido no pudo ver el encontronazo, todo siguió sus carriles normales, a pesar de las enfáticas protestas de Chiellini, quien con el hombro al aire quería mostrarle al referí las marcas patentes de la dentellada.

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Todo lo que el árbitro no vio y todo lo que a los castigos de los 90 minutos escaparon correspondió, luego, al engolosinado trabajo de los directores de cámara y de televisación, que sumados a los medios de comunicación, diseccionaron las acciones de Suárez y elevaron a los cuatro vientos la pregunta latente: «¿Será sancionado de oficio?».
La respuesta vino días más tarde. En un hecho no por esperado, sorpresivo por la magnitud, la FIFA suspendió a Luis Suárez con un castigo pocas veces visto. Le impuso una suspensión de 9 partidos en los que tiene prohibido jugar en cualquier competición. Al mismo tiempo, le prohibió pisar siquiera cualquier predio en el que se esté desarrollando actividad alguna del Mundial de Fútbol, y de hecho le quitó la posibilidad de ver cualquier partido de fútbol oficial en los próximos meses. Por si esto fuera poco (y ya que una oportunidad económica jamás es despreciada por este organismo, aunque la manera de conseguir los réditos sea poco clara) lo conminó a pagar una multa de 100 mil francos suizos, que equivalen (miles más, miles menos) a unos 120 mil dólares.
La argumentación de la FIFA alude a su código disciplinario, que tiene una redacción tan ambigua que ciertamente uno no entiende por qué es uno sólo el futbolista sancionado: «agredir a otro jugador» y «haber cometido una ofensa contra la deportividad de otro jugador».

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Son muchos los aspectos a considerar. Primero que nada, que la FIFA tome las imágenes televisivas como única prueba para tamaña sanción, perjudicial para el jugador y para la Selección cuyos colores defiende. Es cierto que las imágenes ofrecen buen detalle de lo que pasó (y por las cuales el agresor bien merece un castigo), pero resulta increíble que el tribunal disciplinario no considere siquiera la posibilidad de hacer testificar a los futbolistas involucrados para saber, por ejemplo, si quizá la acción de Suárez no fue una reacción a una «ofensa contra su deportividad» previa de parte del italiano.
Por otra parte, y lo que es más grave, el antecedente que sienta la FIFA con esta sanción parece se volviera en contra de su propia capacidad para impartir justicia, si se tienen en cuenta antecedentes cercanos en el tiempo y otros un poco más antiguos.
Por ejemplo, no se comprende por qué la FIFA no tomó como prueba testimonial para impartir castigos, las imágenes que con la misma nitidez con que dejaron ver el comportamiento canino de Suárez, mostraron también las dotes de gladiador de Neymar, quien en el partido inaugural de esta competición, propinó un codazo calculado, artero y violento contra su rival de Croacia, Luka Modric. Si se tiene en cuenta el daño físico que puede provocar una agresión como la del talentoso delantero brasileño (por ejemplo, la rotura de la mandíbula del croata), la verdad es que no tiene comparación con la potencialmente menos dañina capacidad de lastimar que tiene un mordiscón, que puede aspirar a lo sumo a arrancar un pedazo de piel.

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Otra muestra de la desproporción de este castigo comparado con otros aparece si uno recuerda la patada propinada por el holandés Nigel de Jong al español Xabi Alonso (Mundial 2010), castigada sólo con una tarjeta amarilla. O, especialmente, el celebérrimo cabezazo que le dio el virtuoso francés Zinedine Zidane al defensor italiano Marco Materazzi, en la final del Mundial 2006. 
En estos últimos casos se exhibe más claramente la desproporción de la FIFA con respecto a Suárez: una patada como la de De Jong es capaz de quebrar el esternón. Un cabezazo como el de Zidane puede matar a la víctima, tal como aseveró en su momento uno de los más prestigiosos cardiólogos europeos, Francesco Furnanello. 
Sin embargo, mientras hoy la FIFA castiga al sudamericano Suárez con nueve fechas de suspensión y 100 mil francos suizos, ayer a Zidane le aplicó tres partidos y 7.500 francos. ¿Cuál es la razón para tamaña disparidad? ¿La «animalidad» supuesta de un mordisco por sobre un golpe con la cabeza o con el codo? ¿No debería hacer esa supuesta animalidad, al mismo tiempo, más inofensiva la agresión, y por tanto, menos peligrosa o, en otros términos, menos condenable?

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Cuando se habla en términos de justicia, la desproporción en penas para actos análogos es lo más parecido a la injusticia. La FIFA, mientras tanto, celebra un mundial vibrante y eso quizá ayude a que (excepto para Uruguay) todo se olvide rápidamente. Está claro por qué: no hay nada peor para las bestias gigantes que un pequeño animal sudamericano le muestre los dientes. Se sabe: el pez grande siempre se come al pequeño.

lunes, 16 de junio de 2014

Los cazadores cazados



Por Fernando G. Toledo

Quien quiera escribir una historia o quizás el guion para un culebrón estándar de esos que tapizan las mediatardes en la TV, ya tiene el argumento resonando en todos los medios.

En esta historia hay buenos y malos, aunque ninguno exagera. En esta historia hay poder y una moraleja: no hay que manipular veneno puesto que puede terminar uno mismo contaminado.
Esta historia tiene personajes concretos pero podríamos disimularlos, para que nuestro culebrón se inspire en hechos reales sin fijarse en uno particular.

Imaginemos a un periodista de chimentos, por ejemplo. O, a dos. Su tarea, exitosa y a veces ciertamente bien realizada (dentro de las reglas de juego de este espinoso ¿género periodístico?) consiste en ventilar cuestiones privadas de personajes públicos. Escandaletes y rencillas, discusiones, amoríos, embarazos no deseados, ataques de ira, hechos sin importancia que pueden ser magnificados: todo vale para narrar mientras los involucrados sean caras conocidas, en especial de la TV.

Nuesto guion muestra a esos periodistas implacables, temibles e impiadosos, haciendo su trabajo y ganando fama, ellos mismos, con su labor. Pero en un vuelco de la trama, casi al mismo tiempo, ambos «villanos» se ven obligados a beber de su propia medicina. Acostumbrados a tratar la vida de otros casi como un juego de ficción, sienten en su propio pellejo lo que significa que sus vidas se conviertan en la comidilla de los chismes. Uno puede haber roto con su novia por una truculenta infidelidad, el otro puede haber tenido un hijo extramatrimonial.

Pero podemos hacer que esta aventura no tenga un final edulcorado, sino realista (o «rialista»). En definitiva, ellos son los principales propaladores de estas noticias. Ellos reciben una lección implacable, pero no la aprenden. Y todo sigue siendo igual, como en Ciudad Gótica (quizá sea apropiado el símil): un lugar donde, después de que Batman ha ganado una batalla, simplemente debe prepararse para la guerra que viene. Porque abundan los villanos.