domingo, 20 de mayo de 2012

El mejor soneto inglés

José María Blanco White.

Por Fernando G. Toledo

Quizá pocos lo sepan, pero así es la palabra: el mejor soneto en inglés no lo escribió ni Shakespeare, ni Keats, ni Shelley. El mejor soneto en inglés, si le damos peso a una opinión tan autorizada como la de Samuel Taylor Coleridge, se llama Night and Death y su autor es un hispano. José María Blanco White (1775-1841), tal su nombre, era un diplomático español que debió huir hacia Inglaterra tras la invasión de Francia e instalado en ese país dio rienda suelta a su escritura en el idioma que adoptó naturalmente, ya que tenía ascendencia irlandesa.
De toda su producción, que incluye ensayos teológicos, artículos periodísticos y poemas, sobresale con peculiar fulgor este soneto magnífico que habla del descubrimiento de la noche de parte del «hombre primero”, como un equivalente al descubrimiento de la muerte. A 184 años de su escritura, el soneto sigue fascinando a lectores y traductores, que intentan hacer lo que el poeta no hizo: darle ese poema sin igual a la lengua de Quevedo, Góngora y Lope. Y de Blanco.

Por las dudas, una traducción de quien firma esta columna, junto con otras más célebres, pueden leerse en: http://bit.ly/IEo9S4

sábado, 4 de febrero de 2012

La «maldición» de la Novena

Una broma con Beethoven.


Por Fernando G. Toledo

La Sinfonía Nº9 de Ludwig van Beethoven no sólo cambió el curso de la música universal, por su belleza, sus innovaciones, el mensaje alegre y poderoso de su último movimiento, la genialidad orquestal.
Esa sinfonía, que terminó siendo la última compuesta por el sordo más genial de todos los tiempos, dio también inicio a una fabulosa superstición.
Dicha superstición, más o menos expandida y más o menos creída por el mundillo musical, se dio en llamar «la maldición de la Novena».
Sucede que muchos otros, tras Beethoven, murieron luego de componer su novena sinfonía: Franz Schubert, Anton Bruckner, Antonin Dvorák, Ralph Vaughan Williams dejaron como legado nueve obras sinfónicas.
La creencia es vieja. Tanto como para que la conociera, a principios del siglo XX, Gustav Mahler, quien acababa de escribir su mastodóntica Sinfonía Nº8 y se aprestaba a componer una innovadora obra sinfónica para orquesta, tenor y contralto.
Supersticioso él, dicen, decidió esquivar la suerte y le llamó a su obra La canción de la tierra. Luego, ya más seguro, trazó su devastadora Novena. Nunca pudo escucharla: murió por una afección cardíaca en 1911.
Por suerte, la, por cierto, ridícula creencia no cundió. Gracias a eso hoy podemos escuchar la obra de al menos tres grandes admiradores de Mahler que dejaron un legado más amplio: Dmitri Shostakovich (15 sinfonías), Havergal Brian (32) y, por supuesto, Leif Segerstam, quien ya lleva ¡230!
Y por suerte, también, quien esto escribe tampoco es supersticioso. ¿Qué sería de él, si no, al advertir que ha mencionado la maldita cifra de nueve músicos?

Gustav Mahler.

domingo, 28 de agosto de 2011

Nada de paranormal



Por Fernando G. Toledo

Hay que ser dado a creer en fantasías para asegurar que lo que se ve en este video (o en cualquier otro similar) es lo que las leyendas llaman «fantasma».
No vamos a repasar aquí por qué es absurdo afirmar su existencia. Pero sí a preguntarnos por qué la primera conclusión sería que lo que allí se ve es un espíritu.
Hay mil explicaciones racionales previas: ilusión óptica, alucinación, montaje, error, broma, lentes manchadas. Cualquiera de esas opciones es una verdadera explicación. Pero asegurar que lo que se ve o cree ver en el video es un fantasma es una irresponsable liviandad.
Cierto: hay gente que necesita creer en estas cosas y otra que saca provecho de ello. Nada de eso es «paranormal», al contrario. Es algo demasiado normal.


lunes, 22 de agosto de 2011

Algo nos queda chico... o grande




Por Fernando G. Toledo

La degustación de Titus Andronicus, puesta del prestigioso grupo teatral la Fura dels Baus, estaba llamada a convertirse en uno de los espectáculos sobresalientes del año en Mendoza. La primera llegada a estas tierras del grupo catalán, las características espectaculares de la puesta y el valor que conllevan todas las presentaciones de nivel para el incentivo de espectáculos en nuestro propio terruño eran los condimentos que esta obra basada en textos de Shakespeare iba a ofrecer en el siempre, a priori, extraño lugar para estas puestas que es el estadio Polimeni de Las Heras.

Pero, como anunció Escenario & Tendencias en su edición del jueves, la cuestión quedó en la nada. La palabra oficial, que habla de una falta de acuerdo entre los responsables técnicos del grupo y los encargados de la técnica en la puesta local, está dicha. Sin embargo, sobre la decisión de levantar las dos funciones previstas para el 23 y el 24 de este mes sobrevuela una sospecha: el sitio pensado para su realización no era el adecuado.

La cosa queda casi en la incertidumbre, pero lo que queda claro, una vez más, es la falta de espacios de envergadura con que cuenta Mendoza para eventos de un nivel que rebase el provinciano. Sucede que nuestra provincia se ha quedado, desde hace mucho ya, con un vacío en cuanto a sitios que ofrezcan a la vez grandes dimensiones de puesta y gran capacidad de público.

Con el Gran Rex cerrado desde hace años, el Gran Mendoza no tiene un lugar para juntar dos millares de personas en condiciones de ver un buen show. Porque, a ver si hace falta aún decirlo, el auditorio Bustelo padece la deformidad con la que fue parido: es un lugar amplio y lleno de tecnología lumínica, pero cualquier espectador que se siente a partir de los 15 metros del escenario estará condenado a no ver lo que suceda en el mismo por la falta de inclinación del piso del auditorio. Por otra parte, el teatro Plaza de Godoy Cruz, que ha suplido la falta de espacios acordes, parece saturado de shows y funciona correctamente, pero siempre y cuando la capacidad no supere las novecientas personas o llegue, con suerte, a las 1.000. El Independencia, en tanto, quizá el teatro más hermoso de todos con los que contamos, persigue por un lado la finalidad de ofrecer mayor variedad de propuestas, pero en el caso de que pretenda poner sobre sus tablas un show multitudinario, ha de saber que esa multitud no puede pasar las 650 o 700 localidades.

La Nave Cultural es otra cosa. Su apertura representó una saludable aparición de nuevos sitios y su estética y su concepción son de aplaudir. Pero además de que con sus tres salas juntas no puede contener a más de 1.000 espectadores (cosa imposible, ya que no pueden «juntarse»), también hay que decir que sus responsables se devanan los sesos para tratar de resolver el grave problema de acústica con que cuenta, y que hace que si se presenta un grupo de rock en una sala y en la de al lado hay una obra de teatro, probablemente los espectadores teatrales escuchen más los acordes del grupo que los parlamentos de los actores. Cosa que seguramente ya no sucederá si se avanza con la segunda parte del proyecto de la Nave, con el resto de los galpones, y la posibilidad de albergar a la Sinfónica de la UNCuyo.

Este repaso, que vale decir es incompleto y mucho más si se tiene en cuenta que hemos hablado sólo del Gran Mendoza, va a tener pronto alguna novedad: la inminente apertura del Centro Provincial de la Cultura, en Guaymallén, será seguramente algo grandioso. Sin embargo, no está prevista una sala de grandísimas dimensiones.

Mientras tanto, la Fura dels Baus sí actuará por estos días en Córdoba, en Rosario y en Neuquén. Plazas que, si tomamos esta variable como referencia (grandes salas y equipadas debidamente), terminan siendo más relevantes que las de este terruño cuyano. Un dato para tener más que en cuenta si es que queremos seguir siendo referencia cultural del Oeste argentino.


Publicado el 14/08/2011 en Diario UNO de Mendoza.

martes, 2 de agosto de 2011

Almorzando con Juan Gelman



Juan Gelman, según Jaime Suárez.


Por Fernando G. Toledo

Apenas apoya el pie sobre el césped quebradizo lleva la mano al bolsillo de su chaqueta de color marrón claro y saca un paquete de cigarrillos. Golpea el atado de Benson & Hedges, extrae el cilindro blanco, lo enciende y ya parece que puede hacer lo que sea.

Pasan días helados por Mendoza, pero el sol de las dos de la tarde parece una excepción y, detrás de unos lentes oscuros, Juan Gelman entrevé los rayos por entre los altos pinos y lanza una bocanada de humo, nos mira y nos sonríe.

Él y yo.

En La Estancia, vieja casona patronal de la bodega Filipini, la Municipalidad de Godoy Cruz nos ha invitado para, quizá sin saberlo, cumplirnos un sueño: almorzar con el poeta más relevante de nuestra lengua. Por ahora no nos detenemos en ese privilegio: aquí estamos, cinco o seis periodistas de Mendoza que también somos escritores (mayoría de poetas), y por eso se nos regala esta oportunidad de sentarnos codo a codo junto al autor de Gotán y escuchar lo que tenga ganas de decirnos o, mejor aun, preguntarle lo que nos animemos a preguntarle.

Gelman podría ser tan buen humorista como poeta, a juzgar por sus constantes bromas.

Es el mediodía previo a su recital Del amor, con el que junto al trío de Rodolfo Mederos ha venido a desgranar sus poemas en el teatro Plaza. El intendente godoicruceño Alfredo Cornejo preside la mesa y tiene a un lado a Gelman y del otro a Mederos. Otro privilegiado es, y lo sabe, y por eso advierte que debe irse pronto, así que dejará su lugar a otro afortunado más tarde. El sitio será muy valorado, puesto que el poeta habla en tono bajo, rasposo, y anticipa a los presentes que si no les molesta almorzará como corresponde, aunque ello no le impida hablar. El menú ofrece una entrada exclusivamente de verduras y Gelman exclama: «Voy a decir lo que decía mi viejo: ¡sáquenme este pasto de acá!». El mozo sonríe y le cumple el pedido, así que mientras el resto recibe de buen agrado los tomatitos y la lechuga, él tiene frente a sí el vapor que despide un sabroso pollo al disco.

Los que se ven y los que no en esa toma: Luis Ábrego, Ulises Naranjo, Miguel García Urbani, Rodolfo Mederos, Alejandro Frias, Juan Gelman, Fernando G. Toledo, Patricia Rodón, Rubén Valle.

Pronto nos animamos a colarnos entre los bocados. Ulises Naranjo, del diario MDZ, le explica que estamos junto a él un grupo de periodistas-escritores y que en Mendoza, a fines de los 80, muchos de ellos, junto a otros más, coincidieron en diversas actividades poéticas. Y otros incluso, faltaba decir, supimos darnos cita en un tiempo bajo el techo de Diario UNO, rareza que Gelman celebra: «A mí me parecería un excelente criterio contar en mi diario con buenos escritores». Naranjo y Rubén Valle, de Los Andes, le traen a colación que además, por aquel entonces, el recordado poeta Fernando Lorenzo ejerció como una especie de padrino de escritura, también en la misma redacción. A Gelman le suena el nombre, y por las dudas todos le decimos que está prometida una edición de sus obras completas y, creo, nos imaginamos al autor de Cólera Buey leyéndolo.

Pronto se me ocurre preguntarle por su propia escritura, que todos reconocemos últimamente muy frondosa, y Gelman sonríe de costado. «Yo voy escribiendo y escribiendo, no me fijo en nada más. Después de un tiempo, reviso lo que escribí, y saco todo lo que no me parece poesía. Y ahí hay un nuevo libro», cuenta. También me intriga saber cuáles son sus rituales: ¿escribe en papel, en máquina de escribir, en computadora? «En computadora: es mucho más rápido», revela. Y aprovecha para confesar entre risas, y en referencia a la brevedad de algunos poemas recientes o a lo que permite la escritura de los mismos: «Además, yo soy poeta también porque soy vago».

Cuando le resalto una característica propia de sus últimos libros, por lo menos de Incompletamente a esta parte, no parece darle mucha importancia: llaman la atención que la gran mayoría de los verbos de esos poemas estén conjugados en tiempo presente. «La verdad, me salen en tiempo presente, nada más. Pero no estoy rompiendo ninguna virginidad con esto, no estoy haciendo algo novedoso ni vanguardista, sólo me siento a escribir y me salen de esa manera. Se me imponen», asegura.

Al decir que «se le imponen», resalta alguien por ahí, se presupone el tema de la consabida «inspiración». «Pero es que uno no escribe cuando quiere, sino cuando la poesía quiere», dice Gelman, dando por sentada una concepción casi órfica de la lírica, que ya había postulado el día anterior en el Concejo Deliberante de Godoy Cruz: «La poesía golpea a mi puerta y, aunque yo sé que ella se ha acostado ya con 400 mil poetas y lo seguirá haciendo, igual le abro. ¿Cómo la voy a rechazar?».

Prueba de que la poesía maneja, como una dama seductora y esquiva, los hilos de su propia escritura es, para Gelman, el hecho de que muchas veces ha estado «sin poder escribir. Una vez me pasó que pasé mucho tiempo sin hacerlo. Yo me había puesto a escribir un poema y no me salió. Así que me fui a dormir. Tiré, muy enojado mis zapatos y me acosté pensando que había dejado de ser poeta».

Gelman sopa su pan en el jugo del manjar que tiene ante sí y repite un concepto que también resaltó el día anterior. «Yo estoy en contra de las etiquetas de los críticos en cuanto a mi poesía. Por comodidad dicen: “éste es vanguardista, éste es futurista”… yo no creo en eso». El ejemplo que había ofrecido poco antes, con sutil inquina, era el siguiente: «Una vez un crítico detectó que yo me estaba pareciendo a los vanguardistas porque había utilizado en mis poemas la palabra “nervio”. ¡Pero esa palabra ya la usó William Blake y muchos poetas posteriores a él!».

A Patricia Rodón, del diario digital MDZ, le interesa mucho que hable de los temas comunes en su poesía y Gelman dice: «Hay obsesiones, más que temas. Yo creo que lo que sucede es que se combinan la expresión y la obsesión: en un momento se intensifica una y baja la otra, y cuando llega el punto en que se cruzan, se equilibran, sale una buena poesía».

La proximidad de su recital y la franqueza con que nos habla nos lleva a preguntarle por si le gusta realmente leer en público. «No», dice para nuestra sorpresa. «El problema es que leo y mientras lo hago me doy cuenta de que hay cosas que escribí que no me gustan… ¡pero tengo que seguir leyendo!».

Para el final, casi, queda una larga pregunta acerca de su popularidad, de cómo la sobrelleva, de si le gusta firmar libros y sacarse fotos como una estrella de rock. Sólo nos responde con un gesto de desaprobación o resignación. «Pero a usted, maestro, lo aprecia mucha gente: tanto la que conoce sus poemas como la que no lo ha leído nunca». «Sí, claro, especialmente me quiere la que no me ha leído nunca», remata, para dar terminada una charla cuyo epílogo serán las sonrisas, las firmas en ejemplares, los obsequios en forma de libro y las fotos junto a él. Esas fotos que se guardan como un correlato visual de lo que reverbera todavía: las dos horas junto al poeta que tanto hemos leído y que por eso queremos.

martes, 26 de julio de 2011

Amy Winehouse y el ominoso club de los 27

Foto: AP


Por Fernando G. Toledo


El caso podría ser materia de estudio para sociólogos especializados en conductas de la juventud, para psicólogos, para quien sea. Pero hay una estela trágica a la que Amy Winehouse acaba de agregar su cuerpo como una ofrenda ominosa: la muerte a los 27 años de una estrella pop.
Como Winehouse, son muchos de los grandes músicos de todos los tiempos que han muerto, generalmente, por culpa directa o indirecta de sus excesos en el consumo del alcohol y las drogas, a esa edad emblemática.
Tenía 27 años Brian Jones, integrante de los Rolling Stones y compositor de la inolvidable canción She’s a Rainbow, cuando su cuerpo apareció flotando en la piscina de su mansión, el 3 de julio de 1969. Los reportes oficiales no dan detalles de su muerte, pero padecía problemas de intoxicación y erratismo que lo llevaron a ser despedido de la banda.
Jimi Hendrix murió a los 27 el 18 de setiembre de 1970 por aspirar su vómito, tras una ingesta de alcohol y somníferos. Menos de un mes más tarde y por sobredosis de heroína, falleció Janis Joplin. También tenía 27 años.
A esos casos se iba a sumar el de Jim Morrison. El líder de The Doors, consumidor habitual de LSD, fue hallado muerto en la bañera de su piso parisino, 3 de julio de 1971 (exactamente dos años después de Brian Jones). El Rey Lagarto contaba con 27 años, por supuesto.
El 5 de abril de 1994, después de estar inhallable por varios días, el cuerpo de Kurt Cobain (líder de Nirvana) fue encontrado en su mansión. El músico se había dado un tiro en la cabeza y su cadáver estaba rodeado de restos de drogas.
En la Argentina, el cuartetero Rodrigo, el Potro, murió en un accidente automovilístico en el que, según las pericias, sin duda, tuvo que ver el consumo de alcohol. El Potro era consumidor de cocaína, según muchos testimonios.
Finalmente Amy Winehouse, una cantante que en muchos sitios es más conocida por sus excesos y su estado decadente, incluso, en algunos conciertos, murió ayer a los 27 años.
El mito de morir joven y con un cuerpo hermoso, al parecer, encuentra una colección de grandes músicos con lamentable final. Se supone que nadie querría que este panteón del llamado «Club de los 27» siguiera engrosando sus filas. La muerte precoz deja un silencio obsceno ante el cuerpo de los grandes músicos.

Publicado en Diario UNO el 24/07/2011

viernes, 15 de julio de 2011

El mundo es un niño todavía



Por Fernando G. Toledo

Takeshi Kitano es, hoy por hoy, el director sobre el que el mundo cinéfilo tiene puestos los ojos. Poeta de la violencia, ex clown y músico, Takeshi (o Beat Kitano, según se presente como actor o como director) ha encandilado la rutina del cine industrial con una obra que va llegando tardíamente, pero que no pierde un ápice de su hipnosis: planos rítmicos, cámaras quietas o leves, algo de realismo y una interpretación actoral que tiene algo de Buster Keaton y un poco de un posible Humphrey Bogart gansteril. Sonatine, Violent Cop y, sobre todo, la lírica Flores de fuego son las piezas maestras que los argentinos hemos podido sorber de este verdadero maestro.
Con El verano de Kikujiro, Kitano recupera una vieja faceta y hace una pausa entre su cosmología de la violencia, para contar una historia sencilla, con esquema de road-movie y aires de neorrealismo salpicado de carcajadas surrealistas.
En el film, el niño Masao (Yusuke Skiguchi) vive con su abuela pero sueña con descubrir la verdad sobre su madre, a quien no ve desde que era un bebé. La soledad del aburrido verano desespera más a Masao y decide viajar a un destino posible de esa madre. Para ello, se asocia con Kikujiro (Takeshi), un amigo de la familia que es un verdadero bruto: ignorante, torpe, matón e irreverente.
La película se dividirá en dos partes, la primera de la búsqueda de la madre, que derivará en una dolorosa decepción, y la segunda la del regreso al lugar de partida, llena de una alegría construida con esmero por el indescifrable Kikujiro.
La mirada de Kitano hacia el mundo en este film es increíblemente infantil, inocente y también poética, El director propone una aventura que se divide en capítulos que parecen salidos de un cuento, y el mundo mismo toma la forma de un niño, en su carácter, en sus actitudes, en el comportamiento de sus habitantes.
El tosco Kikujiro, de paso, alcanza niveles de ternura inesperados, que quedan expuestos en su totalidad en el «circense» segmento final, en el que a esa visión se acopla la pequeña galería de personajes, que tienen durante tres días un único objetivo: hacer feliz a Masao.
El camino de El verano.., resulta, al final, doblemente exitoso: la pareja protagónica deja sentada una amistad única, construida sobre el altar de la alegría. Del otro éxito somos nosotros los partíci.pes: ahí estamos, en la sala oscura, vi- viendo en un universo que, Kitano nos dice, es pequeño todavía, y espera de nosotros la felicidad.

Publicado en Escenario de Diario UNO el sábado 19 de agosto de 2000